domingo, 12 de julio de 2020

Operación Lobo Marino: Punta Angamos, 1972.Capítulo VII




             Capitulo VII: De estilo georgiano, victoriano, tudor


Arnaldo Pasci y Cristóbal Cuellar habían salido de Calama manejando sus respectivos vehículos, casi al oscurecer. Además viajaban separados como mínimo por un kilómetro de distancia. Transportaban 102 kilos de hidrato de cocaína y 225 kilos de pasta base de coca, envasados en pulcros paquetes impermeables de 1 kilo cada uno, escondidos estratégicamente en las cabinas, bajo los asientos, tras los respaldos y en un cielo falso, así como en el doble fondo de las carrocerías. Pero pese a todas estas providencias maniobraban con sigilo ya que daban por seguro que las policías estarían más alertas después de lo acontecido en Iquique tiempo atrás en que toda una operación quedó al descubierto, con gente apresada y/o destituida de sus cargos y mucha mercadería y dinero perdidos. Iban temerosos y anhelantes. La mercancía que transportaban había sido acopiada en una bodega de Calama pero proveniente de laboratorios artesanales, “cocinerías de la droga” como le llamaban los traficantes, locales procesadores de la materia prima introducida desde de Bolivia generalmente por pasos fronterizos no habilitados burlando la vigilancia aduanera y policíaca, y ubicados en poblados apartados del área rural, como Toconce y Caspana, Chiu Chiu y San Pedro, así como en Calama mismo y Ojo Opache, todos capaces de obtener algunos kilos del alcaloide, excepto los de la ciudad que tenían una capacidad de producción un poco mayor y de más elaboración, pero atesoradas estas cantidades durante un tiempo considerable daban para un cargamento que colocado en el extranjero significaba a los traficantes ganancias valuadas en 20 a 30 millones de dólares por parte baja, a lo que había que agregar la producción elaborada en los laboratorios de Antofagasta la cual se suponía de mayor pureza. Pasci y Cuellar habían subido a Calama con 100.000 dólares cada uno y volvían sin ni uno pues todo ese capital había quedado repartido en el altiplano, entre productores, traficantes y narco asociados, como pago de la producción elaborada merced a que los insumos más sofisticados que requería el proceso de refinación, como queroseno, éter, amoníaco, bicarbonato de sodio, permanganato de potasio, ácido sulfúrico y ácido clorhídrico, eran dispensados por los maleantes, así como las pipas y los peroles, los matraces, la retortas y los tubos; con una energía eléctrica proporcionada por generadores a gasolina. Para las poblaciones más aisladas lo más fácil era la elaboración de pasta base de coca, mezclando la hoja triturada con agua y queroseno y procediendo después a un primer filtrado agregando ácido sulfúrico, seguido de otro filtrado agregando cal o amoníaco. Esta operación se realizaba por la necesidad impuesta por el transporte ya que para obtener tan sólo 1 kilo de pasta base se necesitaban 125 kilos de hoja de coca.
Ahora Pasci enfrentaba un control patrullero de Carabineros que le dio el alto. Pero quien bajó a realizar el procedimiento al parecer fue el oficial a cargo, por el tipo de gorra, verde adornada con un vivo amarillo. Este hombre cumplió con revisar minuciosamente los papeles oficiales del vehículo y del chófer para luego comprobar el estado y dureza de las llantas y hacer subir a un subalterno a la carrocería el cual al minuto gritó que no había nada. "De dónde viene", preguntó el oficial. En  eso  pasó Cuéllar, a  baja velocidad. "Atento, atento, Sierra. Aquí Pampa. Controlar camión pequeño blanco que acaba de pasar", se apresuró a exclamar el oficial por la radio que llevaba en la mano y que levantó hasta su rostro para transmitir. "Entendido, capa… diez cuatro", contestó una voz metálica remota en medio del sonido de la estática.
-De Calama -contestó Pasci una vez que el oficial volvió su atención a él-. Fui a dejar unos muebles para un pariente de esa ciudad y ahora vuelvo a mi casa, en Antofagasta.
-Sus papeles están en regla, señor, puede seguir –le dijo ceremonioso el oficial. En Sierra Gorda hay un pequeño control de Investigaciones. Le dice que fue fiscalizado por esta patrulla.
Pasci guardó sus documentos y se despidió con un amable “gracias, oficial, buenas noches” y dio la marcha retomando el camino. En la medida que se alejaba de las luces intermitentes azules, amarillas y rojas del radio patrullas las cuales se iban difuminando en el espejo retrovisor, se descomprimía aquella ansiedad y miedo que por largos minutos lo habían atenazado. Pero quedaba Sierra Gorda, quizás allí el control fuese más severo y acucioso.
Sin embargo en ese control tampoco pasó nada. Cuando llegó allí estaban fiscalizando a Cuellar, de tal manera que un hombre de civil, premunido de una gran linterna, le indicaba que siguiera sin detenerse. Después, llegados a su objetivo, Cuéllar le contaría que había pasado por el mismo trance que él con Carabineros, con una revisión somera y hasta muy cortés de parte de los tiras, especialmente de quien aparentaba ser el jefe, y sin llegar a encontrar nada de su oculto secreto.
