martes, 14 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo XI




             Capítulo XI: A dos millas de la costa


Colombo y Benavides se juntaron a la hora convenida y este último manejó su camioneta hasta estacionarla cerca del mercado municipal de Antofagasta. Ambos hombres descendieron del vehículo y se fueron conversando sobre particularidades de la ciudad hasta ingresar al mercado, atiborrado de gente, para subir al segundo piso, a los reservados, en donde Benavides había gestionado un comedor privado para esa hora. La sala era medianamente espaciosa, lo suficiente para albergar dos mesas con sus correspondientes sillas. Había arreglos florales en una esquina, y cuadros con paisajes de la zona en las paredes. Benavides acostumbraba arrendar esa dependencia cuando tenía que hablar de negocios con algún cliente o proveedor. Entonces él invitaba, cómo ahora en que se esmeraba por aparecer muy solícito ante Colombo, siendo, por genética y crianza, un hombre muy parco en palabras y moderado en sus relaciones. De repente se abrió una puerta y apareció una dama vestida con delantal y cofia. Traía una bandeja con dos copas altas: pisco sour. “Entonces, señor Benavides, servimos lo que usted pidió”, dijo dirigiéndose al pescador. “Sí, le contestó éste, es un menú nortino con el que quiero agasajar a mi invitado. Estoy seguro que le gustará”. Colombo sonreía, halagado. Parecía sincero.
Al tercer sorbo del sour, Benavides se lanzó.
-Decíamos… de qué se trata el negocio que me ofrece.
Colombo apuró también su trago, dejó la copa parsimoniosamente sobre la mesa, chasqueó la lengua y en medio de un suspiro dijo:
-Falopa, casi quinientos kilos de ella.
-Suponía que se trataba de algo así. ¿Coca?
-Sí, llevamos un buen tiempo juntando esa cantidad. La idea es embarcarla por Mejillones, es más seguro ahí.
-Ah, y nosotros debemos llevarla a Mejillones.
-Sí, es menos riesgoso por mar. Pero tengo todo un plan. La movida tomará un par de días a contar desde que usted se decida.
Entraba otra vez la dama esta vez portando la bandeja con los platillos de entrada, jaibas cocidas y aderezadas con cebollas picadas muy finas, cilantros, pequeños cubitos de palta, aceite y algo de mayonesa.
-Para beber, lo que usted pidió –dijo- y abrió la botella delante de los hombres. Era un vino blanco marca “Casillero del Diablo”, de diez años. La señora sirvió un poco en el vaso de Benavides para que este lo probara.
-Está bien -dijo el pescador. Y la señora salió deseándoles buen apetito.
-Así, pues –dijo Colombo una vez que quedaron solos nuevamente-. Ustedes tienen que dirigirse por mar al balneario "Juan López", como al medio día, y esperar ahí. A partir de las 0 horas del día siguiente se le trasferirá la carga mediante un bote a remos. Ustedes siempre tienen que hacer como que andan pescando. Nada de teléfonos, nada de radio, todas las comunicaciones serán persona a persona y frente a frente.
-Y en qué parte de "Juan López".
-La última casa hacia el norte. Esa es nuestra. Está pintada de color amarillo pato, fácil de distinguir de lejos. Ustedes se acercan a doscientos metros de tierra a las seis de la tarde y esperan simulando que trabajan. Ahí los contactará un bote en el transcurso de la madrugada. Deben ir premunidos de mucho combustible, no vaya a ser cosa que les falte la gasolina en pleno proceso ¿Cuántos hombres cree que va a necesitar?
-Yo creo que todos los que tengo ahora que son seis. Es mejor así, que nadie quede afuera. Tres por falucho porque con dos embarcaciones bastará para esa cantidad de carga.
-¿Y usted está seguro de esos hombres?
-Sin ninguna duda. Irán donde yo les diga y no harán preguntas. Hay que asegurarles el pago, sí.
-Incluso podríamos subirles la participación a ellos –terminó Colombo- ¿Qué le parece el doble?
-Pero, excelente –exclamó Benavides con una amplia sonrisa, mostrando todos sus dientes-. Y salud-. Y ambos bebieron de sus copas, más que entusiasmados.
-Una última pregunta –dijo al final el pescador-, y en Mejillones ¿dónde entregamos la carga?
-Eh…. eso se lo diremos en el último momento...usted sabe… en este tipo de negocios la seguridad es lo primero… no es que desconfiemos… pero hay que ser precavido… ¿capta?
-Ni un problema –dijo Benavides-. Usted manda, nosotros sólo hacemos la parte que nos corresponde.
En eso entraba la dama con dos platos humeantes de caldo. Era un chupín de pejeperro 1, muy abundante y bueno.
-Parece que vamos a tener que repetirnos el vino, ¿cierto, amigo? Ya queda poco y estas jaibas dan una sed enorme.
-Claro, por supuesto –le respondió Colombo. Es mejor no sufrir por la sed después.
-Una botella más –dijo la señora, como puntualizando y clavando la mirada en Benavides- del mismo. -Y como este le guiñara un ojo, salió a buscar lo solicitado.
Los dos hombres atacaron con ganas el caldillo, acompañándolo con pedazos de la marraqueta que estaba en la panera. Y no volvieron a hablar hasta no acabar la rica preparación, entre trago y trago de vino blanco. Entonces la conversación tomó otros giros. Colombo se había entusiasmado con el trabajo que había visto durante esa semana y comenzó a pensar en serio que una vez que se retirara podría invertir parte de sus dineros en la mar.
El último plato fue un congrio a la plancha acompañado de arroz muy bien graneado y ensaladas de tomates con cebollas, a la chilena. Lo comieron más pausadamente y atacaron buena parte de la segunda botella de vino. No quisieron postre. Sí un bajativo, un fernet con cinzano, a las rocas.
Se despidieron cerca de las tres de la tarde, con todo el tejemaneje concebido, quedando en encontrarse al otro día, ya para ultimar detalles, especialmente día y hora.
Por el contrario, Esteban, quien se sentó a una de las mesas del Rancho Inglés a las doce y treinta en punto, sólo pudo probar lo que ofrecía la minuta semanal para ese día: jurel frito con puré de papas y ensalada de lechugas. De postre le tocó una delgada tajada de sandía, tras la cual pidió un té.
Estando entre sorbo y sorbo de la infusión, muy calmado, llamó a Pedro, uno de los jóvenes que atendían las mesas, cuyo nombre sabía porque escuchó a la jefa llamarlo así.
-Oye –le dijo- estuvo bueno el almuerzo. Tienen buena mano por aquí.
-Gracias -le contestó Pedro- a la noche tenemos lapa frita. ¿La ha probado?
-No –le contestó, aunque en realidad sí la había probado y ahí mismo en Mejillones, cuando niño-. Qué tal la playa -añadió sólo por decir algo.
-La playa de Mejillones es la mejor de Chile. Anda a la tarde, yo también voy a ir. Ahí, si quieres, nos juntamos con los amigos -lo tuteaba porque era un joven más o menos de su edad.
-Buena idea –le contestó-, ahí estaremos –y Pedro siguió atendiendo a sus deberes en el comedor.
Esteban terminó de almorzar y se dirigió al bungalow. Se lavó los dientes y se tiró en el sillón del living a reposar. Dormitó un poco, sintiendo los ruidos de la playa y la algarabía de la gente que gozaba de ella. Después de una media hora, se levantó, se puso uno de los trajes de baño, una camiseta de tirantes y calzó condoritas 2. Y enrollando una toalla para ponerla bajo el brazo descendió a la playa. Había bastante gente allí, todos jóvenes, hombres y mujeres, tirados o sentados sobre la arena, conversando entre sí. Algunos se bañaban, sobre todo los más niños. Otros, los más lolos, jugaban a la pelota un poco más allá. Se notaba un ambiente de diversión y relax. Soplaba una suave brisa desde el mar que encrespaba las pequeñas y continuas olas que llegaban mansas a la orilla y el ruido era continuo: la saca y la resaca, el graznido de las gaviotas, las exclamaciones de los chiquillos. Todo era jolgorio. Esteban extendió la toalla en la arena, haciendo caso omiso  de las sombrillas instaladas en el sector, se sacó las condoritas y se sentó adoptando la posición de entrelazar las rodillas con los brazos. La cadena de oro que colgaba de su cuello, regalo de su madre, cayó libre a la altura del pecho. Observaba embelesado el panorama. En eso, se le acercó Pedro que lo había visto apenas bajó.
-Viniste –le dijo- ¿Y?... ¿qué tal?
-Se ve bonito todo. ¿Cómo está el agua?
-Está buena pero se irá poniendo mejor en la medida que avance la tarde.
-Vamos, te invito a conocer a esas niñas que están allí. Te las presentaré.
-Bueno, vamos.
                   Se pararon y recorrieron unos metros hasta un grupo de cuatro niñas que descansaban en la en la arena, en traje de baño, todas de diecisiete, dieciocho años, quizás más, quizás menos.
-Hola, chiquillas, les dijo Pedro-. Este es Esteban. Es de Santiago y llegó anteanoche. Está alojado en el bungalow.
-Hola, qué tal -dijeron ellas casi al unísono-. Gusto de conocerte.
-El gusto es mío. Es bonito por acá, lindo lugar, gente muy simpática.
-¿Conocías? –le dijo una de ellas.
-No, primera vez –mintió descaradamente, pero con toda seguridad, pensó, esas niñas eran pequeñas cuando él vivió en Mejillones. Si hasta el mismo Pedro, de su edad, no llegó a reconocerlo. Eran las ventajas de trabajar de encubierto.
-Y cómo lo has pasado –le dijo otra.
-Bueno, estoy recién llegado. Intentando conocer.
-Esta noche hay baile. En la Segunda (se refería a la Segunda Compañía de Bomberos, la del Ferrocarril). Viene una orquesta electrónica de Antofagasta, “Los Grumpers”. Va a estar bueno. Quizás podrías ir.
-¿Y van ustedes?
-Seguramente -dijo la lola-, tenemos un grupo, algunas con pololo.
-Ah, ya veo.
-Pero vamos a bañarnos -dijo Pedro-. Probemos el agua.
-Vayan ustedes, dijo una tercera chica, nosotras iremos más rato.
Pedro se paró y se fue corriendo a lanzarse al mar en un piquero que ejecutó desde la misma orilla cayendo estirado y plano sobre el agua, sin llegar a tocar el fondo que no era de más de veinte centímetros. Nadó unas cuatro o cinco brazadas y se volvió a esperar a Esteban con el agua a la cintura. Éste, que se había quedado observando, se decidió a hacer lo mismo pues ese lance lo había aprendido y practicaba de niño. Corrió a grandes saltos y cuando llegó a las primeras aguas dio un rechazo como para ganar altura e hizo igual que Pedro zambulléndose de plano, como tabla y totalmente estirado, en la próxima ola que venía. De ahí mismo dio las brazadas y se juntó a Pedro. Enjugó el agua del rostro, se miraron ambos jóvenes y echaron a nadar mar adentro en un crol perfecto. Nadaron unos cincuenta metros y ahí se detuvieron a descansar, luego se sumergieron a bucear tratando de alcanzar el fondo, cosa difícil de lograr pues había unos tres metros de profundidad. Lo intentaron dos y más veces, hasta que se cansaron y luego emergieron definitivamente, acezando. Era una delicia estar ahí, el agua templada y salpicándoles los rostros, los brazos moviéndose constantemente por abajo para mantener los cuerpos en sus sitios, la boca expulsando de sopetón la espuma que pugnaba por entrar a cada embate.
-¿Y, qué tal las chicas? ¿Te gustaron? –le preguntó Pedro, moviendo por debajo pies y manos.
-Muy lindas, simpáticas. Pero muy lolas para mí.
-No creas, a ver cuántos años tienes tú.
-22 para 23.
-Bueno, una de ellas está en los veinte, las otras un poco menos. Una sola es de dieciséis.
-Ah, ¿y por qué no les haces empeño tú, ah?
-No, somos amigos de niños. A mí me gusta una gringa de los chalet. Pero es difícil entrar ahí. Casi imposible. Pero yo sé que ella sí quiere. Cruzamos nuestras miradas cuando nos encontramos. Hay un lenguaje especial en esas ojeadas. Miradas de entendimiento secreto.
-Bueno, vamos a la orilla antes de que nos dé frío –dijo Esteban. 
Y salieron esta vez nadando estilo mariposa, ostentosamente.
Ya en la en la arena, empapados, Pedro sacó una cajetilla de cigarrillos Hilton”.
-¿Cigarrito? –dijo, ofreciéndole uno.
-Con tal que no sea mariguana –contestó Esteban como en una broma. La verdad lo había dicho a propósito, una forma de trabajar de encubierto, haciendo hablar a la gente, sonsacando información.
-¡Se te ocurre! -dijo el otro. Eso no se conoce por aquí. Dicen que los hippies la fuman pero no hay hippies acá.
-Es broma, tonto –y aceptó el cigarrillo pese a que no era gran fumador- No, lo que pasa es que yo estudio Sociología en la Universidad Católica en Santiago y estamos haciendo un estudio acerca de los jóvenes que consumen drogas, comparando el comportamiento de los individuos de las distintas ciudades mayores. A mí y dos compañeros más nos tocó Antofagasta –mintió descaradamente-. Y de ahí quise venir a Mejillones para conocer y descansar unos días. Tengo amigos que cuyos padres son gringos del FCAB, por ese conducto conseguí el bungalow, pero estaré sólo unos días.
-Mira qué chori 3 -contestó Pedro. Bueno, de droga yo no sé nada ni sé de alguien que la consuma acá.
-¿No has visto la cocaína? Se produce aquí en el Norte.
-Ni en películas. Sólo he escuchado hablar de ella. Es una droga, un vicio, es malo acercarse a las drogas.
-¿No conoces a alguien que trafica?
-Menos. Pero sí se ha hablado de cierto transportista.
-Ah, y dónde vive. Enséñame.
-No, es un gallo que llegó de afuera y ya no vive aquí. Hace mucho tiempo. Pero se decía que compró sus máquinas traficando papelillos.
-Y no dejó algún socio, un encargado.
-No, jamás se volvió a hablar de eso. Por lo menos, yo no lo he escuchado…Pero… al…final… son cosas que dice la gente por decir no más, habladurías, pelambre, los picados que nunca faltan. Pura envidia, qué más va a ser.
-Ojalá sea así -agregó Esteban-. Bueno, vamos a bañarnos otra vez. La última.
Y corrieron como la primera vez al agua, lanzándose a nadar mar adentro, 70, 80 metros, hasta donde les dio la resistencia física. Una vez detenidos, nadaron paralelos a la orilla, para acá y para allá, luciéndose ante las chiquillas que les observaban desde afuera. Fue una buena bañada esa y cuando volvieron lo hicieron en estilo pecho para lo cual Esteban tenía un estilo propio de él: dejaba sumergir el cuerpo en forma plana, con los brazos estirados adelante y las piernas extendidas atrás, y luego, con el rostro entero debajo del agua, rotaba con todas sus fuerzas los brazos con las manos en forma prona y por fuera hasta las caderas, al mismo tiempo que recogía las piernas y las estiraba a todo dar en tijeras. Sentía el impulso a cada envión, como un torpedo, y también podía notar cuánto avanzaba. Aspiraba aire con toda la boca, y se hundía viendo el cielo y el sol desaparecer no del todo y el agua celeste y blanca a la altura de su cuerpo, celeste y verde por debajo. Y avanzaba cual un misil. Salieron a la orilla. Esteban se secó con su toalla, se despidió de Pedro y subió al bungalow. Una vez allí se duchó con traje de baño y todo para sacarse la sal del mar y se lavó el cabello con una caluga de champú “Kent” cuya espuma le sirvió para el resto del cuerpo. Luego, se embadurnó el torso, el cuello y la cara con crema “Hinds” y salió del baño a vestirse. Por último desempaquetó un sándwich de pescado que le habían regalado en el Rancho Inglés, llenó una taza de té de su termo y se sentó en el living a comer, viendo la televisión. Una vez terminado, se lavó de nuevo los dientes, usando pasta dentífrica “Forhan”, muy picante, más que nada para sacarse el olor a pescado, y salió en su vehículo, viajando directo al pueblo, a la compañía de teléfonos, para comunicarse con el subprefecto Hernán López, su superior directo.
