Capitulo VII: De estilo georgiano, victoriano, tudor
Arnaldo Pasci y Cristóbal Cuellar habían salido de Calama manejando sus
respectivos vehículos, casi al oscurecer. Además viajaban separados como mínimo
por un kilómetro de distancia. Transportaban 102 kilos de hidrato de cocaína y
225 kilos de pasta base de coca, envasados en pulcros paquetes impermeables de
1 kilo cada uno, escondidos estratégicamente en las cabinas, bajo los asientos,
tras los respaldos y en un cielo falso, así como en el doble fondo de las
carrocerías. Pero pese a todas estas providencias maniobraban con sigilo ya que
daban por seguro que las policías estarían más alertas después de lo acontecido
en Iquique tiempo atrás en que toda una operación quedó al descubierto, con
gente apresada y/o destituida de sus cargos y mucha mercadería y dinero
perdidos. Iban temerosos y anhelantes. La mercancía que transportaban había
sido acopiada en una bodega de Calama pero proveniente de laboratorios
artesanales, “cocinerías de la droga” como le llamaban los traficantes, locales
procesadores de la materia prima introducida desde de Bolivia generalmente por
pasos fronterizos no habilitados burlando la vigilancia aduanera y policíaca, y
ubicados en poblados apartados del área rural, como Toconce y Caspana, Chiu
Chiu y San Pedro, así como en Calama mismo y Ojo Opache, todos capaces de
obtener algunos kilos del alcaloide, excepto los de la ciudad que tenían una
capacidad de producción un poco mayor y de más elaboración, pero atesoradas
estas cantidades durante un tiempo considerable daban para un cargamento que
colocado en el extranjero significaba a los traficantes ganancias valuadas en
20 a 30 millones de dólares por parte baja, a lo que había que agregar la
producción elaborada en los laboratorios de Antofagasta la cual se suponía de
mayor pureza. Pasci y Cuellar habían subido a Calama con 100.000 dólares cada
uno y volvían sin ni uno pues todo ese capital había quedado repartido en el
altiplano, entre productores, traficantes y narco asociados, como pago de la
producción elaborada merced a que los insumos más sofisticados que requería el
proceso de refinación, como queroseno, éter, amoníaco, bicarbonato de sodio,
permanganato de potasio, ácido sulfúrico y ácido clorhídrico, eran dispensados
por los maleantes, así como las pipas y los peroles, los matraces, la retortas
y los tubos; con una energía eléctrica proporcionada por generadores a
gasolina. Para las poblaciones más
aisladas lo más fácil era la elaboración
de pasta base de coca, mezclando la hoja triturada con agua y queroseno y
procediendo después a un primer filtrado agregando ácido sulfúrico, seguido de
otro filtrado agregando cal o amoníaco. Esta operación se realizaba por la
necesidad impuesta por el transporte ya que para obtener tan sólo 1 kilo de
pasta base se necesitaban 125 kilos de hoja de
coca.
Ahora Pasci enfrentaba un control patrullero de Carabineros que le dio el
alto. Pero quien bajó a realizar el procedimiento al parecer fue el oficial a
cargo, por el tipo de gorra, verde adornada con un vivo amarillo. Este hombre
cumplió con revisar minuciosamente los papeles oficiales del vehículo y del
chófer para luego comprobar el estado y dureza de las llantas y hacer subir a
un subalterno a la carrocería el cual al minuto gritó que no había nada. "De dónde viene", preguntó el oficial. En eso pasó Cuéllar, a baja velocidad. "Atento, atento, Sierra. Aquí Pampa. Controlar camión pequeño blanco que
acaba de pasar", se apresuró a exclamar el oficial por la radio que
llevaba en la mano y que levantó hasta su rostro para transmitir. "Entendido, capa… diez cuatro", contestó una voz metálica remota en medio
del sonido de la estática.
-De Calama -contestó Pasci una vez que el oficial volvió su atención a
él-. Fui a dejar unos muebles para un pariente de esa ciudad y ahora vuelvo a
mi casa, en Antofagasta.
-Sus papeles están en regla, señor, puede seguir –le dijo ceremonioso el
oficial. En Sierra Gorda hay un pequeño control de Investigaciones. Le dice que
fue fiscalizado por esta patrulla.
Pasci guardó sus documentos y se despidió con un amable “gracias,
oficial, buenas noches” y dio la marcha retomando el camino. En la medida que
se alejaba de las luces intermitentes azules, amarillas y rojas del radio
patrullas las cuales se iban difuminando en el espejo retrovisor, se
descomprimía aquella ansiedad y miedo que por largos minutos lo habían
atenazado. Pero quedaba Sierra Gorda, quizás allí el control fuese más severo y
acucioso.
Sin embargo en ese control tampoco pasó nada. Cuando llegó allí estaban
fiscalizando a Cuellar, de tal manera que un hombre de civil, premunido de una
gran linterna, le indicaba que siguiera sin detenerse. Después, llegados a su
objetivo, Cuéllar le contaría que había pasado por el mismo trance que él con
Carabineros, con una revisión somera y hasta muy cortés de parte de los tiras,
especialmente de quien aparentaba ser el jefe, y sin llegar a encontrar nada de
su oculto secreto.
Lo que Arnaldo Pasci y Cristóbal Cuéllar no alcanzaron a ver es que
dichos tiras se juntaron con los carabineros, cambiaron sus ropajes, que eran
en realidad disfraces, y partieron juntos a dar cuenta de su misión, verdadera
pantomima puesta en escena por los delincuentes, regando dinero a diestra y
siniestra. Aunque al menos uno de ellos, el que hizo de oficial y había
inspeccionado a Pasci, tenía el pelo muy cortito, raro en una época en que
todos los varones jóvenes o medianamente jóvenes usaban el pelo muy largo. En
realidad, el camino de la droga entre Calama y la costa estaba libre y bien
cuidado, así que Pasci y Cuellar, de haber sabido, no habrían tenido nada que
temer. Sólo preocuparse de manejar con cuidado y a velocidad moderada hasta su
punto de destino, una casona del barrio Bellavista en Antofagasta.
El detective Esteban Grandón Pincheira se levantó a buena hora esa última
mañana en la ciudad. Después de afeitarse con “Gillete” (llevaba tres de esas
máquinas nuevas y desechables) y de una ducha en la cual, según su costumbre,
fue pasando por los diversos grados de agua caliente hasta terminar con un
chorro de agua muy helada quedándose bajo el mismo hasta donde su cuerpo pudo
soportar, porque eso no sólo terminaba de quitarle el sueño sino que le
imprimía una suerte de animosidad que lo predisponía a la acción; bajó a tomar
un suculento desayuno compuesto por jugo natural de mango, huevos revueltos,
tostadas y té con leche (poco apreciaba el café, como buena costumbre nortina).
Y después de subir nuevamente a su cuarto y lavarse los dientes abandonó el
hotel con todas sus cosas para salir al centro de la ciudad, a la calle
Latorre, en donde recordaba la existencia de dos tiendas deportivas, “Casa
Lucero” y “Norte Sport”. Allí adquirió lo que pudo conseguir para equipar un
campamento breve en la playa. Primero una carpa de lona bipersonal, que al
escoger el color prefirió aquel que más se asemejase al desierto, con fines de
camuflaje; un anafe a parafina marca “Primus” y también una lámpara colgante
del mismo tipo; un juego de utilería para la cocina compuesto por un par de
todo: platos, jarros, cubiertos, ollas pequeñas y una
tetera, todo metálico; dos trajes de baño (por experiencia sabía que tenía que
disponer siempre de uno de repuesto, por las continuas mojadas) un par de
gualetas, una máscara de buceo con tubo snorkel; un bidón metálico, para agua,
con capacidad de 50 litros, y otro menor, para combustible, de 20 litros; y
otras cosas menores como sedal de pesca y anzuelos. Con todo ello cargado en su
jeep partió a Mejillones. Había comprado todo ese equipaje con sus reservas del
Banco del Estado, pero pidió la factura a nombre del Servicio de
Investigaciones cuyo RUT sabía de memoria. Pensó que al regreso, con una buena
explicación, podría recuperar esos dineros.
La ruta la conocía bien, la había hecho con su padre infinidad de veces,
y en micro de recorrido interurbano cien o quizás quinientas veces. Había que
tomar Condell (paralela a Latorre que tiene su tránsito orientado en sentido
norte sur) hasta la Avenida Argentina que baja en dirección al mar, luego
retomar el sentido norte doblando por la calle Iquique hasta entroncar con la
avenida Pedro Aguirre Cerda que lleva
al viajero al desierto pleno y sus atrayentes colores: por su izquierda, el mar
azul rey y encabrillado de blanco por las olas espumantes; luego, el suelo de
la pampa plomizo a corta distancia, ocre más en la lejanía; los cerros -por su
derecha- de un color indefinido entre azul y plomo, quizás una degradación de
gris claro a celeste iluminado; y, comprendiéndolo a todo, la atmósfera en su
máximo grado de transparencia y toda esa inmensa superficie de tierra
permaneciendo perfectamente alisada, barrida por la escoba gigantesca de los
vientos durante milenios, seguramente desde que se formó el planeta o desde que
esa parte del mismo, después de los grandes cataclismos geológicos, tomó su
aspecto actual, en espera del otro gran cataclismo que sobrevendrá en mil años
más, o en uno, váyase a saber cuándo. Espectáculo colosal, desierto puro y
marginado por el mar, combinación de colores azules y celestes, grises y ocres,
inobservancia absoluta de presencia o manifestación humana (excepto la
carretera por la cual avanzaba y sus obras de arte) y su mayor característica,
la inmensidad, aparejada a la soledad, sobrecogedora, espiritual, esotérica, mística.
Con su jeep rodando a 100 kilómetros por hora, Esteban llegó a las
inmediaciones del aeropuerto Cerro Moreno el cual pasó de largo para enfrentar
un par de kilómetros más allá una cuesta de unos 20 metros de altura. Ahí mismo
se dio cuenta de que esa cuesta era el pie, el inicio, o parte de él, porque
provenía de unos cerrillos que lo acompañaron todo el viaje por la derecha y
que en ese mismísimo punto se desvían de su orientación natural norte sur, como
toda la Cordillera de la Costa, para sacar un espolón que se va agrandando y
agrandando conforme cabalga decididamente al encuentro del mar. Se dio cuenta
de que esa cuesta era el origen o parte importante del origen de la Punta Angamos.
Tramontó la alturita y fue dejando atrás el espolón creciente,
adentrándose en la planicie como quien abre paulatinamente un compás en ángulo
obtuso. Llegó al Morro Gordo que rodeó por sus caras que dan a occidente,
hundió un poco más el pie en el acelerador para recorrer a todo dar esa
magnífica recta que permanecía sin tránsito y dio con el punto en que la
carretera abre el cruce hacia Mejillones pues aquella cinta pavimentada por la
que venía sigue hasta Tocopilla, acercándose al océano mucho más al norte.