Lo que Arnaldo Pasci y Cristóbal Cuéllar no alcanzaron a ver es que dichos tiras se juntaron con los carabineros, cambiaron sus ropajes, que eran en realidad disfraces, y partieron juntos a dar cuenta de su misión, verdadera pantomima puesta en escena por los delincuentes, regando dinero a diestra y siniestra. Aunque al menos uno de ellos, el que hizo de oficial y había inspeccionado a Pasci, tenía el pelo muy cortito, raro en una época en que todos los varones jóvenes o medianamente jóvenes usaban el pelo muy largo. En realidad, el camino de la droga entre Calama y la costa estaba libre y bien cuidado, así que Pasci y Cuellar, de haber sabido, no habrían tenido nada que temer. Sólo preocuparse de manejar con cuidado y a velocidad moderada hasta su punto de destino, una casona del barrio Bellavista en Antofagasta.
El detective Esteban Grandón Pincheira se levantó a buena hora esa última mañana en la ciudad. Después de afeitarse con “Gillete” (llevaba tres de esas máquinas nuevas y desechables) y de una ducha en la cual, según su costumbre, fue pasando por los diversos grados de agua caliente hasta terminar con un chorro de agua muy helada quedándose bajo el mismo hasta donde su cuerpo pudo soportar, porque eso no sólo terminaba de quitarle el sueño sino que le imprimía una suerte de animosidad que lo predisponía a la acción; bajó a tomar un suculento desayuno compuesto por jugo natural de mango, huevos revueltos, tostadas y té con leche (poco apreciaba el café, como buena costumbre nortina). Y después de subir nuevamente a su cuarto y lavarse los dientes abandonó el hotel con todas sus cosas para salir al centro de la ciudad, a la calle Latorre, en donde recordaba la existencia de dos tiendas deportivas, “Casa Lucero” y “Norte Sport”. Allí adquirió lo que pudo conseguir para equipar un campamento breve en la playa. Primero una carpa de lona bipersonal, que al escoger el color prefirió aquel que más se asemejase al desierto, con fines de camuflaje; un anafe a parafina marca “Primus” y también una lámpara colgante del mismo tipo; un juego de utilería para la cocina compuesto por un par de todo: platos, jarros, cubiertos, ollas pequeñas y una tetera, todo metálico; dos trajes de baño (por experiencia sabía que tenía que disponer siempre de uno de repuesto, por las continuas mojadas) un par de gualetas, una máscara de buceo con tubo snorkel; un bidón metálico, para agua, con capacidad de 50 litros, y otro menor, para combustible, de 20 litros; y otras cosas menores como sedal de pesca y anzuelos. Con todo ello cargado en su jeep partió a Mejillones. Había comprado todo ese equipaje con sus reservas del Banco del Estado, pero pidió la factura a nombre del Servicio de Investigaciones cuyo RUT sabía de memoria. Pensó que al regreso, con una buena explicación, podría recuperar esos dineros.
La ruta la conocía bien, la había hecho con su padre infinidad de veces, y en micro de recorrido interurbano cien o quizás quinientas veces. Había que tomar Condell (paralela a Latorre que tiene su tránsito orientado en sentido norte sur) hasta la Avenida Argentina que baja en dirección al mar, luego retomar el sentido norte doblando por la calle Iquique hasta entroncar con la avenida Pedro Aguirre Cerda que lleva al viajero al desierto pleno y sus atrayentes colores: por su izquierda, el mar azul rey y encabrillado de blanco por las olas espumantes; luego, el suelo de la pampa plomizo a corta distancia, ocre más en la lejanía; los cerros -por su derecha- de un color indefinido entre azul y plomo, quizás una degradación de gris claro a celeste iluminado; y, comprendiéndolo a todo, la atmósfera en su máximo grado de transparencia y toda esa inmensa superficie de tierra permaneciendo perfectamente alisada, barrida por la escoba gigantesca de los vientos durante milenios, seguramente desde que se formó el planeta o desde que esa parte del mismo, después de los grandes cataclismos geológicos, tomó su aspecto actual, en espera del otro gran cataclismo que sobrevendrá en mil años más, o en uno, váyase a saber cuándo. Espectáculo colosal, desierto puro y marginado por el mar, combinación de colores azules y celestes, grises y ocres, inobservancia absoluta de presencia o manifestación humana (excepto la carretera por la cual avanzaba y sus obras de arte) y su mayor característica, la inmensidad, aparejada a la soledad, sobrecogedora, espiritual, esotérica, mística.
Con su jeep rodando a 100 kilómetros por hora, Esteban llegó a las inmediaciones del aeropuerto Cerro Moreno el cual pasó de largo para enfrentar un par de kilómetros más allá una cuesta de unos 20 metros de altura. Ahí mismo se dio cuenta de que esa cuesta era el pie, el inicio, o parte de él, porque provenía de unos cerrillos que lo acompañaron todo el viaje por la derecha y que en ese mismísimo punto se desvían de su orientación natural norte sur, como toda la Cordillera de la Costa, para sacar un espolón que se va agrandando y agrandando conforme cabalga decididamente al encuentro del mar. Se dio cuenta de que esa cuesta era el origen o parte importante del origen de la Punta Angamos.