-Buenas tardes, jefe, Grandón reportándose nuevamente desde el Norte.
            -   Ah, Grandecito. Y cómo va la cosa.
-Hasta ahora todo bien, en Mejillones que no tiene rastro alguno de consumo de drogas, menos aún de tráfico. Mañana o pasado me instalo de punto fijo en la playa. Estoy esperando a mi partner norteamericano para que lo hagamos en conjunto.
-Ellos también están listos, sólo esperando tu comunicación.
-¿Ellos? ¿No es uno solo?
-No te lo había dicho, pero consideraron tan importante tu pista que el de Antofagasta va también a Mejillones. Un solo entrará en contacto contigo. El otro servirá de apoyo.
-Ojalá que les entienda su idioma o su castellano chamullado.
-Pierde cuidado, lo entenderás. Y cómo podrá encontrarte.
-Mire, jefe, aquí, en el Ferrocarril, hay un local, la 2ª Compañía de Bomberos que tiene un salón de eventos. Allí se va a realizar esta noche un baile a beneficio de un club deportivo. Yo voy a estar ahí, sentado en la barra con una botella de Dry Gin. La persona tiene que ubicarme y decir: “Disculpe pero no creo que ese licor extranjero sea mejor que el buen pisco chileno”. Y yo le contestaré: “Sí, pero de repente es bueno variar, si me acepta le sirvo un poco”. A lo que él debe contestar: “Lo siento, compraré un pisco y si usted quiere podemos comparar”.
-Está bien, Grandoncito, lo comunicaré. Y que salga todo bien.
-QSL, jefe.
Después de eso Grandón volvió a su lugar de alojamiento y se preparó para ir a cenar. Eran las lapas fritas que había anunciado Pedro, con arrocito. Las comió con deleite y tomó un té.
Acudió nuevamente al bungalow y se preparó para salir ir al baile lavándose nuevamente los dientes con “Forhan”, echándose unas gotas de “Tabaco”, de “Mónix”, y poniéndose un jersey liviano color blanco con rayas azules en la pretina y alrededor del cuello. Salió a pie, pensó que en esta oportunidad era mejor no llevar vehículo. Llegó a la calle de la barrera, la recorrió entera y en la esquina misma encontró el cuartel bomberil. Se escuchaba música que provenía desde su interior y afuera había varios lolos, fumando, conversando y echando tallas. Él ingresó de inmediato pagando su entrada. El local era bonito y espacioso, pintado verde claro y con mesas y sillas a todo lo largo y adosadas a las paredes. Tenía un gran proscenio al fondo y ahí se ubicaba la orquesta electrónica, seguramente “Los Grumpers”, un cantante, dos guitarras, un bajo y una batería, todos jóvenes, e interpretando sólo música romántica, tipo boleros, de “Los Ángeles Negros”, “Los Galos”, “Los Golpes”. Algunas parejas bailaban enlazadas esos blues. Se notaba que lo mejor todavía no empezaba. El problema es que no había bar sino una cantina ubicada adentro, en el lugar de diario encuentro y esparcimiento de los bomberos y de sus invitados. Así que llamó a uno de los chicos que servían y le pasó un billete pidiéndole por favor que le instalase en el salón de baile una mesa traída desde la cantina con dos sillas. Hecho esto procedió a pedir la ginebra con dos vasos con hielo.
