lunes, 20 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo XVII y final





              Capítulo XVII: Epílogo


          Esteban se dio el lujo de hablar por teléfono particular con  Hernán López, jefe de la Beja:
              -He quedado con la mandíbula lastimada. Me auscultó el médico de Carabineros y me ha extendido licencia por cinco días. La estoy enviando vía correo.
-Está bien, Grandón, mejórese. Y después de concluida la licencia se puede tomar las vacaciones que tiene pendientes. Dictaremos la resolución exenta que corresponde en el caso. Que descanse.
-Y qué ha habido de las nuevas investigaciones.
-Colombo resultó un truhán. Tenía dos salas de juegos en plena Alameda y un hotel galante en Morandé, además de una joyería en Iquique y un motel en Arica. Su casa, verdadera mansión, la tiene en Vitacura y posee además tres casas de veraneo en distintos balnearios y una en la montaña. Todo producto del lavado del dinero de las drogas. Está bajo persecución, cualquiera de estos días caerá.
-Y el juez ¿era o no era?
-Estamos esperando las confesiones de los capturados. Su caída arrastrará a por lo menos dos oficiales de Carabineros y de Investigaciones implicados, además de funcionarios menores, incluso de Aduanas.
-Y sobre M ¿era realmente M?
-Todo indica que sí pero se le ha perdido el rastro. Posiblemente ya esté en el extranjero. La confesión de Colombo contribuiría a desenmascararlo por completo y podríamos encargar su captura a Interpol. Aunque creo que recibirá de su propia medicina. Sus asociados no le perdonarán haber perdido los 400 kilos de drogas que le hemos quitado. Casi cien millones de dólares. Creo que tiene sus días contados.
-Bueno, que todo sea para bien.
-Te esperamos al regreso, Grandón. El jefe Leblanc quiere hablar personalmente contigo. Lo mismo el ministro. Y hasta es posible que seas recibido en La Moneda.
-Cómo tanto.
-Es que te lo mereces, chico. Bueno, que lo pases bien.
-Ah, jefe, me preocupan el bote y el jeep, ambos tienen impactos de balas.
-El bote ya ha sido recuperado por la gobernación marítima y ellos se harán cargo de la reparación. En cuanto al jeep, una vez que lo dejes de ocupar lo tienes que entregar a la ETC1. El intendente provincial tiene todas las instrucciones para acudir a su reparación. Quedará como nuevo, ya verás. También recuperamos tu equipo de la Punta. Lo que quedaba de él. Está todo guardado.
-Gracias, jefe, No esperaba menos de usted. Adiós.
-Hasta pronto, Grandoncito. Y hay una rubia norteamericana que pregunta por ti.
Al otro día, Esteban estaba en el aeropuerto Cerro Moreno despidiendo a April que volvía a Santiago con su compañero de la BNDD.
Conversaban de profesional a profesional.
-Es posible que tengas que volver a Estados Unidos ahora que se resolvió el caso –le dijo él.
-Es posible -le respondió ella-. Va a depender de lo que digan mis superiores. Pero la misión en en un principio era por tres meses.
-¿Entonces, si estás, podré verte cuando regrese a la capital?
-Of course. ¿Pero por qué no te vas en el vuelo siguiente?
-Porque me queda algo muy importante que hacer aquí.
-A ver… ¿de qué se trata eso?...
-Pasar el Año Nuevo con mi familia. Ellos me esperan, se lo prometí a mamá.
-And that’s my kid –y ella le dio un beso de despedida que le hizo doler la mandíbula-. Te estaré esperando en Santiago –agregó- no tardes mucho.
Esteban se quedó mirando hasta que el avión desapareció en la lejanía. Se sobaba la mejilla adolorida.




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1 Empresa de Transportes Colectivos del Estado

domingo, 19 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo XVI




            Capítulo XVI: Desenlace en la carretera


Fuera de ser un mafioso, Murat se caracterizaba por su personalidad flemática. Por eso su chófer no circulaba a más de 80 kilómetros por hora en carretera, aunque iban de apuro, pero M se tomaba su tiempo. Para él todo marchaba bien y de acuerdo a lo planificado, y las contrariedades que habían querido importunar la operación pudieron ser salvadas en forma conveniente y oportuna. Tenía experiencia, no en vano había liderado decenas de estos procedimientos, en varios países, aunque reconocía que el presente era uno de los más grandes sino el que más. Iba satisfecho, y gozaba de ese viaje suave por el desierto.
En cambio, Esteban forzaba su máquina exigiéndole el máximo de 105 kilómetros por hora para lo cual están diseñados los Land Rover de la serie II. En su cabeza trataba de resolver una ecuación sobre si lograría o no alcanzar a los perseguidos. Los factores eran  su velocidad propia y la velocidad de los otros que calculaba entre 80 y 100 kilómetros por hora, más la distancia entre ambos de 20.000 a 30.000 metros, y el tiempo, media hora  entre la salida de uno y otro. Pero también confiaba en que desde Mejillones se radiase a Antofagasta para que saliera una patrulla en contrario y que ésta alcanzase a llegar. El asunto es que la lentitud de la caravana de Murat y la incidencia en que éste ordenase una detención de quince minutos para tomar fotografías, dio pie a que Esteban los avistara a la altura del Morro Gordo. La alarma la dio el chófer del auto escolta:

-Ese jeep parece que nos sigue. Lo noto sospechoso.
El sicario jefe, que era el copiloto, lo comunicó inmediatamente al auto guía, por la radio.
-Déjenlo pasar –se recibió la orden desde allí.
       Así, pudo Esteban alcanzarlos y ubicarse inmediatamente detrás, estudiando la situación; sabía que estaban armados y su idea era sólo no perderlos de vista hasta la llegada de refuerzos. Por eso no pasó adelante pese a que el chofer del auto escolta le incitaba a hacerlo. Esto convenció a los bandidos, que, comunicados con el auto del jefe, recibieron la orden de proceder.
Esteban se acercó para ir en paralelo al Chevrolet, tratando de apreciar mejor al auto guía. Entonces fue que vio a uno de los pistoleros tratando de apuntar un arma en su contra. Hundió el pedal del freno, volviendo a su primera posición, en la parte trasera del vehículo negro, pero el bandido que iba a disparar sacó medio cuerpo por la ventanilla y empezó a tirar sobre su jeep. Esteban se fue quedando mucho más atrás para esquivar los disparos.
-Elimínenlo –fue la orden que se escuchó desde el auto cabecera.
El Chevrolet se detuvo y su chofer maniobró para dejarlo a medio atravesar entre la berma y la calzada, mientras el auto guía se alejaba adelante. Esteban no se detuvo del todo  sino que comenzó a marchar al ralentí hasta que recibió una potente ráfaga de Kalashnikov que lo obligó a poner reversa y tratar de alejarse lo mayormente posible, al par que el Chevrolet volvía a la carretera, procedía a voltear y se le iba encima. El detective bajó del jeep, se refugió en la puerta abierta del vehículo y disparó una ráfaga larga de la Carl Gustav. El entre cruce de disparos se fue haciendo mayor hasta que Esteban, ya en su segundo cargador, acertó un tiro pues el Chevrolet se detuvo y todos sus hombres saltaron a tierra, disparando. Esteban agotó el tercer cargador y echó mano a la Walter PPK con la cual alcanzó a disparar una secuencia de cuatro tiros lo que dio indicios a los bandidos de su debilidad y por ello empezaron a caminar hacia él, siempre disparando, en un ataque final. El detective estaba perdido. Pero justo sintió ruido de motores detrás de él. Era el furgón de Carabineros de Mejillones que llegaba al rescate. Cuatro policías saltaron al suelo armados de fusiles SIG y guiados por su teniente quien sólo llevaba su revólver de reglamento. También llegó April en su Chrysler quien, al igual que su partner gringo, sólo llevaba su pistola ya conocida, a manera de protección, no de ataque. Los bandidos retrocedieron a su vehículo para refugiarse pero uno cayó herido en este repliegue y quedó ahí bajo el fuego cruzado. El intercambio de disparos se hizo leonino, hasta que arribaron dos vehículos más de la policía desde Antofagasta, uno de Carabineros y el otro de Investigaciones. Al quedar entre dos fuerzas, los bandidos se rindieron excepto uno que alcanzó a correr unos metros hacia la pampa pero los tiros que repiquetearon en la tierra, al lado y delante de él, lo detuvieron y acabó también entregándose. Esteban se acercó al capitán que comandaba la patrulla de Antofagasta, se identificó y le preguntó sobre el Volvo azul oscuro. El oficial, quien ya estaba informado sobre la presencia y misión del detective, contestó:
-Lo encontramos pero abandonado. El reporte de la central informa que, según la Interpol, ese vehículo es buscado por robo en Argentina.
Ellos tampoco podían saber que Murat y su gente dejaron el Volvo a la llegada de la cuesta de Cerro Moreno en donde los esperaba otro vehículo al cual transbordaron. Y que a esa hora, el capo y su hombre de confianza volaban en una avioneta que despegó desde el aeródromo de La Chimba con un destino que sólo M y el piloto conocían. Mientras que Colombo y sus secuaces seguían en el nuevo vehículo hacia Antofagasta.
Esteban preguntó a los policías si en la zona había alguna autoridad jurisdiccional, parlamentaria o judicial de apellido Mujica.
-Hay un juez –le contestó el capitán- del Primer Juzgado del Crimen.
Entonces Esteban pidió al oficial usar la radio de la patrulla. Y al responder éste afirmativamente el operador le dio con la central. El detective tomó el micrófono y solicitó hablar con el jefe, que era el general jefe de zona que estaba allí presente. Le pidió si podían hacerle puente con su superior, el prefecto López, de la Beja. A los pocos minutos estaba hablando con él.
-Estamos al tanto de lo obrado –le informó López-. Lo felicito, detective. Cambio.
-¿Pero capturaron a la goleta? Cambio.
-Pedimos la ayuda de la Armada vía el Ministerio del Interior, y en estos momentos debiera ir una patrullera y un helicóptero tras esa embarcación. Cambio.
-Jefe, el capitán de la goleta es un hombre de apellido Palomo. Su misión es entregar la droga a un vapor que pasa para el norte. Palomo tiene todos los datos, hay que trincarlo, que entregue toda la información. Y también hay un hombre de acento rioplatense de apellido Colombo. Él es uno de los jefes de la operación y ahora está fugado. Hay que conseguir de los tribunales orden de aprensión contra él. Los prisioneros que hemos hecho pueden servir de testigos. El jefe superior es un zambo de edad avanzada y de hablar caribeño. Él podría ser M. No tengo más antecedentes de esa persona. Pero si me lo mostrasen, lo reconocería. Él ordenó matarme. También está desaparecido. Cambio.
-Okey, detective. No se preocupe, Colombo es conocido nuestro y tiene otros cargos. Lo buscaremos y lo atraparemos. Calculo no menos de veinte años de prisión para él. Cambio.
-Por último. Jefe, investiguen al magistrado Mujica, de Antofagasta. Es un cómplice. Cambio.
-Trataremos de que la Corte Apelaciones de la ciudad inicie un sumario administrativo al respecto. Hay que ir por el lado del Ministerio de Justicia. Eso tardará un poco pues hay que reunir la evidencia. Cambio y fuera.
Efectivamente, ante una comunicación de la superioridad naval la cual había sido contactada directamente desde La Moneda, la Armada había dado orden a la embarcación de patrulla costera de Antofagasta para que zarpara en busca de la goleta, guiada por una unidad de helicóptero “Jet Ranger” que había sido destinada al Norte en apoyo de sus actividades y que despegó de la base aérea Cerro Moreno. Por su parte, el caza submarinos “Papudo”, con base en Iquique y que a la sazón se encontraba, en alta mar, en maniobras no lejos de la zona, recibió orden de dirigirse al punto.
El helicóptero, de poderoso armamento, no tardó mucho en ubicar a la nave objetivo pues ésta navegaba recién cerca de las 20 millas marinas y sobre el paralelo de Punta Angamos. De ello dio aviso a la lancha patrullera la cual demoró no más de media hora en llegar pues había salido antes. La orden, transmitida por el altavoz fue terminante:
-Goleta "Pegaso", deben detenerse pues van a ser abordados –esto mientras el helicóptero seguía sobrevolando.
Palomo, aunque asustado, optó por desoír esa orden y seguir navegando disponiendo que sus hombres apuntaran la M60 hacia la lancha de los marinos que era más pequeña.
Ante ello, el comandante de la patrullera ordenó disparar por alto una ráfaga de sus cañones de 20 milímetros, al cabo de lo cual volvió a transmitir:
-Goleta "Pegaso", última advertencia, si no se detienen serán hundidos. Tenemos dos torpedos apuntándoles. El helicóptero también está armado con torpedos aire agua.
Esto, más la aparición del “Papudo” en el horizonte, llevó a Palomo a acatar la indicación de detener las máquinas.
El comandante de la patrullera esperó a que llegara el “Papudo” del cual descendieron un bote con veinte marineros fuertemente armados con fusiles M1, cubiertos con cascos de guerra y protegidos con chalecos antibalas que abordaron a la “Pegaso” y se hicieron cargo de la situación, tomando prisioneros a todos sus tripulantes los cuales fueron trasladados al "Papudo”, menos Palomo que fue llevado a la patrullera. No fue difícil ubicar la droga pues era el único cargamento que llevaban.
Palomo se entregó blandito pues su temor a los narcos era superior. En su fuero interno esperaba algo de clemencia de parte de la justicia si cooperaba.
-Yo sólo quiero protección –le dijo al comandante y le entregó el papel con las indicaciones que le había pasado horas atrás en tierra Colombo.
Por su parte, como respuesta a su comunicación con la base, los comandantes de nave recibieron la orden de continuar hasta las doscientas millas. La “Pegaso” fue regresada al puerto, con tripulación de cinco marinos chilenos, escoltada por el helicóptero.
A la 7 de la mañana el carguero proveniente del sur, que era de bandera rumana, fue interceptado por la patrullera y el “Papudo”, apoyados por dos aviones caza bombarderos que habían despegado de la base Cerro Moreno, todo en perfecta coordinación. No hubo resistencia. Al vuelo rasante de los aviones y a la descarga por alto del “Papudo” de su ametralladora de 40 milímetros, los extranjeros se dejaron abordar. El barco fue dirigido a Antofagasta, tripulado por marinería nacional y escoltado por ambas naves de guerra. Los aviones siguieron revoloteando un buen rato más. Ya en el puerto, y al día siguiente, el cargamento de drogas cuya ubicación fue dada por su capitán Romanski, ahora prisionero, fue incautado. El barco recibió nueva tripulación, excepto su primer oficial, el piloto y el ingeniero de máquinas, y pudo seguir en dos días más su ruta al norte con la preciosa carga de frutales chilenos.

sábado, 18 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo XV




Capítulo XV: Una lección de boxeo


Esteban despertó a las seis de la mañana y se levantó de inmediato, cuidando de no incomodarla a ella que dormía a su lado, en su dormitorio. Pasó como de costumbre, pero ahora en forma rápida, por la afeitada y el agua de marras, se puso ropa liviana y comenzó a preparar el desayuno echando mano a los víveres liofilizados que tenía su compañera, sándwiches y una especie de queques. En eso ella apareció desperezándose en la puerta del cuarto de dormir.
-Ahora me tocó a mí hacer el desayuno –le dijo Esteban a guisa de saludo-. Si te duchas rápido tomaremos un rico café con pan y queques yanquis.
-Brownies –le aclaró ella-, también hay donas. Y los sándwiches son de mantequilla de maní.
-Puro colesterol –acotó él.
-Energía, resistencia –le dijo April- Porque imagino que vamos a salir y estar todo el día afuera ¿no?
-Sí -le contestó Esteban-. Si te duchas rápido alcanzamos a hablar lo que tenemos que hacer.
-Inmediately, boss – le contestó April intentando una broma.
-Y… -alcanzó a decir el detective para que ella se voltease a escuchar-… eres muy bella –e insinuó un beso que le dedicó por los aires. Ella contestó de igual manera y con un gesto coqueto mientras giraba para entrar a la sala de baño.
Una vez sentados a la mesa, frescos y renovados ambos, probando aquel desayuno en parte chileno y en parte norteamericano, Esteban comenzó a hablar de su plan:
-Si la noticia del cargamento de droga llegó hasta Estados Unidos, significa que esto es de corte internacional. Esa goleta es chilena además de pesquera, se mueve sólo en aguas nacionales.
-De acuerdo.
-Creo que necesariamente su papel es entregar la carga a un barco mayor, de bandera internacional.
-Y de ahí llevarla a Estados Unidos.
-O a Europa, vía Canal de Panamá.
-Y qué tal si ya navegan rumbo allá.
-Puede ser, puede ser. Pero yo me la juego porque esa goleta ande todavía por estos lados. No ha pasado un día desde que recuperaron la carga e hipotéticamente tendrían que darse sus tiempos, organizarse. Hay que buscar esa goleta, investigar.
-La única parte que se me ocurre es donde vimos la flota anclada anteayer. Imagino que de ahí debe haber salido –aportó ella.
-Imaginas bien -contestó él-, y ahí también debe haber llegado. Si tenemos suerte, todavía está allí. Ayer fue feriado nacional así que no creo que hayan zarpado a sus labores habituales de pesca, posiblemente lo hagan a partir de esta noche. Iremos los dos, cada uno en su auto. Hay que llevar sólo lo necesario.
-Sí, iremos; acabemos entonces el desayuno y no perdamos más tiempo.
Salieron cada uno en su respectivo vehículo, separados por unos cien metros de distancia, él adelante. Llegaron al pueblo y Esteban se dirigió inmediatamente al muelle, en donde, llegado, bajó del auto y se acercó a la ventanilla de ella:
-Iré a echar un vistazo solo –le dijo-. Es mejor que tú te quedes aquí. Tu pelo rubio puede llamar demasiado la atención. Podrían llegar a reconocerte –y metió la cabeza por la ventanilla para darle un beso en la mejilla a lo cual ella rotó un poco el rostro y el beso terminó en su boca.
-Suerte, honey, cuídate -le dijo al cabo April.
El detective entró desaprensivamente al muelle de gruesos tablones de madera que en sus separaciones dejaban ver el paso del mar en sus idas y venidas. Caminó desenvuelto como un turista más por ese entablado y nadie reparó en su persona. Llegó hasta la extremidad y comenzó a observar el panorama de la bahía, buscando. Sí, ahí estaba, anclada a unos quinientos metros mar adentro, sobre su derecha, donde mismo anteriormente, allí estaba la flota completa. No obstante, él buscaba una nave pintada de azul y con bordas blancas, pero sucedía que eran todas iguales, pintadas de idénticos colores. Entonces se le ocurrió volver donde April a pedirle sus prismáticos. Le contó todo lo que había visto.
-Mira, Esteban –le dijo ella. Yo creo que debemos ir a Carabineros y reportarnos. Que las autoridades hagan el trabajo. Nosotros ya cumplimos. Además cada minuto que pasa los favorece a ellos y perjudica a nuestra causa.
-Está bien, pero déjame ir a ver por última vez. Si no encuentro nada significativo entonces haremos lo que dices y entregaremos la misión.
-Bueno, Esteban. Unos diez minutos, nada más.
-Que sean veinte ¿vale?
Y Esteban volvió a la punta del muelle a seguir observando pero ahora con los prismáticos que eran muy potentes, incluyendo en uno de sus lentes una graduación de distancias en líneas y números. Observó largo rato, dándole a los gemelos la máxima potencia de cercanía y pudo ver hasta los rostros de los hombres sobre sus naves. Recorrió toda la flota, pendiente de cada detalle. De repente reparó en algo que le llamó la atención: una de las goletas, un poco separada del resto, tenía un pescante que se deslizaba al agua. Fijó su vista ahí, y cuando la nave, movida por el oleaje, le mostró su perfil, lo vio. Del pescante se había amarrado un bote que flotaba al lado de su nave madre. Esteban lo enfocó, con el corazón palpitante: pintado de blanco, rayas delgadas transversales una azul y otra roja, ¡era el “Titanic”! La había encontrado, a la goleta, la había encontrado. Inmediatamente corrió los lentes al sector de proa, a la amura de babor, donde estaba el nombre y la matrícula: Pegaso, Z-U-97694. Cuando, merced a otro envión de las olas, la goleta mostró la popa, vio que a estas letras y números se sumaba, abajo, la palabra Iquique. Sin perder tiempo, Esteban sacó de su billetera la libretita y pequeño lápiz que todo buen detective lleva, y anotó esos datos. Decidió volver donde April y acudir juntos a Carabineros, llamar a sus jefes y dar toda la información. El cometido de ambos se podía considerar cumplido. Pero justo en ese instante advirtió movimiento en la goleta, vio que bajaban la panga la cual enseguida y con su típico rugir de motor, como diciendo “cuidado que aquí voy yo”, se dirigía al muelle. No demoró ni cinco minutos en llegar. Haciendo un gran rodeo atracó y dio lugar a la subida por la escalera metálica de un hombre de unos cuarenta años de edad, de mediana estatura, delgado pero de complexión ancha. Se notaba un hombre de trabajo por los recios brazos y las grandes manos. Tenía toda su cabellera, aunque un poco despeinada por el viento; vestía bluyín nuevo y camisa celeste a mangas cortas y calzaba botines “Hércules”. Saludó a grandes voces a algunos paisanos sobre el muelle y se dirigió hacia la salida a tierra. Esteban decidió seguirlo. April lo vio pasar.
El detective no tenía por qué saberlo pero aquel hombre era Palomo, el patrón de la “Pegaso”, que bajaba llamado por los narcos para recibir las últimas instrucciones.
El hombre hizo el mismo camino de la víspera, pasando por detrás de la capitanía de puerto y de la hostería y bajando a la playa por la calle que da al balneario municipal después del cual había una larga playa vacía en donde recién se comenzaban a erguir las primeras casas de veraneo, según terrenos enajenados por la Municipalidad y la Armada. Una de esas casas, la mejor, era la arrendada por Colombo y hacia allá se dirigió el capitán. Lo estaban esperando, esta vez sin bebidas y el trato cortante:
-Estamos listos, Palomo –le dijo Colombo. La cita es esta madrugada a las 7 horas. Aquí están las coordenadas, la frecuencia y la clave de contacto –y le pasó el papelito que le había mostrado el día anterior- Debes partir de inmediato. El carguero ya viene en camino, se encontrarán en el límite de las doscientas millas.
-Okey –dijo Palomo-, ¿nada más?
-Nada más. Y hazlo bien -le cortó Colombo quien tenía tras sí dos hombres armados.
-¿Y el permiso de zarpe?
-Está todo arreglado. Para eso tenemos a la autoridad que nos apoya, nuestro aliado logró meter la chiva a tus jefes y a los marinos. La veníamos preparando desde hace mucho tiempo. Se supone que llevas a bordo a unos estudiosos de la oceanografía –Colombo confidenciaba todo esto a Palomo para infundirle confianza pues de súbito lo notó medio atemorizado, justo en el momento culmine de la operación. Sería su trato agresivo.
-Ah, los universitarios que embarcaron esta mañana, Ahí están, cómodos.
-Son hombres nuestros. Uno es oceanógrafo internacional. El otro un soldato. Así que debes partir ya.
-Buen trabajo de ese Mujica. Está bien, amigo Colombo. Entonces zarparemos.
-¡Yo no soy tu amigo y no me llames por mi nombre! No debes mencionar nunca ningún nombre. Esperamos tu reporte a la vuelta, Palomo. Ahí te daremos el dinero.
-Entendido, señor, entonces aquí está todo –dijo el aludido, con tono sumiso y evidenciando el papelito como un trofeo-, parándose para irse.
Mientras tanto, Esteban había seguido al capitán desde una cincuentena de metros. Y cuando lo vio introducirse a la casa veraniega trató de acercarse pero se arrepintió de inmediato al descubrir la vigilancia. Entonces retrocedió y trató de dar un rodeo para acercarse por la parte trasera de la mansión. Fue justo en el momento en que Colombo y Palomo cruzaban sus últimas frases, al cabo de las cuales los guardias dejaron sus posiciones haciendo ademán de ir a cubrir la salida. Esteban alcanzó a escuchar esas palabras postreras y observar por el visillo de una ventana a los tres hombres, Palomo, Colombo y Murat y, alrededor, a tres o cuatro esbirros armados, al menos uno de ellos con AK-47, más otro que estaba de punto fijo en la entrada, seguramente también armado con pistola automática bajo sus ropas. Ahí fue cuando sintió una fuerte presión que le torció dolorosamente el brazo izquierdo sobre la espalda mientras que un cuerpo pesado lo apretó contra la pared, sintiendo algo frío y metálico oprimiendo su sien derecha.
-¡Qué andai haciendo, desgracio! ¡Quién te mandó aquí! –le gritó al oído la voz gutural del hombre que lo presionaba.
Esteban trató de agarrarlo con la mano libre moviéndola hacia atrás, pero el hombre aumentó su presión tanto sobre el brazo izquierdo –lo que hizo al detective dar un gran quejido- como con el hierro sobre la cabeza.
-Tranquilo, cabro e’ mierda –le dijo el gorila- esta es una nueve milímetros y con ella te vuelo el mate. Quédate quieto –y procedió a palparlo, encontrando en su cintura la Walter PPK. Enseguida lo encañonó por la espalda y lo empujó puertas adentro.
-Mire, jefe, lo que encontré –gritó el matón, entusiasmado-, estaba sapeando en una ventana. Y mire lo que tenía –y arrojó la pistola de Esteban sobre la mesa.
Colombo se acercó y miró a Esteban de cerca, un buen rato, como calibrándolo.
-Quién eres, que deseas. Qué haces aquí.
-Yo… yo… sólo… estaba… admirando la mansión… estudio arquitectura y me impresionó su diseño –trató de engañar el detective.
-¡Mentira! –Explotó Colombo y le dirigió bruscamente al matón una mirada de enojo y taxativa que éste entendió a la perfección porque se adelantó y le dio al joven un tremendo bofetón con el dorso de la mano en que tenía empuñada la pistola-. ¡Y para eso andabas con una Walter PPK! Mira, cabro, vas a decirlo todo o no saldrás vivo de aquí – terminó Colombo, mientras Esteban volvía la cara al frente con un delgado hilillo de sangre que comenzaba a manar desde la comisura derecha de su boca. Dos de los esbirros lo tomaron y lo sentaron a la fuerza en una de las sillas. Uno de ellos, el que lo había golpeado, volvió a abofetearlo.
-Yo creo que es de la competencia –terció Murat con su parsimonia acostumbrada. Seguramente andan tras hacernos una mexicanada1. Terminemos rápido con esto. ¿Dónde irá Palomo?
-Yo creo que ya llegando al muelle, calculamos que saldrá en media hora más -le respondió uno de los narco soldados.
-Alcáncenlo y vayan a bordo. Le dicen que fondee a este tipo en alta mar. Estamos sobre la hora y yo tengo que irme. Vamos, Colombo.
-Sí, jefe, respondieron los hombres como en coro, y se dispusieron a salir. Colombo fue al Volvo con su chófer y su guardaespaldas, y subió a él acompañando a M en el asiento trasero. Cuatro hombres más salieron, abordando el otro auto, un Chevrolet oscuro. Era la guardia pretoriana del capo.
Esteban quedó solo con los dos sicarios que lo sujetaban. Los hombres discutían sobre la mejor manera de dispararle.
-No podemos dejar rastros de sangre –decían. Y decidieron que uno de ellos sujetara un cojín de algodón y lana por un lado de la cabeza de la víctima, mientras el otro le apuntaba por el lado contrario.
El detective sabía que tenía jugárselas todas. Sería quizás el último acto de su corta vida. Se notaba que el matón que lo aprehendió era chileno, por su hablar, pero también que era sólo un aficionado pues no lo había palpado completamente y Esteban sentía la Colt Cobra asegurada con una tira elástica en la parte interna de su canilla izquierda.
Justo en ese instante se sintió un ruido seco, como ahogado, y al unísono la ventana recibió un limpio y redondeado agujero de 7,62 milímetros de diámetro y el hombre que trataba de apuntar la pistola recibió un golpe descomunal en el hombro derecho que lo impelió hacia atrás, agitando el brazo y soltando lejos su arma. “Es April, pensó Esteban, con su Colt 45 reglamentaria… y con silenciador”. El segundo disparo rozó al pistolero, que trataba de rehacerse, en un costado de su cabeza, dejándolo desvanecido. El otro hombre, el matón, se agazapó asustado y acudió en cuatro patas a ver a su compañero al mismo tiempo que trataba de mirar a través de la ventana. Fue el momento justo que aprovechó Esteban para pararse de la silla donde lo tenían relegado, tomarla por su respaldo y dar con ella y con todas sus fuerzas un golpe al individuo, estrellándola entre su espalda y nuca. El tipo cayó hacia adelante y soltó mecánicamente su pistola al tratar de afirmarse, pero como era fortacho intentó volver a erguirse, y cuando ya estaba a su altura, Esteban se acordó de las peleas de Muhammad Alí, que tanto gustaba de ver en la televisión, y le dio, otra vez con máximo impulso, un recto (un jab, dirían los yanquis) justo en la boca. El tipo quedó de pie pero trastabillando y con los ojos desorbitados, lo que aprovechó el detective para darle un cross de derecha que impactó la zona del pómulo, seguido de un uppercut de izquierda en plena mandíbula.  El hombre volvió a caer hacia atrás pero aún  así trató de reincorporarse sobre sus rodillas, tanteando sus ropas seguramente en busca de un arma. Y ahora Esteban se acordó de cuando jugaba fútbol por el Chacarita Juniors en Antofagasta y lo ponían de defensa central porque siempre había sido más alto que el promedio de sus compañeros. Recordó en particular aquella vez en que, en un tiro libre de esquina en el campo contrario, subió a buscar un posible rebote, el cual le llegó a media altura, dándole él de primera con la pierna derecha, pero pifiando de forma tal que la pelota le quedó justo a medio botar para la zurda. Y le dio con ella y con toda el alma, clavando ese balón en el ángulo contrario del arco oponente. Ahora la pelota era la cabeza del maleante que quedaba justo a la altura de su parte media, a la medida de su zurda, y no pudo aguantar la idea de darle otra vez con toda el alma. El empeine izquierdo de Esteban impactó pleno en el rostro del matón quien cayó hacia atrás con la boca y la nariz sangrantes, vencido. El joven se agachó sobre él y sacó el Colt 38 de entre sus ropas en la canilla izquierda, procediendo a clavarle el corto cañón sobre la sien derecha presionando fuerte sobre la piel y el hueso:
-Ahora, quién es el que se va a morirse, desgraciao.  
-¡Alto, detective! No lo haga, guarde su arma –era April que entraba-. No te acrimines, Esteban –agregó con un tono más conciliador, no vale la pena.
-No… no lo haré. Pero ganas no me faltan. Hubieras visto como este bruto me maltrató. Y a mansalva. Tengo algo en la mandíbula y eso me obligará caer al hospital cuando esto pase.
-Pero ahora son nuestros –agregó ella, y le extendió su par de esposas-.
Asegurémoslos para llevarlos a la Tenencia –apuntó,
Esteban volteó al matón sobre su abdomen, le cruzó los brazos a la espalda y lo esposó. Al hombre herido a bala, quien sólo estaba inconsciente, lo amarraron con una cuerda cualquiera de la cocina. April salió a buscar su auto y entró con él reculando al patio trasero. Ambos sacaron al alimón a aquel sujeto herido a bala y lo pusieron en el portamaletas del auto. Al otro lo sacó Esteban llevándolo de un brazo y subió con él al asiento trasero del Chrysler, habiendo el detective recuperado también su pistola la cual se la había guardado el tipo. April manejó hasta la entrada del muelle donde Esteban pudo ir a su jeep, poniendo al prisionero en los asientos laterales de la parte trasera del vehículo y re asegurándolo con sus propias esposas a una barra. Guiaron ambos hacia la Tenencia de Carabineros en donde estacionaron. Bajaron a los cautivos, el herido por un tiro que rozó su cabeza volvía de a poco de su inconsciencia. Esteban le indicó a ella:
-Entrégalos tú. Yo debo a seguir a los capos que me llevan como media hora de delantera. Explícalo todo. Es un Volvo azul oscuro y deben tratar de detenerlo en la carretera. Ah, y trata de que den orden de captura de la goleta. Si no está en el puerto es porque ha partido directo al oeste. Mueve todos los hilos, que te den con las autoridades, acude a la CIA, pero esa goleta debe ser capturada -y le pasó la hoja arrancada de su libretita con los datos que había anotado horas atrás.
-Listen you be careful out there, all right ? –le contestó ella algo alarmada.
-Lo tendré pero debo ir –y la besó suavemente en la boca.
El detective abrió la puertecilla del jeep y ya subía cuando la joven alcanzó a gritarle:
-¡Hey! –Y le lanzó a los brazos la Carl Gustav y el cinturón con cargadores-.
Estaban en mi mochila –explicó-. Van también los cargadores de repuesto de la pistola.
Esteban acusó sorpresa pero luego se rehízo y arrojó el arma y los cargadores al asiento del copiloto. Luego le dedicó un beso de despedida con la mano, entró al vehículo, dio el arranque y partió.
Dos carabineros habían salido y ya se estaban haciendo cargo de los prisioneros, También estaba el partner gringo de April.
-Ahí les explicaré –les dijo ésta a los policías ante su mirada interrogante por el jeep que había partido.



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1 Quitada de drogas en el argot de los narcotraficantes


viernes, 17 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capitulo XIV




             Capítulo XIV: Tres veces


La goleta llegó en no más de media hora a Mejillones y fondeó al lado de la gran flota que estaba estacionada allí por ser día feriado, Navidad, con el mínimo de personal a bordo y haciendo labores menores. Su patrón, un pescador de apellido Palomo, hizo bajar la panga para ir a tierra. Antes de pisar la lancha, repitió la instrucción a su segundo:
-No baja nadie hasta nueva orden. Que los hombres traten de mantenerse ocultos. A ti te hago responsable.
-Sí patrón –le contestó el de la panga- y se llevó la mano extendida a la visera de su gorro, imitando el saludo militar.
Acto seguido, la panga singló el corto trecho de mar que había entre la goleta y el muelle y, haciendo un gran ruido, atracó en él, pudiendo saltar Palomo a su escalinata de acceso, subiendo por ella a la cubierta y encaminándose hacia tierra. No tenía vehículo así que se dirigió al pueblo a pie, llegando a una casa de veraneo, metros más allá del edificio del balneario municipal. La construcción, como en “Juan López”, tenía por fuera una superficie de baldosas protegida por un inmenso quitasol de vivo color. Allí estaban los hombres, cómodamente sentados y sorbiendo sus bebidas tropicalísimas. Sobre la mesita había también platillos con variados hors d’oeuvre.
-Hola, Palomo. Te estábamos esperando -le espetó a guisa de saludo Colombo- ¿Te apetece un trago?
-Puchas, con este calor yo tomaría sólo una cervecita –respondió el pescador.
-A ver, chico. Sírvele una cerveza al invitado, y bien helada –le indicó el uruguayo a quien en ese momento oficiaba de mozo pero que en realidad era un soldato más de la familia del capo. Este supuesto mozo trajo enseguida en una bandeja una Pilsener con un vaso en el cual procedió a servir más de la mitad del contenido de la botella.
-Y cómo te fue –le preguntó Colombo al capitán ofreciéndole un entremés de una de las bandejas. El capo M sólo miraba y callaba.
-Bien –contestó Palomo. Se hizo todo como se dijo. La “pesca” está en nuestra bodega, bien cuidada- y tomó lo que aparentaba ser un sandwichito migoso y de forma triangular, probando su mezcolanza de pescado, marisco, lechuga, morrón y mantequilla, todo emparedado, encontrándolo extraño pero muy rico al gusto.
-Aquí tienes unas ostras a la palmesana también, debieras probarlas –agregó Colombo.
-Las probaré –dijo el capitán-. Pero junto con venir aquí a dar cuenta del cumplimiento de mi misión, yo quiero saber cuál es la segunda parte del plan. A quien debo entregar esa carga.
-Tranquilo, señor –dijo Colombo-, mientras Murat sonreía por lo bajo-. Despacito por las piedras, como dicen ustedes, los chilenos. Sólo puedo adelantarte que deberás viajar hasta las doscientas millas marinas y tomar contacto con un carguero que viene desde el sur. Aquí, en este papelillo –y le mostró una hoja de libreta doblada en cuatro- están las coordenadas del rendez vous y la frecuencia y clave de contacto. Pero te lo entregaré a última hora.
-Y cuándo podrá ser eso. La gente se puede impacientar. No debo tenerla mucho tiempo encerrada a bordo estando en el puerto, y justo en Navidad. Además todo eso puede despertar sospechas.
-Take it easy my friend (pronunció, en muy buen chileno, tekirisi maifrien). Será cosa de un día más a lo sumo. El carguero ha demorado por el exceso de carga frutícola en San Antonio. Pero avisaron que ya le estaban dando el zarpe. Así que en unas horas más transmitiremos la orden para que partas directamente al oeste.
-Y cuándo podré ver el dinero. Eso serenará a mi gente.
-A la entrega total. Podrás venir aquí mismo y te daremos tu parte y la de tu gente, en efectivo y en moneda nacional. Ahora pasemos adentro a almorzar, los muchachos nos han preparado una buena receta mejillonina.
-No, muchas gracias –respondió el capitán- terminaré esta cerveza y me retiraré. Debo ir con mi gente y les llevaré también unas cervezas. Estaban ricos los sanguches y las ostras. Apetecería sí, como estribo, un vaso de vino blanco.
-Cómo no –dijo Colombo- y al darse vuelta vio que el soldato ya descorchaba una botella de un noble blanco.
Palomo probó una ostra más y enseguida se empinó el vaso de vino al seco:
-¡Ahhhh! -exclamó mostrando todos los dientes y dejando el vaso vacío en la mesa. Luego se paró, dio la mano a Colombo y a Murat, despidiéndose. De los soldatos se despidió sólo de señas. Y volvió por donde había venido. Empero, no dijo nada sobre el incidente en la playa del faro, sobre los intrusos merodeando la carga y la captura de su bote. Pensó que no era necesario, que a lo más serían pescadores artesanales que si no murieron habían huido atemorizados por los disparos. Pensó que si llegaba a contar todo eso quizás podría dar lugar al aborto de la operación. Y él quería ganar su dinero. Por eso calló.
Al quedar solos, el hombrón centroamericano refunfuñó:
-Maldito Romanski, mira cómo nos ha demorado. Yo ya debiera ir volando a Panamá.
-Seamos justos, señor Murat –acotó Colombo-, Ha sido culpa de la huelga de los portuarios. Este país está todo revuelto.
-Sí –contestó el oso caribeño-, está al borde de una revolución. Carajo.
-Pero ya está todo arreglado y  ya zarpan, recordar que ahí viene escondida la producción de polvo y pasta de Valparaíso.
-Y todavía tiene que pasar a Ilo, allí se subirá la nieve de Arica y del sur del Perú.
-Realmente este negocio dejará más de cien millones de dólares de ganancia bruta. Con dos operaciones más iguales que esta podríamos retirarnos, jefe.
-Tú si quieres –retrucó Murat-. Yo debo continuar. Tengo otros negocios. Y mucha competencia a la vista. Esta vida es dura, muy dura. Cuesta mantener el imperio.
Esteban no se permitió estar más de veinte minutos descansando sobre la arena de la playa de Punta Cuartel, aunque había cerrado los ojos de puro cansancio. Claro, la distancia que ambos habían recorrido nadando, y cargados, no fue menor a cuatro kilómetros, poco más de dos millas, lo que les tomó unas dos horas de esfuerzo, y con ese equipaje que los tiraba a desestabilizar. Por eso se sentían rendidos.
Con un nuevo aliento, el detective se reincorporó y tomó la mochila impermeable, abriéndola para buscar una botella de agua. Alcanzó la bebida de fantasía llamada “Papaya” y tomó de ella un largo sorbo, atragantándose. Al sonido y movimiento, April también abrió los ojos y Esteban le ofreció la botella la cual ella tomó sorbiendo tragos cortos. Luego buscaron algo qué comer, sándwiches y frutas, y más agua.
-Debemos continuar –dijo el detective-. No podemos permitir que la noche nos pille aquí -y echándose cada uno su respectiva carga sobre los hombros y espalda, empezaron a caminar, esta vez April calzando las chancletas de material sintético que había guardado y Esteban sus alpargatas.
Caminaron por la arena un buen trecho y luego subieron y tramontaron una loma alargada que los alejó un tanto del agua. Pasados unos doscientos metros, la loma se terminó y volvieron a estar cerca de la orilla del mar, tomando un sendero estrecho, marginado por los cantos redondeados, de cuarzo y granito, que componían la playa, y el talud del cerro que caía en declive suave dejando a la vista terrazas marinas y pliegues de la montaña, todo ello producto natural del trabajo tectónico de milenios. El senderito, de no más de un metro de ancho, era terroso y sembrado de pequeños guijarros, habiendo sido labrado por el caminar de miles de hombres a través de cientos de años. Por aquí y por allá se veían plumas de aves, restos desecados de peces y esqueletos de patos liles. Pronto llegaron a otra playa, otra vez de blanca arena, con restos de un muelle que databa de los trabajos de embarque de guano del siglo anterior. Allí se detuvieron unos minutos, sentándose a descansar e ingerir más bebida y frutas.
-No te había preguntado cuántos años tienes –le dijo él solamente por decir algo.
-Cuántos crees tú –le respondió ella.
- Veinticinco, veintiséis. A todo reventar, veintisiete.
- Twenty five –dijo April pronunciando tuerifaiv-. So what.
-No, nada. Sólo que cuando yo tenga 40 tú apenas tendrás 43. No es nada.
-Olvídate -le retrucó ella-. No estaremos juntos ni cuando tenga 43, 53 u 83. Nos separaremos apenas esta misión termine y no nos volveremos a ver.
-Sí -le dijo Esteban-. Además no ha pasado nada entre nosotros.
-Ni pasará. Vamos, sigamos caminando.
Retomaron la senda la cual se comenzó a estrechar aún más después de dejar la playita. La pared del cerro se fue haciendo más vertical y adquiriendo curiosas formas labradas por el aire marino y pintadas por las deposiciones de las aves. En un lugar había una inmensa piedra, de unas diez toneladas, casi a punto de caer sobre el camino y aplastar a quien pasase por ahí.
-La llaman la piedra de la muerte –explicó Esteban- y es un pedazo de la cresta del cerro que se soltó y rodó ladera abajo seguramente con el terremoto de 1877. Curiosamente no alcanzó a llegar al mar.
-Lástima no tener la máquina fotográfica –dijo April.
Llegaron a un pequeño cabo que permitía una minúscula playa arenosa que sin embargo se encontraba invadida por las aguas dado que ya reinaba la pleamar. No había manera de pasarla caminando pues la ola se retiraba dejando la playita seca pero volvía con más ímpetu a rellenar todo ese espacio, arremolinada y con fuerza. No quedaba más que meterse al agua otra vez y rodearla como hicieran en la punta Angamos. Así que se decidieron y entraron al agua pero calzando las chancletas para poder pisar sobre los bajos. Del otro lado ya se divisaba la población de Fertilizantes y tuvieron que caminar sólo unos doscientos metros más para llegar a la playa de la Rinconada que es el punto de inicio de los 42 kilómetros de la gran playa de Mejillones, una de las mejores de Chile. Sin embargo, el cruce de ese pequeño cabo, que los mejilloninos llaman “paso malo” les había dejado a la vista otra maravilla geológica pues el sendero que tuvieron que recorrer para llegar a la rinconada estaba marginado por un escarpe gigantesco que permanecía como dentellado  por las aguas del pleistoceno, cortando dichas fuerzas colosales el cerro de una rebanada como quien corta una tajada de torta, y dejando a la vista los cientos de capas o pliegues de esa roca caliza que constituía toda la estructura. O quizás esa conformación era producto del terremoto y tsunami de 1877. Váyase a saber. Lo cierto es que era hermosa.
No bien llegados a la playa de la rinconada siguieron caminando, sin detenerse por la arena húmeda, teniendo a su izquierda el inmenso y tranquilo mar y a su derecha una elevación no menor a veinte metros, de caolina tapada por arena, que le acompañó toda la caminata. Pasaron la población y el muelle de la Fertilizantes y el mamelón de la derecha trocó a caolina pura, siempre alta. Entonces se sacaron las chancletas y caminaron a pie desnudo por aquella arena mojada, suave y acariciadora. Por arriba pasó una bandada de guajaches en correcta formación mientras que las garumas y gaviotas aprovechaban la recogida de cada ola para ir a picotear a la arena comba y lisa, pardeada y plomeada, buscando pulguillas enterradas, parientes del camarón.
No menos de dos kilómetros caminaron de esta forma mientras el cansancio crecía y crecía. Hasta que se acercaron a los muelles del ferrocarril y llegaron por fin a la escalera que trepaba la caolina y conducía al bungalow. Subieron, entraron a la residencia, soltaron los bultos al suelo y se tiraron a la cama de Esteban, uno al lado del otro, de través, con las plantas de los pies apoyados en el suelo. Durmieron, quizás una hora o dos. Esteban despertó de súbito y vio que ya había oscurecido. Entonces se levantó sin despertarla a ella y se metió a la ducha, a lo de siempre, agua caliente y fría, sólo que en esta oportunidad estuvo más de lo acostumbrado. Quizás media hora. Sacándose la sal y la fatiga. De pronto, se abrió la cortina de la ducha, era April, todavía en traje de baño.
-No puedo esperar más –dijo- necesito sacarme esta sal y sequedad, necesito esa ducha. Y acto seguido se despojó del traje hasta el suelo y entró a la bañera. Esteban estaba demasiado cansado y sorprendido para decir algo pero sintió el despertar de su sexo. Se bañaron unos quince minutos más, ella sacándose la sal y jabonándose someramente la piel y la cabellera. Luego retozaron un poco bajo el chorro de agua y sucedió lo esperado: él la tomó por la cintura y la besó, en la boca, el cuello, los hombros, los senos, acariciándole la espalda, las caderas, el derrière. Cortaron el agua, salieron del cuarto de baño, ni siquiera hicieron intento de secarse, y sin alcanzar a llegar al dormitorio, tirados en la alfombra del living, hicieron el amor tres veces. La primera, con ímpetu y medio desesperados; la segunda más tranquilos. A la tercera ella quiso dominar la situación y subió encima de él.
-Hoy fuiste un héroe –le dijo.
-Sí, pero sólo tengo 22 años. Me falta mucho aún.
-Hoy has sido mi héroe, incluso ahora. Lo has hecho todo bien.
-Y tú eres la mujer más bella que he visto en mi vida.

jueves, 16 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos; 1972. Capítulo XIII

                                                                       

               Capítulo XIII: La gran aventura


          Benavides había navegado a media máquina y sin apuro, con los dos faluchos separados por una media milla de distancia, según indicaciones. Cuando calculó estar a la cuadra de la caleta La Herradura, desvió levemente el rumbo al NNE. Los destellos del Faro constituían una muy buena indicación. Frente a Punta Baja se acercaron más a la costa, y al llegar a la punta donde estaba instalando el faro, maniobraron al sur este. Sólo entonces prendieron los focos e iluminaron la pequeña ensenada, tratando de ubicar los bajos y roqueríos.
          En la orilla, Esteban y April se lanzaron cuerpo a tierra tratando de esquivar el haz de luz que recorrió la playita en todas sus direcciones. Pero luego los dos focos se dirigieron solamente a las aguas y ahí Esteban alcanzó a divisar fugazmente a un motor albacorero, de esos que tienen una pronunciación en la proa, con barandas de fierro y destinada al arponero. El otro debía ser de los mismos. Luego ambos jóvenes sólo escucharon gritos que daban indicaciones y órdenes, ruidos diversos, principalmente de cadenas, y de bultos que caían al agua. Todo no duró más de diez minutos al cabo de los cuales los motores aplicaron la reversa, orzaron a babor y se dirigieron hacia alta mar, apagadas las luces, aunque el amanecer ya se presentía.
          Esteban y April quedaron desolados en la playa, sin saber qué hacer. No atinaban a entender qué había pasado en realidad y no arribarían a ninguna conclusión hasta que no aclarase definitivamente y pudiesen dimensionar todo el panorama. Entre tanto, no se atrevían a encender sus lámparas y linternas (ella tenía una muy poderosa) por temor a señalar su posición pues daban por sentado que había alguien más. El sol fue saliendo segundo a segundo, con rayos débiles que provenían inclinados desde el oriente, contribuyendo a disipar las brumas. Necesitaban calentarse, por eso April se atrevió a encender la estufilla y preparar café para dos, con nuevos sándwiches de Zlatar, que les sentó muy bien a ambos. Sin embargo, Esteban se veía preocupado. Con el jarro de café en una mano y el sándwich en la otra, se paseaba por todo el largo de la playa, mirando arriba y abajo, hacia el mar y hacia la lejanía. Sabía que alguien más tenía que venir, que lo que había ocurrido durante la noche debía ser solamente una primera parte de una gran operación. Y ya cuando la claridad fue total pudieron salir de sus dudas observando lo que habían dejado aquellos ruidosos hombres durante la madrugada en el mar. Eran flotadores, boyas, unas diez de ellas, alineadas y de color naranjo. April las examinó durante unos largos minutos con sus poderosos binoculares.
         -Esas son las drogas –dijo, señalando en su dirección.
      -Yo creo lo mismo -respondió él- Están fondeadas a media agua. Buen plan tenían estos bandidos-. Debemos ir a verlas y tratar de sacarlas.
         -Sí –dijo la norteamericana, decidida.
          -Pero debe ser rápido pues en cualquier momento llegan a buscarlas. Vamos, echemos el bote al agua.
            Entre los dos, aunque Esteban primero, volvieron a forcejear con el bote hasta tenerlo en las olas. El detective se sentó en la bancada del medio y volvió a deslizar los remos al agua manejándolos para que la embarcación girase y de ahí, a todo impulso, dirigirla mar adentro hasta más o menos los cien metros de distancia. Llegados a las boyas, se irguieron para apreciar que de cada una de ellas salía una cuerda filástica café amarilla, descendiendo refractadas en las aguas verdosas hasta la profundidad oscura. Mientras April maniobraba los remos, Esteban se inclinó a tomar una de ellas.
         -Esto está muy pesado –dijo, tirando-, deben ser unos cien kilos, más la resistencia del agua. De allí los sonidos de cadena de anoche, ellos usaron un tecle.
         -Bueno, habrá que llamar para que vengan de Mejillones –acotó ella.
        -Pero primero me gustaría bajar a ver de qué se trata. Para estar seguros y en lo posible obtener una muestra.
          -Sería bueno -dijo ella-. Yo te ayudo.
       -Lo malo es que no trajimos equipos. Y ya es tarde para volver a buscarlos. Debemos actuar enseguida. Los malos llegan en cualquier momento –y se dio en sacarse toda la ropa hasta quedar en calzoncillos, oscuros, de nylon y ceñidos al cuerpo. Ella, aunque no demostró ninguna emoción, lo observó: el vientre plano, las piernas de futbolista, los hombros y el pecho marcados. El detective se echó al agua, cara al bote, quedando con las palmas asido a la borda. Notó lo frío del agua, y no podía ser de otra manera porque, aunque transcurrida parte de la mañana, el mar todavía conservaba el fresco de la noche. Recordó las palabras de su profesora de Historia y Geografía en el Liceo: “Las aguas se calientan y enfrían más lentamente que la tierra”. Ahora lo estaba experimentando en carne propia. Y abajo debía estar más fría aún. Pero la adrenalina que corría por su cuerpo lo ayudó a soportar. Era como si tuviese doble piel, la de afuera protegiendo la de adentro. Así que se sumergió, se tomó de la cuerda y por ella se guió hacia abajo, sintiendo que los oídos le zumbaban. Emergió en un minuto, era demasiada la profundidad. Lo intentó dos veces más. A la tercera, logró levantar una cincuentena de centímetros un bulto contenido en una red, pero no pudo más. Emergió acezando y tomándose de la borda.
         -No puedo solo, necesito ayuda –le gritó a ella que observaba todo lo que hacía mientras bogaba para mantener el bote en su sitio.
       E incontinenti, ella se irguió, extrajo los remos del agua, acomodándolos sobre las bancadas y procedió a sacarse también toda la ropa, quedando en sus prendas más íntimas. Aunque cansado, apoyado con los antebrazos en la borda, Esteban la observó de pe a pa, y con ganas: piernas largas y bien moldeadas, cintura estrecha, abdomen liso y pechos no grandes pero bien formados. Su calzón, color salmón y que le llegaba a la  cintura, delineaba muy bien sus glúteos levantados y hacía juego con el brasier del mismo color. Pero ella no bajó lenta y pausadamente al agua como él, sino que se paró equilibrándose en la borda y dio un ágil salto, combándose de espaldas en el aire, para caer como un nadador olímpico y asomar casi de inmediato y dar tres o cuatro brazadas enérgicas, de ida y vuelta, a modo de calentamiento. Sólo entonces se acercó a Esteban que ya estaba en la cuerda de la cual ella también se asió, diciéndole:
         -¿Listo? A la cuenta de tres. Uno…
         Se sumergieron uno al lado del otro guiándose por la filástica. A los treinta segundos, Esteban le indicó por señas que debían detenerse y jalar. Con la fuerza de ambos apareció la red desde el fondo. Haciendo el último esfuerzo, jalaron un poco más y Esteban se estiró a tocar el borde de la malla, logrando meter la mano izquierda dentro de ella y palpar un paquete que contenía algo cuadrado como un ladrillo. Se les acabó el aire de sus pulmones así que tuvieron que subir precipitadamente. Emergieron las cabezas casi muriéndose y aspiraron el vital elemento a grandes bocanadas. Dos, tres, cuatro veces. Ya recompuestos, él le gritó, alborozado:
       -Lo hicimos, es la droga, es la droga –y le dio un fuerte y largo beso en la boca al cual ella no se resistió. Los dos estaban gusto a sal y a humedad.
    -Ahora sí -dijo al cabo Esteban, manteniéndose ambos cara a cara y a flote-, debemos ir al campamento a buscar todos los equipos y bucear en forma. Necesitamos una evidencia.
       -Pero yo creo que deberíamos avisar por radio primero –retrucó ella-, reportarnos.
      Y fue justo en ese momento en que se escuchó un estruendo enorme, repetido en sucesión de cinco o seis veces, amplificado por los ecos permitidos por los farellones que constituían el borde mar de la península. Miraron hacia el lugar de donde provenían los ruidos, unos ochocientos metros mar adentro: era una nave de mediana envergadura, una goleta pesquera, que se dirigía a toda máquina al lugar, desplazando ostentosamente las aguas y creando mucha espuma. De su cubierta brotó una nubecilla blanca, y en fracción de segundos repiquetearon las balas alrededor de ellos; el sonido, tableteado, vino después. Era una ametralladora pesada, posiblemente una M60 o una Rheinmetall, disparada desde la amura de la embarcación, seguramente montada en un trípode. Brotó una nueva nubecilla, esta vez la ráfaga le dio al bote que saltó un poco.
         -¡Huyamos! –gritó April-, en diagonal, hacia la punta del faro, allí podemos escondernos.
          -Sí, pero verán nuestro campamento y nos buscarán.
          -No, porque cuando tú te dirigías al bote yo desarmé el campamento y lo oculté lo más que pude.
           En eso vino la tercera descarga. El bote volvió a ser alcanzado.
        -Vamos –exclamó Esteban- pero tratemos de no chapotear. Brazos y manos siempre bajo el agua. Sólo las cabezas fuera. Y comenzó a nadar según su estilo favorito, un pecho muy peculiar, a su medida. A su lado, y un poco atrás, April practicaba el pecho clásico. Avanzaban notoriamente. Con solo media cabeza afuera.
            Por su lado, la goleta había detenido su marcha a unos 80 metros del bote y maniobraba para bajar la panga. Una vez ésta en el agua, con tres hombres a bordo, dio toda marcha hacia el “Titanic”, haciendo un gran ruido de motor en aceleración, y procediendo luego a trazar un círculo alrededor del pequeño bote para luego abordarlo y que uno de los hombres lo asegurase con un lazo desde la proa y ser remolcado a la goleta donde quedó pendiendo de la cuerda de un botalón.
             Todo esto dio tiempo a los jóvenes para ganar la playa donde salieron arrastrándose y marchar agachados a esconderse tras unas rocas. De ahí observaron todo lo que sucedió. Entre la panga y la goleta extendieron la inmensa red de pesca envolviendo la reducida área en que se encontraban las boyas. Y luego procedieron como en una jornada de pesca común y corriente: la red fue cogida por la grúa ubicada en el pico del palo mayor de la goleta, asegurándola por ambos extremos, y la comenzó a jalar a bordo, como la captura de un gran cardumen de peces. Una vez arriba la carga, el botalón circuló para ubicarse sobre la bodega abierta de par en par y allí la bajó con suavidad hasta depositarla en el fondo. La panga arrancó nuevamente hacia la orilla y, a unos 50 metros de ella, la empezó a recorrer en toda su extensión, como buscando algo, al tiempo que uno de los hombres, el cual llevaba la M60 en sus brazos, comenzó a disparar el arma cuesta arriba y a todo lo largo, en una continua e interminable ráfaga, cuyo sonido era amplificado por los ecos. Doblaron la punta del faro y siguieron haciendo lo mismo unos cien metros más allá. Era como si estuvieran costureando la pared de roca orgánica. Terminado aquello, y aparentemente satisfechos, hicieron rumbo a la goleta ubicándose a popa de la nave para permitir que la panga fuese izada a su ubicación de costumbre. Con un gran sonido, la goleta aceleró sus motores y dio avante, perdiéndose de la vista de los jóvenes. Éstos salieron de su escondite y, sin dejar de mirar para todos lados, se dirigieron a pie descalzo a lo que quedaba de campamento. La verdad, lo que había era un desastre. Muchos elementos estaban agujereados e inservibles. El walkie había sufrido gran daño, la máquina fotográfica ya no servía.
            -No creo que estos granujas se hayan convencido de que nos eliminaron. Creo que volverán y será por tierra. Debemos irnos ya –opinó Esteban, terminante.
        -Pero será difícil escalar esos morros así como estamos. Perdimos las zapatillas y  los pantalones en el bote –acotó ella.
             -No nos queda más que nadar. Rodear la punta Angamos y llegar a la playa que está al otro lado. De ahí sale un sendero a Mejillones.
     -Sí, no nos queda otra –contestó ella, midiendo mentalmente las distancias-. Entonces, manos a la obra. Todavía nos queda mucho sol (era cerca del medio día).
             Dieronse en seguida a recuperar algunas de sus cosas. April tenía una mochila impermeable y en ella echaron las armas, las municiones, los binoculares, la brújula y algo de comida y bebida. Ella también se ciñó un cinturón tipo banano de muchos compartimentos en donde alojó otras cosas más y calzó un gran cuchillo Kabar, de la infantería de marina norteamericana, en su respectiva funda. Viéndola, Esteban también se ciñó su cinturón con el corvo del ejército chileno. April por último tomó un bolso tubular que traía, también impermeable, en donde acomodó algo de ropa liviana para ambos, incluyendo unas chalas de material sintético y con talón y amarre, especiales para playas pedregosas. Esteban recuperó un par de alpargatas, también con amarre.
         Se sacaron la ropa interior, húmeda y destrozada, que llevaban desde el comienzo, y procedieron a enterrarla en la arena, volviendo a ponerse sus trajes de baño. Esteban se echó a la espalda la mochila y ella se terció el bolso tubular al hombro y caminaron juntos al encuentro del agua, cada uno con su equipo de mar propio: gualetas, máscara de buceo y tubo snorkel (la norteamericana, muy precavida, sabiendo que se trataba de una aventura de mar, también se había procurado lo necesario). Se chantaron todo eso y se fueron adentrando en las olas, caminando de espaldas en primera instancia, hasta encontrar suficiente profundidad para quedar flotando, livianamente porque sus equipos les eran de gran ayuda, permitiéndoles impulsarse con vigor merced a los movimientos acompasados de las piernas y no permitiendo que el agua les entrase por la boca o nariz o le molestase la visión. Esteban sentía como si su máscara de buceo estuviera dividida en dos partes que a veces se confundían. En la superior divisaba el celeste del cielo y la luz solar, y en la inferior el color típico del agua de mar, entre celeste y verde claro. Abajo había un suelo arenoso que se iba alejando conforme se apartaban de la orilla y que estaba poblado de vida marina, estrellas de mar, locates, pececillos, de repente un lenguado. Cuando llegaron a la altura del roquerío, que los mejilloninos llaman “la isla”, vieron a los lobos marinos que les miraban con curiosidad. Ahí Esteban no pudo dejar de recordar lo leído la temporada anterior sobre que se había divisado una familia de orcas a la altura de Punta Angamos. Interesado en el tema, había investigado que el gran tiburón blanco a veces también merodea por la zona, pero que más común era el tiburón azul, o azulejo, que en Europa conocen como la tintorera, hostil al ser humano. La situación le trajo a la memoria también otras de las novelas de James Bond, al parecer la segunda de la serie, Vive y Deja Morir, parecía que se llamaba, ambientada en Jamaica y en que el personaje, para llegar a la isla mansión de su oculto adversario, debe bucear a través de cien metros de mar plagado de tiburones, y que todo iba bien hasta que una pierna del buceador se enreda con un pulpo, produciéndose un torbellino en las aguas que despierta las sensibilidades agresivas de aquellos seláceos de dientes afilados… Todo eso pasaba por su cabeza en esos momentos, mientras nadaba junto a April. Pero se obligó a no sentir temor. Estaba ya metido en la aventura y no había modo de echar pie atrás. Además tenía que transmitir la información que había logrado, la cual quemaba. Nada se ganaba si los individuos no eran apresados.             Tenía que continuar, y siguió impulsándose a golpes de gualetas, tratando de concientizar lo agradable de esas aguas y gozar de lo rico que eran y de lo bien que se estaba allí.
          Pronto llegaron al punto en que debían voltear a la derecha, hacia el norte, estando justo enfrente de la Punta, más bien a su sombra. Entonces voltearon quedando de espaldas en el agua y se detuvieron unos minutos a apreciar el panorama que presentaba a la vista el soberbio morro que tenían sobre sí. Era un espectáculo digno de un geólogo. El morro, con sus más de cien metros de altura y casi vertical sobre el mar, mostraba los diversos colores de sus rocas ígneas, metamórficas y sedimentarias, grises u oscuras en la base, más ocres y claras hacia arriba, con bandas amarillas entre medio, mientras que la cima se apreciaba blanquecina. Y todo el escarpe permanecía salpicado de puntos negros los cuales correspondían a aves marinas, cormoranes, piqueros, patos liles, y algunos jotes, como también blancas gaviotas, todos los cuales allí nidifican u otean desde lo alto sus presas. No hay playas al pie de esa mole porque el mar la golpea de continuo, no hay pasada por allí, sólo por el agua. Y mientras se la va rodeando se aprecian enormes cavernas cavadas por las olas milenarias. Esteban sabía de hombres ranas que se sumergían allí y cazaban enormes anguilas que allá llaman “mulatas”. Y consideraba un prodigio bucear en esas inmediaciones donde el mar golpea fuerte.
        Los jóvenes tomaron finalmente dirección al este, completando el rodeo y flanqueando la península para llegar a la cuadra de otro cabo, el llamado Punta Cuartel, y ahí sí que había una playa, larga, de casi un kilómetro de extensión, de blancas arenas y aguas turquesas. Salieron a tierra, se desprendieron de sus cargas y se extendieron de espaldas sobre la arena caliente. El sol estaba en su cénit.