Capítulo XIII: La gran aventura
Benavides había navegado a media máquina y sin apuro, con los dos faluchos separados por una media milla de distancia, según indicaciones. Cuando calculó estar a la cuadra de la caleta La Herradura, desvió levemente el rumbo al NNE. Los destellos del Faro constituían una muy buena indicación. Frente a Punta Baja se acercaron más a la costa, y al llegar a la punta donde estaba instalando el faro, maniobraron al sur este. Sólo entonces prendieron los focos e iluminaron la pequeña ensenada, tratando de ubicar los bajos y roqueríos.
En la orilla, Esteban y April se lanzaron cuerpo a tierra tratando de esquivar el haz de luz que recorrió la playita en todas sus direcciones. Pero luego los dos focos se dirigieron solamente a las aguas y ahí Esteban alcanzó a divisar fugazmente a un motor albacorero, de esos que tienen una pronunciación en la proa, con barandas de fierro y destinada al arponero. El otro debía ser de los mismos. Luego ambos jóvenes sólo escucharon gritos que daban indicaciones y órdenes, ruidos diversos, principalmente de cadenas, y de bultos que caían al agua. Todo no duró más de diez minutos al cabo de los cuales los motores aplicaron la reversa, orzaron a babor y se dirigieron hacia alta mar, apagadas las luces, aunque el amanecer ya se presentía.
Esteban y April quedaron desolados en la playa, sin saber qué hacer. No atinaban a entender qué había pasado en realidad y no arribarían a ninguna conclusión hasta que no aclarase definitivamente y pudiesen dimensionar todo el panorama. Entre tanto, no se atrevían a encender sus lámparas y linternas (ella tenía una muy poderosa) por temor a señalar su posición pues daban por sentado que había alguien más. El sol fue saliendo segundo a segundo, con rayos débiles que provenían inclinados desde el oriente, contribuyendo a disipar las brumas. Necesitaban calentarse, por eso April se atrevió a encender la estufilla y preparar café para dos, con nuevos sándwiches de Zlatar, que les sentó muy bien a ambos. Sin embargo, Esteban se veía preocupado. Con el jarro de café en una mano y el sándwich en la otra, se paseaba por todo el largo de la playa, mirando arriba y abajo, hacia el mar y hacia la lejanía. Sabía que alguien más tenía que venir, que lo que había ocurrido durante la noche debía ser solamente una primera parte de una gran operación. Y ya cuando la claridad fue total pudieron salir de sus dudas observando lo que habían dejado aquellos ruidosos hombres durante la madrugada en el mar. Eran flotadores, boyas, unas diez de ellas, alineadas y de color naranjo. April las examinó durante unos largos minutos con sus poderosos binoculares.
-Esas son las drogas –dijo, señalando en su dirección.
-Yo creo lo mismo -respondió él- Están fondeadas a media agua. Buen plan tenían estos bandidos-. Debemos ir a verlas y tratar de sacarlas.
-Sí –dijo la norteamericana, decidida.
-Pero debe ser rápido pues en cualquier momento llegan a buscarlas. Vamos, echemos el bote al agua.
Entre los dos, aunque Esteban primero, volvieron a forcejear con el bote hasta tenerlo en las olas. El detective se sentó en la bancada del medio y volvió a deslizar los remos al agua manejándolos para que la embarcación girase y de ahí, a todo impulso, dirigirla mar adentro hasta más o menos los cien metros de distancia. Llegados a las boyas, se irguieron para apreciar que de cada una de ellas salía una cuerda filástica café amarilla, descendiendo refractadas en las aguas verdosas hasta la profundidad oscura. Mientras April maniobraba los remos, Esteban se inclinó a tomar una de ellas.
-Esto está muy pesado –dijo, tirando-, deben ser unos cien kilos, más la resistencia del agua. De allí los sonidos de cadena de anoche, ellos usaron un tecle.
-Bueno, habrá que llamar para que vengan de Mejillones –acotó ella.
-Pero primero me gustaría bajar a ver de qué se trata. Para estar seguros y en lo posible obtener una muestra.
-Sería bueno -dijo ella-. Yo te ayudo.
-Lo malo es que no trajimos equipos. Y ya es tarde para volver a buscarlos. Debemos actuar enseguida. Los malos llegan en cualquier momento –y se dio en sacarse toda la ropa hasta quedar en calzoncillos, oscuros, de nylon y ceñidos al cuerpo. Ella, aunque no demostró ninguna emoción, lo observó: el vientre plano, las piernas de futbolista, los hombros y el pecho marcados. El detective se echó al agua, cara al bote, quedando con las palmas asido a la borda. Notó lo frío del agua, y no podía ser de otra manera porque, aunque transcurrida parte de la mañana, el mar todavía conservaba el fresco de la noche. Recordó las palabras de su profesora de Historia y Geografía en el Liceo: “Las aguas se calientan y enfrían más lentamente que la tierra”. Ahora lo estaba experimentando en carne propia. Y abajo debía estar más fría aún. Pero la adrenalina que corría por su cuerpo lo ayudó a soportar. Era como si tuviese doble piel, la de afuera protegiendo la de adentro. Así que se sumergió, se tomó de la cuerda y por ella se guió hacia abajo, sintiendo que los oídos le zumbaban. Emergió en un minuto, era demasiada la profundidad. Lo intentó dos veces más. A la tercera, logró levantar una cincuentena de centímetros un bulto contenido en una red, pero no pudo más. Emergió acezando y tomándose de la borda.
-No puedo solo, necesito ayuda –le gritó a ella que observaba todo lo que hacía mientras bogaba para mantener el bote en su sitio.
E incontinenti, ella se irguió, extrajo los remos del agua, acomodándolos sobre las bancadas y procedió a sacarse también toda la ropa, quedando en sus prendas más íntimas. Aunque cansado, apoyado con los antebrazos en la borda, Esteban la observó de pe a pa, y con ganas: piernas largas y bien moldeadas, cintura estrecha, abdomen liso y pechos no grandes pero bien formados. Su calzón, color salmón y que le llegaba a la cintura, delineaba muy bien sus glúteos levantados y hacía juego con el brasier del mismo color. Pero ella no bajó lenta y pausadamente al agua como él, sino que se paró equilibrándose en la borda y dio un ágil salto, combándose de espaldas en el aire, para caer como un nadador olímpico y asomar casi de inmediato y dar tres o cuatro brazadas enérgicas, de ida y vuelta, a modo de calentamiento. Sólo entonces se acercó a Esteban que ya estaba en la cuerda de la cual ella también se asió, diciéndole:
-¿Listo? A la cuenta de tres. Uno…
Se sumergieron uno al lado del otro guiándose por la filástica. A los treinta segundos, Esteban le indicó por señas que debían detenerse y jalar. Con la fuerza de ambos apareció la red desde el fondo. Haciendo el último esfuerzo, jalaron un poco más y Esteban se estiró a tocar el borde de la malla, logrando meter la mano izquierda dentro de ella y palpar un paquete que contenía algo cuadrado como un ladrillo. Se les acabó el aire de sus pulmones así que tuvieron que subir precipitadamente. Emergieron las cabezas casi muriéndose y aspiraron el vital elemento a grandes bocanadas. Dos, tres, cuatro veces. Ya recompuestos, él le gritó, alborozado:
-Lo hicimos, es la droga, es la droga –y le dio un fuerte y largo beso en la boca al cual ella no se resistió. Los dos estaban gusto a sal y a humedad.
-Ahora sí -dijo al cabo Esteban, manteniéndose ambos cara a cara y a flote-, debemos ir al campamento a buscar todos los equipos y bucear en forma. Necesitamos una evidencia.
-Pero yo creo que deberíamos avisar por radio primero –retrucó ella-, reportarnos.
Y fue justo en ese momento en que se escuchó un estruendo enorme, repetido en sucesión de cinco o seis veces, amplificado por los ecos permitidos por los farellones que constituían el borde mar de la península. Miraron hacia el lugar de donde provenían los ruidos, unos ochocientos metros mar adentro: era una nave de mediana envergadura, una goleta pesquera, que se dirigía a toda máquina al lugar, desplazando ostentosamente las aguas y creando mucha espuma. De su cubierta brotó una nubecilla blanca, y en fracción de segundos repiquetearon las balas alrededor de ellos; el sonido, tableteado, vino después. Era una ametralladora pesada, posiblemente una M60 o una Rheinmetall, disparada desde la amura de la embarcación, seguramente montada en un trípode. Brotó una nueva nubecilla, esta vez la ráfaga le dio al bote que saltó un poco.
-¡Huyamos! –gritó April-, en diagonal, hacia la punta del faro, allí podemos escondernos.
-Sí, pero verán nuestro campamento y nos buscarán.
-No, porque cuando tú te dirigías al bote yo desarmé el campamento y lo oculté lo más que pude.
En eso vino la tercera descarga. El bote volvió a ser alcanzado.
-Vamos –exclamó Esteban- pero tratemos de no chapotear. Brazos y manos siempre bajo el agua. Sólo las cabezas fuera. Y comenzó a nadar según su estilo favorito, un pecho muy peculiar, a su medida. A su lado, y un poco atrás, April practicaba el pecho clásico. Avanzaban notoriamente. Con solo media cabeza afuera.
Por su lado, la goleta había detenido su marcha a unos 80 metros del bote y maniobraba para bajar la panga. Una vez ésta en el agua, con tres hombres a bordo, dio toda marcha hacia el “Titanic”, haciendo un gran ruido de motor en aceleración, y procediendo luego a trazar un círculo alrededor del pequeño bote para luego abordarlo y que uno de los hombres lo asegurase con un lazo desde la proa y ser remolcado a la goleta donde quedó pendiendo de la cuerda de un botalón.
Todo esto dio tiempo a los jóvenes para ganar la playa donde salieron arrastrándose y marchar agachados a esconderse tras unas rocas. De ahí observaron todo lo que sucedió. Entre la panga y la goleta extendieron la inmensa red de pesca envolviendo la reducida área en que se encontraban las boyas. Y luego procedieron como en una jornada de pesca común y corriente: la red fue cogida por la grúa ubicada en el pico del palo mayor de la goleta, asegurándola por ambos extremos, y la comenzó a jalar a bordo, como la captura de un gran cardumen de peces. Una vez arriba la carga, el botalón circuló para ubicarse sobre la bodega abierta de par en par y allí la bajó con suavidad hasta depositarla en el fondo. La panga arrancó nuevamente hacia la orilla y, a unos 50 metros de ella, la empezó a recorrer en toda su extensión, como buscando algo, al tiempo que uno de los hombres, el cual llevaba la M60 en sus brazos, comenzó a disparar el arma cuesta arriba y a todo lo largo, en una continua e interminable ráfaga, cuyo sonido era amplificado por los ecos. Doblaron la punta del faro y siguieron haciendo lo mismo unos cien metros más allá. Era como si estuvieran costureando la pared de roca orgánica. Terminado aquello, y aparentemente satisfechos, hicieron rumbo a la goleta ubicándose a popa de la nave para permitir que la panga fuese izada a su ubicación de costumbre. Con un gran sonido, la goleta aceleró sus motores y dio avante, perdiéndose de la vista de los jóvenes. Éstos salieron de su escondite y, sin dejar de mirar para todos lados, se dirigieron a pie descalzo a lo que quedaba de campamento. La verdad, lo que había era un desastre. Muchos elementos estaban agujereados e inservibles. El walkie había sufrido gran daño, la máquina fotográfica ya no servía.
-No creo que estos granujas se hayan convencido de que nos eliminaron. Creo que volverán y será por tierra. Debemos irnos ya –opinó Esteban, terminante.
-Pero será difícil escalar esos morros así como estamos. Perdimos las zapatillas y los pantalones en el bote –acotó ella.
-No nos queda más que nadar. Rodear la punta Angamos y llegar a la playa que está al otro lado. De ahí sale un sendero a Mejillones.
-Sí, no nos queda otra –contestó ella, midiendo mentalmente las distancias-. Entonces, manos a la obra. Todavía nos queda mucho sol (era cerca del medio día).
Dieronse en seguida a recuperar algunas de sus cosas. April tenía una mochila impermeable y en ella echaron las armas, las municiones, los binoculares, la brújula y algo de comida y bebida. Ella también se ciñó un cinturón tipo banano de muchos compartimentos en donde alojó otras cosas más y calzó un gran cuchillo Kabar, de la infantería de marina norteamericana, en su respectiva funda. Viéndola, Esteban también se ciñó su cinturón con el corvo del ejército chileno. April por último tomó un bolso tubular que traía, también impermeable, en donde acomodó algo de ropa liviana para ambos, incluyendo unas chalas de material sintético y con talón y amarre, especiales para playas pedregosas. Esteban recuperó un par de alpargatas, también con amarre.
Se sacaron la ropa interior, húmeda y destrozada, que llevaban desde el comienzo, y procedieron a enterrarla en la arena, volviendo a ponerse sus trajes de baño. Esteban se echó a la espalda la mochila y ella se terció el bolso tubular al hombro y caminaron juntos al encuentro del agua, cada uno con su equipo de mar propio: gualetas, máscara de buceo y tubo snorkel (la norteamericana, muy precavida, sabiendo que se trataba de una aventura de mar, también se había procurado lo necesario). Se chantaron todo eso y se fueron adentrando en las olas, caminando de espaldas en primera instancia, hasta encontrar suficiente profundidad para quedar flotando, livianamente porque sus equipos les eran de gran ayuda, permitiéndoles impulsarse con vigor merced a los movimientos acompasados de las piernas y no permitiendo que el agua les entrase por la boca o nariz o le molestase la visión. Esteban sentía como si su máscara de buceo estuviera dividida en dos partes que a veces se confundían. En la superior divisaba el celeste del cielo y la luz solar, y en la inferior el color típico del agua de mar, entre celeste y verde claro. Abajo había un suelo arenoso que se iba alejando conforme se apartaban de la orilla y que estaba poblado de vida marina, estrellas de mar, locates, pececillos, de repente un lenguado. Cuando llegaron a la altura del roquerío, que los mejilloninos llaman “la isla”, vieron a los lobos marinos que les miraban con curiosidad. Ahí Esteban no pudo dejar de recordar lo leído la temporada anterior sobre que se había divisado una familia de orcas a la altura de Punta Angamos. Interesado en el tema, había investigado que el gran tiburón blanco a veces también merodea por la zona, pero que más común era el tiburón azul, o azulejo, que en Europa conocen como la tintorera, hostil al ser humano. La situación le trajo a la memoria también otras de las novelas de James Bond, al parecer la segunda de la serie, Vive y Deja Morir, parecía que se llamaba, ambientada en Jamaica y en que el personaje, para llegar a la isla mansión de su oculto adversario, debe bucear a través de cien metros de mar plagado de tiburones, y que todo iba bien hasta que una pierna del buceador se enreda con un pulpo, produciéndose un torbellino en las aguas que despierta las sensibilidades agresivas de aquellos seláceos de dientes afilados… Todo eso pasaba por su cabeza en esos momentos, mientras nadaba junto a April. Pero se obligó a no sentir temor. Estaba ya metido en la aventura y no había modo de echar pie atrás. Además tenía que transmitir la información que había logrado, la cual quemaba. Nada se ganaba si los individuos no eran apresados. Tenía que continuar, y siguió impulsándose a golpes de gualetas, tratando de concientizar lo agradable de esas aguas y gozar de lo rico que eran y de lo bien que se estaba allí.
Pronto llegaron al punto en que debían voltear a la derecha, hacia el norte, estando justo enfrente de la Punta, más bien a su sombra. Entonces voltearon quedando de espaldas en el agua y se detuvieron unos minutos a apreciar el panorama que presentaba a la vista el soberbio morro que tenían sobre sí. Era un espectáculo digno de un geólogo. El morro, con sus más de cien metros de altura y casi vertical sobre el mar, mostraba los diversos colores de sus rocas ígneas, metamórficas y sedimentarias, grises u oscuras en la base, más ocres y claras hacia arriba, con bandas amarillas entre medio, mientras que la cima se apreciaba blanquecina. Y todo el escarpe permanecía salpicado de puntos negros los cuales correspondían a aves marinas, cormoranes, piqueros, patos liles, y algunos jotes, como también blancas gaviotas, todos los cuales allí nidifican u otean desde lo alto sus presas. No hay playas al pie de esa mole porque el mar la golpea de continuo, no hay pasada por allí, sólo por el agua. Y mientras se la va rodeando se aprecian enormes cavernas cavadas por las olas milenarias. Esteban sabía de hombres ranas que se sumergían allí y cazaban enormes anguilas que allá llaman “mulatas”. Y consideraba un prodigio bucear en esas inmediaciones donde el mar golpea fuerte.
Los jóvenes tomaron finalmente dirección al este, completando el rodeo y flanqueando la península para llegar a la cuadra de otro cabo, el llamado Punta Cuartel, y ahí sí que había una playa, larga, de casi un kilómetro de extensión, de blancas arenas y aguas turquesas. Salieron a tierra, se desprendieron de sus cargas y se extendieron de espaldas sobre la arena caliente. El sol estaba en su cénit.