Recorrió entonces plácidamente los 16 kilómetros de ese desvío, apreciando
cómo, desde lejos, se comenzaba a divisar nuevamente el mar azul, como un
cuadro al óleo que iba creciendo al mismo ritmo que se acercaba a él hasta ya
tenerlo prácticamente encima. Unos dos kilómetros antes de llegar al poblado
propiamente tal de Mejillones, hay un desvío a la izquierda, una faja asfaltada
de pista única que fuera construida por la Sociedad Chilena de Fertilizantes
para tener fácil acceso a sus instalaciones ubicadas al pie del morro o cerro de las Covaderas que caracteriza a
todo ese sector geográfico, tanto como la Punta Angamos, siendo que ésta
constituye un remate de aquel, adentrado en el mar. Ahí tenía que haber doblado
Esteban porque por ese camino se llega al Ferrocarril, que era su objetivo. No
obstante, optó por seguir para entrar al centro cívico de Mejillones y
recorrerlo como antaño. Aminoró la velocidad y pasó a la vera de la Tenencia de
Carabineros, que queda justo en la esquina de la carretera con una de las
últimas calles, rodó una cuadra más y arribó por fin a la calle Liucura, la
principal, frente a la escuela de niñas construida en madera y pintada de verde
claro. Comenzó a recorrer esa vía y nuevamente se encontró con edificaciones de
pino Oregón, de dos pisos y con balcones tipo verandas que rememoraban la época
de esplendor del salitre. Pasó frente al inmueble de la ex naviera Gibbs &
Co, luego frente a la Municipalidad que oblicua a la plaza, permaneciendo esta
última, como todo el flanco sur de la calle, la contraria al mar, sobre una
pequeña altura de cemento, puesta ahí como para emparejar la calle de su
desnivel. Después, la escuela de hombres, la subdelegación civil, la fuente de
soda, hasta llegar a la esquina de la compañía de bomberos donde dobló a la
derecha. Por allí, por aquella ancha avenida llamada Manuel Rodríguez, de piso de tierra pero bien mantenido, y recorriendo cien metros adicionales, llegó a la calle Rengo que
daba inicio a la amplísima explanada que antecedía a la orilla del mar. Desde
ese punto pudo admirar, oblicuo y recto a su izquierda, en todo su esplendor el
edificio de la capitanía de puerto, construcción emblemática de la pequeña
ciudad, erigida a escasos 20 o 30 metros del mar, sobre la playa misma.
Maniobró hacia ese punto buscando el final de la calle Rengo sobre un cierro de
calaminas, y doblando nuevamente a la derecha, para hacer la escuadra
correspondiente, tomó la calle Francisco Antonio Pinto y llegó al pie mismo del
gran edificio cuyas losas de entrada permanecían rodeadas por la blanca arena.
Estacionó el vehículo y se bajó a admirar la construcción. Ahí estaba desde
1910, con dos pisos pero muy alta, a la usanza de la época, más terraza. Maciza
como fortaleza pero grácil por los adornos de su fachada a través de cornisas,
molduras, vértices y esquineros, con amplios ventanales abajo, los que arriba
rematan en balconetes de balaustradas de pino Oregón. Algunos dicen que su
estilo arquitectónico corresponde al neoclásico inglés, con influencias
francesas, otros al victoriano o tudor. Lo cierto es que en su diseño, por
parte de arquitectos chilenos, o europeos avecindados en Chile, influyó un
estilo arquitectónico más bien ecléctico. Ahí permanecía desde más de medio
siglo, con sus cuatro caras, todas diferentes, una sobre cada punto cardinal,
construidas en tabiquería de madera de pino Oregón y fachada compuesta por
piezas prefabricadas de concreto, toda pintada de blanco y sus ornamentaciones
rojo marrón, destacando sobre su esquina noroeste la torre de base ancha y que
se aguza un poco al ascender hasta terminar en un redondo campanario de rojo fanal.
Esteban caminó a la playa hundiendo sus pies en la arena. El edificio
está antecedido por un muro de hormigón con fines de rompeolas. Recordó que
cuando niño se bañaba en esa playa, junto con sus primos y amigos y que su
madre y tías buscaban la sombra al abrigo de aquel muro. Allí aprendió a nadar
cuando apenas tenía ocho años de edad.
Por la misma orilla, y unos cincuenta metros más allá, antecedido por una
gran terraza construida sobre pilotes de madera hundidos en la arena, estaba el
restaurante Zlatar. Lo recordaba bien. Eran las dos de la tarde, todavía hora
de almorzar. Así que dirigió sus pasos hacia
allá.
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