domingo, 12 de julio de 2020

"Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972". Capítulo VIII




            Capítulo VIII: Noticias desde USA


El uruguayo Adolfo Colombo no sólo era un representante latinoamericano de la Cosa Nostra en Chile sino que un pillo redomado. Estaba metido hasta el cuello en el negocio de la coca y había sido enviado por el capo consigliere a Antofagasta, a organizar el embarque. Para ello, el mafioso había estado recorriendo el puerto pesquero y fijándose en las personas. Escogió a una de ellas, al empresario en pesca Román Benavides, dueño de una pequeña flotilla de tres o cuatro faluchos los cuales administraba llegando todos los días al terminal en una camioneta roja marca Ford, de buena factura. Él ya no salía al mar a las faenas de pesca sino que se preocupaba de la mantención de las embarcaciones y sus motores, de los contratos de venta de la producción y de la repartija de las ganancias con sus hombres. Colombo pudo apreciar que era un lince para los negocios, además muy organizado, austero y dotado de un fuerte carácter. Trató de irlo ganando de poco, con entereza, haciendo acto de presencia y saludándolo día a día, preguntando cualquier cosa, cómo estuvo la pesca, cómo andan las máquinas, se ve bueno el negocio, está buena la mar, cómo obtener un motor de esos… cosas así. Corría el riesgo de que Benavides se enojase y le plantara una choreada y hasta le ofreciera combos si se ponía muy cargante, porque esa era la costumbre nortina, de guapeza, de aniñado, de ir siempre de frente. Pero Colombo se las sabía por libros, conocía cómo tratar a la gente, al político y al empresario, al trabajador y al profesional. Y también sabía que cada hombre tiene su precio. Por eso una tarde llegó a la mesa donde un grupo que lideraba Benavides se servía unas Pilseners. Patudamente se sentó en medio de ellos llevando su propio trago.
-Disculpen, caballeros –les dijo en su acento lunfardo-, no creo que les importe que me siente aquí con ustedes ya que hemos llegado a conocernos un poco –al tiempo que una vez acomodado erguía el tronco para hacerle señas al hombre que estaba tras el mostrador a que les sirviera más de lo mismo que estaban tomando:
-Doce más –le gritó entre fuerte y despacio al par que hacía un círculo con el índice derecho abarcando toda la mesa.
Los hombres lo aceptaron porque en verdad se estaban acostumbrando a su presencia, viéndolo todos los días deambulando por el terminal, saludándolos, haciéndoles preguntas, deseándoles éxito. Intuían que algo bueno vendría de allí, un negocio, la compra de un motor, un contrato. Además, la ingesta de las cervezas los tenía ablandados y del todo asequibles. Benavides por su parte no dijo nada, no podía aparentar enojo o desacomodo en esa ocasión en que él atendía a su gente con un par de tragos. La costumbre y el sentido común le imponían ser amable. Conversaron un rato mientras sorbían sus Pilseners, platicaron livianamente, cosas graciosas, hasta que los pescadores comenzaron en parejas a levantarse para volver a la pega. Todavía les quedaba trabajo que hacer pero en el fondo entendían que de haber negocio de por medio mejor sería que dejasen a su jefe solo con el extraño. Ya les contaría él.
Colombo no desaprovechó la ocasión y fue al tiro al grano.
-Mire, Román –le dijo-, yo sé que usted está preocupado porque tiene un falucho  en tierra y otro motor está con problemas por falta de repuestos, ya que están tan escasos… por la situación… usted sabe... Pero yo lo quiero ayudar a usted. A que arregle sus máquinas y quizás se compre otra. Vengo a proponerle un negocio.
Benavides, quien no había bebido mucho porque, como todo buen hombre de negocios, estaba claro en que debía procurar mantenerse siempre sobrio, con apenas unas copas encima, nada más para acompañar; lo miró con ojos interrogantes pero sin decir ni una palabra, esperando que el otro jugase todas sus cartas.
-Qué le parecen cien mil dólares para usted y cincuenta mil para repartir entre sus hombres.
-Pero… qué tendría que hacer… de qué se trata esto.
- Primero debo asegurarme que esto quedará entre usted y yo. ¿Me lo asegura?
-Eche afuera.