La orquesta comenzó a tocar “Te Quiero”, de “Los Ángeles Azules”. Y lo hacía muy bien. Era como para entusiasmarse. Más parejas salían a bailar y ya comenzaban a hablarse al oído.
Justo en ese momento llegó Pedro. Había cruzado todo el salón a buscarlo:
-Qué haces solo acá –le dijo- vamos a la mesa, están las chiquillas.
-Es que estoy esperando a un amigo –le explicó Esteban que lo había visto venir-, después vamos juntos para allá. ¿Quieres tomar un trago?
-Ya pues, si mi invitas –le contestó Pedro- no creo que un poco me cure.
-No, qué va –retrucó Esteban y procedió a llenar ambas copas.
-Hum… está bueno este Gin con Gin, nosotros tenemos pisco con bebidas blancas y negras, a gusto –y siguieron conversando mientras degustaban sus tragos. Al rato, Pedro se excusó diciendo que tenía que irse porque no podía dejar a sus amigos y amigas solos.
-Te esperamos –le dijo- Ahí nos vemos.
La gente siguió entrando a goteras y se iba ubicando en las mesas. La orquesta que continuaba con la interpretación de música de guitarra electrónica comenzó a tocar otro tema que Esteban reconoció. Era Santana con “Samba pa ti”, una música que el joven detective calificaba en su fuero interno para las cinco de la mañana y ya con muchos tragos en el cuerpo. Pero era demasiado temprano y aquello recién estaba empezando. Le llamó la atención una mujer joven que entró sola. Vestía bluyines con una bonita chaqueta corta de mezclilla, blusa clara de vuelos y calzaba tacones. Era una mujer que no podía dejar de llamar la atención por su pelo rubio, además era bella y muy atractiva, de buen físico. Se quedó parada cerca de la entrada observando durante varios minutos todo el ambiente. Al final, dio un par de pasos hacia el centro del salón e hizo el intento de dirigirse a la cantina, pero se detuvo al lado de la mesa de Esteban que estaba ahí al lado. Lo miró y le dijo muy seria:
-Siendo chileno, no deberías tomar ese trago que es extranjero, teniendo al pisco que es mejor y es de aquí.
-Si quieres lo pruebas, no está mal. Hay que variar un poco.
-Compraré pisco mejor y ahí, si quieres, podemos combinar. 
 Esteban estaba sorprendido:
-Pero… ¿Eres tú?
-Sí, por qué te sorprendes tanto -su español tenía un acento neutro, como de locutora de La Voz de América.
-¿BNDD?
-No, CIA (pronunció ci ai ei) y mostró una placa por lo bajo.
-Es que yo esperaba un varón. Es lo más lógico ¿no?
-Para ustedes, no así para nosotros, Aunque sí hay un varón y quedó de apoyo en Carabineros. En el auto tengo un walkie talkie con el que puedo comunicarme con él. A mí me mandaron a trabajar contigo. Y cuéntame, qué tienes hasta ahora.
-Pero, toma asiento –le dijo Esteban, todavía sorprendido- te sirvo un trago, aunque es sólo ginebra y tú querías pisco. Si quieres pido un pisco.
-No, está bien, lo del pisco era según la fórmula para trabar contacto. El gin está bien, aunque mantengo que el pisco es muy buena bebida.
Esteban pidió un nuevo vaso con hielo y, llegado éste, sirvió:
-Tenemos mucho de qué hablar. Pero aquí no. ¿Dónde estás alojando?
-En ninguna parte, se supone que debo alojar donde mismo tú. Me dicen que tienes un campamento. Somos un equipo ¿no?
-Ah, sí -contestó Esteban azorado y en ese momento recordó las palabras de su jefe al teléfono: es una sorpresa… entenderás lo que hable… que te vaya bien. ¡Viejo pícaro!