Tramontó la alturita y fue dejando atrás el espolón creciente, adentrándose en la planicie como quien abre paulatinamente un compás en ángulo obtuso. Llegó al Morro Gordo que rodeó por sus caras que dan a occidente, hundió un poco más el pie en el acelerador para recorrer a todo dar esa magnífica recta que permanecía sin tránsito y dio con el punto en que la carretera abre el cruce hacia Mejillones pues aquella cinta pavimentada por la que venía sigue hasta Tocopilla, acercándose al océano mucho más al norte. Recorrió entonces plácidamente los 16 kilómetros de ese desvío, apreciando cómo, desde lejos, se comenzaba a divisar nuevamente el mar azul, como un cuadro al óleo que iba creciendo al mismo ritmo que se acercaba a él hasta ya tenerlo prácticamente encima. Unos dos kilómetros antes de llegar al poblado propiamente tal de Mejillones, hay un desvío a la izquierda, una faja asfaltada de pista única que fuera construida por la Sociedad Chilena de Fertilizantes para tener fácil acceso a sus instalaciones ubicadas al pie del morro  o cerro de las Covaderas que caracteriza a todo ese sector geográfico, tanto como la Punta Angamos, siendo que ésta constituye un remate de aquel, adentrado en el mar. Ahí tenía que haber doblado Esteban porque por ese camino se llega al Ferrocarril, que era su objetivo. No obstante, optó por seguir para entrar al centro cívico de Mejillones y recorrerlo como antaño. Aminoró la velocidad y pasó a la vera de la Tenencia de Carabineros, que queda justo en la esquina de la carretera con una de las últimas calles, rodó una cuadra más y arribó por fin a la calle Liucura, la principal, frente a la escuela de niñas construida en madera y pintada de verde claro. Comenzó a recorrer esa vía y nuevamente se encontró con edificaciones de pino Oregón, de dos pisos y con balcones tipo verandas que rememoraban la época de esplendor del salitre. Pasó frente al inmueble de la ex naviera Gibbs & Co, luego frente a la Municipalidad que oblicua a la plaza, permaneciendo esta última, como todo el flanco sur de la calle, la contraria al mar, sobre una pequeña altura de cemento, puesta ahí como para emparejar la calle de su desnivel. Después, la escuela de hombres, la subdelegación civil, la fuente de soda, hasta llegar a la esquina de la compañía de bomberos donde dobló a la derecha. Por allí, por aquella ancha avenida llamada Manuel Rodríguez, de piso de tierra pero bien mantenido, y recorriendo cien metros adicionales, llegó a la calle Rengo que daba inicio a la amplísima explanada que antecedía a la orilla del mar. Desde ese punto pudo admirar, oblicuo y recto a su izquierda, en todo su esplendor el edificio de la capitanía de puerto, construcción emblemática de la pequeña ciudad, erigida a escasos 20 o 30 metros del mar, sobre la playa misma. Maniobró hacia ese punto buscando el final de la calle Rengo sobre un cierro de calaminas, y doblando nuevamente a la derecha, para hacer la escuadra correspondiente, tomó la calle Francisco Antonio Pinto y llegó al pie mismo del gran edificio cuyas losas de entrada permanecían rodeadas por la blanca arena. Estacionó el vehículo y se bajó a admirar la construcción. Ahí estaba desde 1910, con dos pisos pero muy alta, a la usanza de la época, más terraza. Maciza como fortaleza pero grácil por los adornos de su fachada a través de cornisas, molduras, vértices y esquineros, con amplios ventanales abajo, los que arriba rematan en balconetes de balaustradas de pino Oregón. Algunos dicen que su estilo arquitectónico corresponde al neoclásico inglés, con influencias francesas, otros al victoriano o tudor. Lo cierto es que en su diseño, por parte de arquitectos chilenos, o europeos avecindados en Chile, influyó un estilo arquitectónico más bien ecléctico. Ahí permanecía desde más de medio siglo, con sus cuatro caras, todas diferentes, una sobre cada punto cardinal, construidas en tabiquería de madera de pino Oregón y fachada compuesta por piezas prefabricadas de concreto, toda pintada de blanco y sus ornamentaciones rojo marrón, destacando sobre su esquina noroeste la torre de base ancha y que se aguza un poco al ascender hasta terminar en un redondo campanario de rojo fanal.
Esteban caminó a la playa hundiendo sus pies en la arena. El edificio está antecedido por un muro de hormigón con fines de rompeolas. Recordó que cuando niño se bañaba en esa playa, junto con sus primos y amigos y que su madre y tías buscaban la sombra al abrigo de aquel muro. Allí aprendió a nadar cuando apenas tenía ocho años de edad.
Por la misma orilla, y unos cincuenta metros más allá, antecedido por una gran terraza construida sobre pilotes de madera hundidos en la arena, estaba el restaurante Zlatar. Lo recordaba bien. Eran las dos de la tarde, todavía hora de almorzar. Así que dirigió sus pasos hacia allá.

No hay comentarios: