Capítulo X: Entre anticlinales y sinclinales
La península de Mejillones es un bloque estructural que rompe el sentido
general norte sur que tiene la disposición tectónica y geomórfica de Chile,
especialmente en lo que dice relación a la cordillera de la Costa y las
planicies litorales, tratándose de una parte de éstas, emergida a lo largo de
las eras geológicas. Aquel trabajo de milenios, que probablemente todavía no ha
detenido su curso, ha dejado sus vestigios identificables en las numerosas terrazas marinas, apreciables a
simple vista, la estructura plegada de los cerros, los escarpes y acantilados,
los horst o pilares y las grábenes o fosas; anticlinales y sinclinales. Mirada
desde lo alto, o apreciada en cualquier mapa, de cualquiera escala, la
península aparece como un puñetazo que el continente da al mar. Como una maciza
cuña que pretende abrirse camino en el ancho piélago queriendo llegar quizás
adonde. Con sus 841 metros cuadrados de superficie y una altura de entre 100 y
700 metros, forma dos grandes bahías: la de Morro Moreno, al sur, y la de
Mejillones, al norte. Por el filo de esta última, sobre el lomo del espinal que
remata en Punta Angamos, a través de un camino de tierra endurecida por los
tiempos, se aventuraba Esteban Grandón esa primera mañana en Mejillones.
Había dormido plácidamente la noche anterior en el bungalow. Al comienzo,
el sonido persistente del mar lo quiso desconcentrar. Era un sonido rítmico y
repetitivo. Golpeaba la ola con un ruido seco sobre la arena y enseguida corría
la resaca playa arriba, con el sonido de una escoba gigantesca, y luego se
retiraba con una cacofonía menor y más abierta. Y así, una tras otra, minuto
tras minuto, como una salmodia. Pero se fue acostumbrando y sin saber cómo de
repente se quedó dormido, de un tirón hasta la 7 de la mañana. Lo despertó el
sonido de una sirena que sonó en tres oportunidades y con distintas duraciones.
Después recordaría que era el pito que despertaba a los trabajadores y les
señalaba el momento de entrada a las labores. Se sintió raro y desconoció el
ambiente. Pero en un segundo reaccionó: “Ah, de veras que estoy en Mejillones”.
Se levantó para afeitarse y tomar una buena ducha, saliendo después a pie a
tomar desayuno donde la señora Lucía: Leche con Milo y pan con queso y
mortadela. Ahí pudo cruzar con ella unas palabras, preguntándole
sobre las atracciones turísticas del pueblo, iniciando así, moderadamente, sus
investigaciones.
-Mire –le dijo ella-, aquí en Mejillones la playa lo es todo. Ya sea para
bañarse o para pescar. Estamos en plena época, así que verá mucha gente
bañándose. Y para pescar puede ir al muelle al atardecer, está picando el
jurel. Ah, el bungalow que usted está ocupando está equipado con bote y motor,
con él puede también salir a pescar mar afuera. La cojinova está picando como a
una milla de la costa, conviene ir de madrugada, antes de que salga el sol.
También, si quiere, puede ir a mariscar a las playas del cerro pero para eso
necesita otro tipo de equipo.
-¿Abrieron el camino a Punta
Angamos?
-Sí, como bajaron a toda la población que vivía allá arriba, ahora dieron
la pasada libre. Se puede llegar hasta la misma Punta. Hay un lindo paisaje
ahí.
-Creo que ahora iré a conocer -no quiso decir que él ya conocía, pero en
esos tiempos había que pedir permiso para pasar, y sólo a algunos les daban.
-Yo creo que con ese vehículo
que usted tiene, llega demás -le respondió ella.
-¿Se ha visto gente nueva por
aquí? –preguntó lo más displicente que pudo.
-Bueno, en los veranos siempre llega alguna gente nueva, pero son
parientes de los mismos trabajadores y alojan en sus casas. Quizás en el pueblo
haya turistas más desconocidos, pero son eso, turistas, vienen por un fin de
semana o por un par de días y se van. Siempre andan con niños.
-Ah,
interesante, y siguió tomando su desayuno, pensando, haciéndose preguntas a sí
mismo. Al terminar, se despidió:
-Muy rico el desayuno, señora,
quedé como rey. Muchas gracias y hasta luego.
-Hasta luego, joven, que le vaya bien –le respondió ella-. Ah, y el
almuerzo se sirve justo a las 12. Es el horario que tienen estos gringos: en la
mañana entrada a las siete y salida a las once y media. En la tarde, entrada a
la una y media y salida a las cinco y media. Todo tiene que ajustarse a eso.
-No se preocupe, estaré a la hora
–respondió y abrió la puerta para salir.
Esteban se dirigió a su lugar de habitación para buscar su vehículo. Era
una mañana muy linda, con un nublado tenue que morigeraba el calor prodigado
por un sol que amenazaba descubrirse por completo. Montó el Land Rover y se
dirigió hacia la salida del campamento ferroviario, directo hacia la pampa,
para tomar la cinta asfaltada que lleva a las instalaciones
de la compañía de Fertilizantes, ubicada al pie del morro Mejillones. Una vez en la ruta, en un trayecto no mayor de un
kilómetro, pudo transitar nuevamente por el desierto puro y apreciarlo en su
amplitud. A su izquierda, la planicie monocorde que va a dar a los cerros de la
cordillera de la Costa, 20 kilómetros al interior. La lejanía hace que los
colores vuelvan a resaltar: azul claro, casi celeste los cerros lejanos, ploma
la pampa en la cercanía, color té con leche mientras más se aleja en
perspectiva. Todo el sector es cruzado por especies de neblinas difusas que
corresponden al fenómeno del espejismo. Al frente, el cerro Mejillones o de las
Covaderas, definitivamente azul pero con colores rojo desvaído en su base,
producto de la oxidación de los materiales mineralógicos que lo componen y merced a las humedades de las
noches nortinas o a fenómenos de la impronta geológica. Ese lugar está lleno de
conos de deyección, de piedras oxidadas caídas por la gravedad. Por el lado
contrario, el mar sólo se adivina puesto que el piedemonte del cerro está
constituido por una capa de caolina que subyace a la tierra y la arena y que es
más gruesa conforme se acerca al morro, de manera tal que el mar se encuentra
en un desnivel de quince o veinte metros. Por esa estrecha franja, entre la
huella vehicular y la cornisa de caolina, corre una trocha angosta de
ferrocarril sobre la cual Esteban se pregunta si acaso corresponde a ese
truncado ferrocarril boliviano de 1873. Pero aprecia también que la estructura
ha sido ocupada recientemente por el FCAB. Llega por fin a la población de
Fertilizantes. Hay una barrera que está abierta y sin guardia o sereno. Al
ingresar lo primero que ve es el la estación del andarivel cuyos carros suben y
bajan acompasada y continuamente los 700 metros del cerro, cargando los sacos
de guano. Esta es una empresa chilena, sin gringo alguno, y la técnica y la
ingeniería son nacionales. Las torres van escalando cada tantos metros las alturas
y por ellas pasan los cables que suspenden a los carros, en un movimiento
incesante de ir y venir. El detective pasa por el lado de la cancha de acopio y
siente ese olor que ya conocía, el olor fuerte e inconfundible del guano rojo.
Recuerda haber leído descripciones de marinos antiguos que en las faenas de
carga percibían ese hedor, y decían que incluso se impregnaba en la gente. Pasa
rápido por ahí, sortea las hileras de casas de los trabajadores y se dirige al
cono de deyección por donde asciende el camino a la cima, emprendiéndolo con
decisión. Ese camino, construido por técnicos y trabajadores chilenos, va
subiendo el cerro a través de curvas y en donde se aprecia, ya de cerca,
el color gris y feo del cerro y su aspecto terroso,
rocoso, pedregoso, de aridez absoluta, hasta llegar a la cúspide que constituye una fosa o graben,
relativamente plana, limitada su espalda por un pilar o horst que hace que el
cerro tenga cien metros más de altura. Por la parte plana el detective se
dirige directamente al oeste, hacia el
mar. El camino, de tierra pero en buen estado, sortea un par de curvas y luego
sale a la llanura elevada, y ahí sí el paisaje es espectacular. Se da cuenta de
que por su derecha va transitando la margen de la inmensa bahía de Mejillones,
agua en tonalidades azules, celestes y verdosas; y por la izquierda se extiende
la vastedad de aquella península inmensa y en forma de T; cuarenta kilómetros
más allá, en el límite de esa extensión, queda Morro Moreno, en el septentrión.
La planicie baja un poco. Todo es muy lindo, terroso pero limpio, plano, como
lamido, barrido, escobado, inclusive las irregularidades del terreno, que hay
muchas, fisuras, declives, escarpes, morritos. No hay aquí presencia humana
alguna ni tampoco vestigio de su accionar salvo algunas huellas de trabajos de
extracción de guano pero muy desapercibidos en la amplitud de la península. Y
llega al fin al término del camino, a la Punta Angamos. Desciende del vehículo,
el viento es fuerte a esa altura, y observa el panorama ante sí, el mar,
inmenso, inconmensurable hasta el horizonte, con sus colores característicos,
con su olor y sonido inconfundibles. Se regocija en esa soledad y excelsitud,
siente un golpe místico dentro de sí. Ahí no hay nadie más que él, sólo es él y
la naturaleza; desierto, mar y viento... y él. Pero chista para sus adentros y
hace un esfuerzo por reconcentrase y pensar en aquello que ha venido a hacer.
Hay dos playas, una detrás y a la bajada de un cabo anterior a Punta Angamos,
accesible sólo por mar; es la playa de Punta Cuartel, muy grande y de suave
arena, que da hacia Mejillones. Y la otra, una playita ubicada unos quinientos
metros al sur, entre Punta Angamos y una segunda punta, llamada Punta del Faro,
porque justamente ahí la Armada ha ubicado el faro de señalización marítima. Es
una playa pequeña y semicircular. Piensa que haciendo un esfuerzo se puede
llegar con el vehículo hasta allá, por algo es un todo terreno. Y concluye que
de haber un embarque secreto en el sector, tendría que ser por esa segunda
playa, del todo oculta a cualquier mirada. Cavila un poco más y decide: allí
armará su campamento y montará su punto de observación. Después de un rato de
mucho meditar, deshace el camino volviendo a Mejillones. Primera parte del plan cumplido.
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