La orquesta rompió con los sones de “Sonambulismo” de “The Shadows”.
-Te invito a bailar -le dijo él a ella- es temprano para irse y además debemos guardar las formas. La gente nos mira.
Y salieron a la pista a entrelazarse al compás de la bonita música.
-Estamos trabajando juntos y ni siquiera sé cómo te llamas –le espetó Esteban.
-April -contestó ella, pronunciando eiprol-, April Sullivan (pronunció solivan). En cambio yo sé todo de ti. Cómo te llamas y de dónde eres.
-Y tú de dónde eres. ¿California, Los Ángeles?
-New York (lo pronunció así en Inglés, niuyork).
Tenía un perfume extraño, fuerte y embriagador. Esteban no pudo reconocerlo. Sería comprado en la Quinta Avenida, pensó. Su cuerpo estaba tibio y además era de complexión fuerte y su rostro muy hermoso, de ojos grises y perfil mediterráneo. La apretó un poco y, ella se dejó llevar. En eso la música cambió. El cantante tomó el micrófono y empezó con unos gritos alocados cuyo tenor Esteban conocía. Y el cantante entonó, frenético, acompañado de agitada música ritmo pop latino:

“De boliche, en boliche, me gusta la noche me gusta el bochinche, Soy feliz como vivo, mi chica es un tiro y me gusta bailar…
Qué suerte que tengo, nena. Te tengo a ti. Qué suerte que tengo nena porque eres así, dulce…
Nena baila conmigo, seamos testigos de nuestro amanecer

La música bullía en su máximo, el ritmo era contagioso, los jóvenes agentes bailaban concentrados, estirando manos y pies acompasadamente hacia adelante, según la moda imperante, la sonrisa en los labios, los ojos en estado de disfrute, los cuerpos ondulantes. Todos en el salón bailaban, nadie se quedó sentado, arrobados, con entusiasmo, con ganas, con gozo.
Terminó el tema y la mayoría de las parejas se abrazó. Pero la orquesta comenzó de nuevo, de los mismos autores “Los Náufragos”, casi sin descanso, a ejecutar:

Me gustas mucho y lucho por ganarte, me gustas tanto que sufro al mirarte Me quieres poco, o mucho o tal vez nada, se va la noche y esto no se aclara
A qué estamos jugando, yo no lo sé, damos vueltas y vueltas, ya se acaba la fiesta y ni tu mano  tomé.

            La música llegó al paroxismo, guitarras, batería y bajo sonaban a todo dar pero armoniosamente, el cantante se esmeraba por soliviantar los ánimos, con tan bellas canciones de gran ritmo y muchos gritos, todos estaban contentos, efervescentes, en éxtasis.
       Pero de repente la música amainó el ritmo, el baterista hizo un redoble y el cantante comenzó a entonar “Ve con él”, de “Los Beatles”:

Anna, you come and ask me, girl. / To set you free, girl. / You say he loves you more than me. So  I will set you free. / Go with him.


Las parejas volvieron a abrazarse, juntar sus cabezas y bailar acompasadamente, entrelazados. No faltaron las caricias y los casi besos. Esteban le dijo a ella que debían ir afuera a respirar un poco. Salieron.
En la calle, en plena noche, reinaba un ambiente fresco. Esteban le dijo:
-¿Sabes?, no logro explicarme cómo, siendo gringa por donde te miren, hables el castellano tan bien.
-Fácil –contestó ella-. Mi madre, mexicana, reina de belleza, candidata a Miss Universe (pronunció mes yunivers). Ahí conoció a mi padre que era el productor televisivo de la edición. Estuvieron casados un tiempo. Ahora están separados. Tengo medio hermanos por parte de ella y por parte de él. Y he vivido tanto en México como Estados Unidos.
-Por eso eres tan linda –y estiró la mano para acariciarle la mejilla.