-Se trata de un viaje por mar con dos de sus máquinas entre Antofagasta y Mejillones, con un cargamento valioso.
-Oiga, se pone medio peliaguda la cosa. ¡Y qué cargamento es ese! ¡Deme más datos!
-Tranquilo, tranquilo. Eso después. Por ahora acépteme este adelanto -y sacó un fajo de verdes billetes norteamericanos, mostrándoselo por lo bajo-. Corre por cuenta mía -le dijo- y no tiene nada que ver con el pago final. Y si todo sale bien podría haber más negocios hacia adelante –agregó con cierto dejo de misterio.
  Eran diez mil dólares que Colombo puso en la mano de Benavides tapándolos con la otra encima.
-Y ahora, salud –dijo al final el gánster levantado la también verde botella de cerveza- ¿O nos pasamos a algo más fuerte? ¿Un whisquecito?
-No, no… no… con esta cerveza está bien. Tengo que ir a ver a mi gente, debo irme. Yo creo que mañana hablamos más en detalle. La verdad, me ha dejado impresionado.
- Mañana nos juntamos a la hora y el lugar que usted diga.
-Espéreme a las 12 a la entrada del terminal. Iremos a almorzar a un lugar más reservado, donde podremos conversar tranquilos. Ahora debo ir a ver a los míos.
-Ahí estaremos, pues. Pero tomemos el resto de las botellas. Vamos, salud -y empinaron los codos tomando hasta la última gota de su respectiva cerveza. A continuación Benavides se paró, se secó la boca con el dorso de la mano izquierda y con la derecha le dio un apretón huidizo a Colombo. Iba nervioso el hombre. Ese carácter fuerte tenía su talón de Aquiles. El gánster lo sabía, era su experiencia acumulada, toda una vida manipulando a la gente en medio de la penumbra, con el dinero siempre por delante. Se quedó un rato más  en el local y pidió un whisky sin hielo, para calentar un poco su organismo helado de tanta cerveza fría. Estaba contento. Al rato su guardaespaldas lo pasó a buscar en un moderno y potente auto Volvo.
El detective Esteban Grandón Pincheira salió satisfecho del restaurante Zlatar. Había almorzado, de acuerdo a la minuta ofrecida por el mozo, entrada de erizos, ensalada de lechugas con pepinos y de fondo una preparación de pulpo con papitas y arvejas estofadas. Para beber pidió solamente una botella de agua mineral Chusmiza pues, aunque toda esa comida ameritaba al menos una copa de vino blanco, nunca perdió de vista que tenía audiencia a las cinco de la tarde con Mr. McDonald, el jefe de la maestranza del FCAB. Subió al jeep y deshizo el camino de unas horas atrás llegando nuevamente a la calle Liucura, la principal. Pasada la plaza vio, a su izquierda el letrero de la Compañía de Teléfonos y, considerando que aún disponía de tiempo, estacionó el vehículo bajando para llamar a su jefe.
-Aló, jefe, buenas tardes, Grandón reportándose por acá,
-Ah, Grandón, menos mal que te acordaste, te estábamos echando de menos.
- Es que han pasado muchas cosas en tan pocos días, jefe.
-Dónde estás ahora.
-En Mejillones, rumbo a la entrevista con el gringo máximo de la maestranza. En Antofagasta salió todo bien. Los ingleses se han portado de maravillas. Más no se puede pedir.
-Son nuestras relaciones exteriores también, hay que reconocerles el mérito, ellos han hecho un buen trabajo. ¿Y sobre la investigación todavía nada?
-No, porque me he preocupado primero de instalarme. La investigación la retomo desde aquí mañana mismo.
-Por acá ha habido novedades, llegaron los yanquis de la BNDD. Son diez en total, dos viajan para allá. Trabajarás con uno de ellos.
-Ajá, con que esas tenemos.
-Por eso debemos crear un santo y seña y tú debes comunicarme el lugar del encuentro.
-Lo planearé bien y se lo comunico en dos días
-Aquí está todo que arde. El dato que lograste de encubierto ha encendido todas las alarmas. El jefe Leblanc está muy preocupado. Por eso debes comunicar al instante todo lo que descubras.
-Así será, jefe, pierda cuidado.
-Ah, y respecto de los de BNDD hay una sorpresa. Pero mejor descúbrela tú mismo.
-Y que sería, jefe.
-Allá lo verás, y también que vuestro jefe vela siempre por sus hombres.
-Así ha sido siempre, jefe. Y muy agradecido por todo.
-Estaremos en contacto, detective. Cambio y fuera.
-Sí, jefe, estaremos en contacto. Cambio y fuera. Y reitero mis agradecimientos.

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