-Stop there, guy –lo paró ella en seco, alcanzándole la mano-, lo primero que enseñan en la academia es que las duplas no deben entremezclarse en lo sentimental. Además tenemos trabajo que hacer.
-Ah, sí, claro. Tenemos que establecer un campamento de observación en la playa. Lo tengo todo preparado, descuida. Sólo estaba esperando que llegara mi compañero, que en este caso resultó compañera.
-Pues, entonces empecemos de inmediato –contestó ella-. Dónde está tu auto. Sé que te asignaron un buen jeep.
-No, vine de infantería. Además queda cerca y la noche está agradable. Nos hará bien caminar.
-Entonces vamos en el mío -y señaló hacia un Chrysler Dodge Dart, un auto muy largo y color marrón, típico norteamericano.
-Pero, calma, primero debemos despedirnos de mis amigos. Tú sabes, no tenemos que despertar sospecha alguna. Entremos al local –remató él.
Reingresaron. La orquesta se estaba tomando un descanso así que la organización del baile tocaba sólo música envasada. Cumbias. Luisín Landáez, un tema de Navidad. Esteban tomó a April de la mano y la condujo inmediatamente al fondo, esquivando a las parejas que bailaban, a la mesa de Pedro y sus amigos, chicos y chicas. Llegó allí y la presentó como su polola, y April tuvo que saludar uno a uno a todos, con besuqueo de mejillas. Esteban también saludó a los demás y Pedro le manifestó:
-Los vimos bailar, lo hacen bien los dos.
-Bueno, le hacemos empeño –contestó Esteban.
En eso sonó una nueva cumbia, con sus típicos y pegajosos sones en bronces. Pedro se paró y le dijo a Esteban:
-Disculpa pero voy a sacar a tu polola a bailar –y dirigiéndose caballerosamente a ella, agregó: -¿Bailamos?
Y salieron ambos a bailar, moviéndose en acompasado dancing colombiano, Esteban, para no ser menos, sacó también a bailar a una de las jóvenes que había conocido en la playa. Y al unísono, todos los otros jóvenes hicieron lo mismo. En un momento dado, toda la mesa estaba bailando la rítmica cumbia de Luisín Landáez. Era todo alegría.
Una vez que volvieron a la mesa, Esteban les comunicó:
-Lo siento, pero tenemos que irnos. April debe viajar mañana temprano.
- Qué mala onda –contestó Pedro- pero está bien, las obligaciones primero.
Se despidieron nuevamente uno a uno y salieron, en medio del jolgorio de los bailantes. April tomó la conducción de su vehículo y a indicaciones de Esteban condujo hasta llegar al bungalow. Bajaron e ingresaron a la casa de veraneo en donde Esteban le mostró las dependencias. Ella volvió al auto para regresar cargada con su mochila y otras cosas menores:
-Bueno, ahora a dormir, ha sido una buena jornada –y se alzó en puntillas de pies para darle el suave beso de cara de despedida. Él la atrapó por la cintura e intentó besarla en los labios. Pero ella lo detuvo con las manos en el pecho.
-Nada de eso, ahora tenemos que dormir
-Pero es que tu rechazo me lastima, April.
-Mira, si te sirve de algo, tú también no estás nada de mal. En USA (dijo yunai esteit) no te faltarían las novias. Pero aquí estamos en otra onda, con objetivos fijos.
-Sí, tienes razón. A dormir. Mañana hablamos –contestó resignado, y el beso se lo dio en la frente.
De ahí cada uno a su pieza.




[1] Sewmycocossyphus darwin. Pez de roca de gran tamaño y carne muy blanca. Se caracteriza, y de allí su nombre, por los grandes dientes incisivos que posee y que se deben a su dieta consistente en moluscos, erizos y crustáceos. Es muy apetecido para las preparaciones culinarias tipo caldillos. 

2 Ojotas, sandalias de goma sin sostén en el talón. Calzado típico del célebre Condorito.

3 Qué choro, qué bueno, qué estupendo.

No hay comentarios: