Capítulo IX: Mejillones duerme, duerme
Mejillones es más antiguo que Antofagasta pues ya desde el segundo,
tercer y cuarto decenio del siglo XIX
aparecen señales de poblamiento, siempre en la disputa de soberanía
territorial entre Chile y Bolivia. La magnitud y riqueza de su cerro, la
esplendidez, holgura y tranquilidad de su bahía, la profundidad de la planicie
costera, atrajeron desde un primer momento al hombre emprendedor, fuere
navegante o cateador minero. Ellos eran gambusinos, aventureros, pioneros y
exploradores por excelencia que se internaban buscando las riquezas de esas
tierras y de ese mar que las prometían a quienes tuviesen el valor y el vigor,
la constancia y el interés por ir a buscarlas, descubrirlas y explotarlas. Las
crónicas registran por el año 1842 la construcción de un fortín chileno en la
playa de lo que hoy es Punta Cuartel, sobre la vertiente derecha de la Punta
Angamos, todo el lugar conocido antaño como Oreja de Mar. Unos años después
Juan López, apoyado por el capital de los hermanos Latrille, franceses, instala
faenas de explotación de depósitos de guano blanco en la caleta Ño Robles,
siempre al pie del gran cerro. Luego las exploraciones del Chango López fueron
mucho más allá y descubrió las covaderas de guano rojo o guano fosilizado en lo
más alto del Morro, comenzando así una explotación a cargo de la sociedad
conformada por Juan López, Matías Torres y Juan Garday la cual dio origen al
primer poblado de Mejillones, conocido en sus primeros tiempos como San
Luciano. Pero la Guerra del Pacífico y los tratados internacionales que la
antecedieron, lo complicaron todo. Las tropas chilenas desembarcaron y
establecieron su primer cuartel general en Antofagasta sindicado como el punto
0 de las operaciones bélicas hacia el Norte. Por lo tanto, el poder político de
lo que hoy es la Provincia de Antofagasta residió desde un comienzo en esta
ciudad lo que la favoreció siempre en la toma de decisiones en torno al
emplazamiento de las grandes obras productivas y de adelanto, como el molo de
abrigo y espigón de atraque por ejemplo que debió instalarse en Mejillones, por
todas las bondades de su naturaleza, de las cuales Antofagasta carece por
completo pues su costa, siendo la peor de todas de la región, recibe de frente
la braveza de las olas y su planicie costera es estrecha en extremo. Y sin embargo
las autoridades se decidieron por esta última
ciudad. Sería porque en la psiquis de la superestructura nacional
Mejillones sentó siempre como de carácter boliviano, y Antofagasta chileno por
antonomasia. Apreciaciones injustas porque en el descubrimiento de las riquezas
de Mejillones y en el origen de su poblamiento no hay más que chilenos y sus
socios europeos. Lo cierto es que una vez agotado el guano blanco, venido en
menos el rojo y desatada la crisis del salitre, Mejillones comenzó una lenta
declinación.
Pero estaba el Ferrocarril. Instalado en Antofagasta desde un comienzo,
por la existencia del salar del Carmen y la obra de la Compañía de Salitres y
Ferrocarril, devenida en el Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, comenzó a
quedar corto de espacios en el antiguo embarcadero de calle Balmaceda pues su
ubicación estribaba como un yunque sobre el centro cívico mismo de una ciudad
que comenzaba a crecer. No había mayores espacios para bodegas, y era la época
de mayor auge del salitre, por lo tanto las mercaderías se comenzaron a
acumular en las calles aledañas.
Durante la administración boliviana de la zona, bajo el amparo del
tratado de límites de 1866, modificado por el tratado de 1872, se comenzó a
construir un ferrocarril de Mejillones al interior. Pero las crisis económicas,
los problemas políticos y el déficit de la gestión administrativa del país
altiplánico hicieron que estos trabajos marcharan muy lentos y hasta cierto
punto se vieran detenidos por falta de insumos, hasta que el terremoto y
maremoto de 1877 causó severos daños a las instalaciones. Y después vino la
guerra.
Sobre principios del siglo XX, el FCAB pedía los permisos
correspondientes para construir un ramal a Mejillones, desprendiéndolo del
kilómetro 35 del ferrocarril existente al interior, de modo de utilizar los
muelles de ese puerto para punto de embarque y desembarque de mercaderías,
principalmente mineras o asociadas a este sector de la producción. Junto con
ello, la empresa ofrecía construir un gran malecón, bodegas y una maestranza
que requería de un campamento para mil trabajadores, dotado de luz eléctrica
propia y agua derivada de la instalación de una planta condensadora de agua de
mar, beneficios que de concretarse serían extendidos por la empresa a la
primitiva población, todo en 60 hectáreas de terrenos que les fueron concedidas
por el gobierno después de no pocas tratativas.
Ahora, el detective Esteban Grandón va pasando por ese complejo
habitacional, verdadera ciudadela construida como una cuña sobre el nuevo
poblado de Mejillones, este último bosquejado y erigido más lejos del cerro,
sobre el centro de la bahía. Aquel complejo ferroviario es todo un conjunto
poblacional, una cuadrícula de viviendas homogeneizadas que siguen los bordes
de la gran maestranza, en largos bloques pintados de indistintos colores claros
y divididos por un cortafuego, denotando la planificación. Las casas, todas de
pino Oregón, siguen la jerarquía de los oficios de la maestranza: bloques de una
pieza para obreros solteros, seguidos por otros un poco mayores para obreros
casados; bloques para obreros especializados; para empleados; para jefes de
taller; viviendas tipo chalet para los jefes máximos; todo construido en una
especie de estilo georgian del neoclasicismo inglés. Hay también una escuela,
una panadería, una recova, una botica, un cine, una capilla, dos canchas de
fútbol y dos de básquetbol, además de un club de obreros y uno de empleados,
todo bien mantenido, bien pintado, bien estructurado. Esteban maneja lentamente
por una calle de tierra teniendo sobre su izquierda la hilera de casas de
obreros, el cine, la escuela y el sindicato de trabajadores, y por la derecha
la muralla de calaminas pintadas de verde que encierra a la maestranza. Puede
escuchar nítidamente los ruidos de esta última, el golpetear rítmico del
martinete de la herrería, el chirriar de los tornos de metales, el correr de
las grúas instaladas a todo lo ancho de los cielos de las tres naves que la
componen, las soldaduras al arco, los martillos, los fierros, las calderas que
hacen palpitar a la tierra como en un temblor. La chimenea que sube hasta los
cincuenta metros de altura expele negro humo. Un jinete viene de frente
montando un macizo caballo; es un sereno, por la gorra. Esteban llega hasta el
final de la calle y dobla a la derecha, hacia el mar, entrando en una nueva
calle, de idénticas casas que la anterior sólo que más amplias y por lado y
lado. Desfila por ahí y llega hasta el final donde se topa con una barrera metálica
pintada de blanco y rojo, junto a una garita. El sereno de turno, que ha
reconocido el vehículo, sale y levanta el asta metálica abriéndole paso.
Esteban saluda con un gesto amigable y avanza un tanto, presentándosele tres
alternativas de dirección. Hacia adelante debe enfrentar una bajada suave de
dos metros y llegar a la capilla unos doscientos metros más allá, a campo
libre. A la izquierda, la huella sigue hasta nuevas corridas de casas y, un
poco más abajo, a los chalet de los gringos. A la derecha, el camino vuelve a
flanquear la maestranza, ahora por el lado opuesto de la misma, y direcciona al
edificio de Traxion u oficinas generales. Maneja hacia esta última parte, sobrepasando,
sobre su izquierda, la cancha de fútbol que tiene tres bloques de galerías, y,
sobre su derecha, el Club Ferroviarios, el Club Inglés y el sector habitacional
de los jefes de taller. Luego, más cierres de calamina, ahora pintados de rojo
oscuro. Y llega a su objetivo que es un edificio de un solo piso pero alto, de
típico corte inglés, con una gran y ancha escalera. Estaciona su vehículo, sube
y entra a un recibidor donde hay un empleado.
Esteban se identifica.
-Sí -le dice el empleado-, Mr. McDonald lo esperaba a las cinco, y ya es
la hora. Y lo acompaña a la puerta de la oficina del jefe. Es un construcción
no muy amplia pero muy bien diseñada, con una oficina grande en la cual
trabajan unos cincuenta empleados y varias oficinas más pequeñas, para una o
dos personas, tiene una central telefónica, con una señora operando los enlaces
en una conmutadora de pared, y un gran patio central en torno al cual se
alinean las dependencias que desde adentro se ve que están estructurada en dos
pisos, por el zócalo externo. El hombre que lo acompaña habla con el secretario
del jefe quien se para de su asiento y lo saluda, luego va hacia la oficina de
gerencia, golpea a la puerta suavemente y entra. Al minuto, vuelve a abrir e
invita a Esteban a pasar. Mr. McDonald se ha parado de su escritorio y va al
encuentro de Esteban para saludarlo de mano,
afablemente.
-Cómo está, señor, cómo ha llegado –le dice en un español muy chileno.
Esteban dedujo de ello que se trataba de uno de aquellos gringos nacidos y
criados en Chile, pero educados en Inglaterra. Alto y colorín, su físico
denotaba a todas luces su estirpe británica.
-Bien, señor, recorriendo este
pueblo que lo conocí de pequeño.
-Ah, qué bien. Yo estoy informado de todo y le tenemos dispuesto el lugar
para que usted aloje y se quede unos días.
-Sí, así me decía Mr.
Harbottle, y aquí me tiene, dispuesto a lo que usted diga.
-No se preocupe, alguien lo acompañará y le mostrará todo el lugar,
también donde puede tomar sus comidas. Está todo conversado. Lo importante es
que se sienta cómodo y pueda concretar las acciones que tiene como misión
realizar aquí.
-Bueno, no podría hacerlo sin la ayuda de ustedes. Realmente muchas
gracias por todo.
-Mire, esto es como un pequeño
mundo. Somos una empresa pero tenemos una organización nacional e internacional. Hay jerarquías y se
establecen líneas de acción. Se nos ha dicho que lo que usted ejecuta
es importante para el gobierno,
y nosotros nos debemos al
gobierno de Chile. Si ellos dicen que es importante, no tenemos porqué no
creerles, y hacemos lo que nos piden que hagamos.
-Bueno, eso es admirable. He visto algo de lo que trabajan, tanto en
Antofagasta como aquí en Mejillones. Realmente son una gran empresa, de notable
organización.
-Si tuviera después tiempo podría hacernos una visita más larga, le
mostraríamos nuestros talleres.
-Oh, sería maravilloso –no quiso decirle que su padre había trabajado
durante muchos años ahí mismo y que él ya conocía los talleres y todo el
trabajo que hacían. Aunque no hubiese ido mal una explicación más detallada
sobre lo mismo.
-Lo pondré en contacto con Jonás Caviedes, el jefe de Vías y Obras, él
tiene todos los detalles.
-Muchas gracias, señor.
Mc Donald llamó al secretario y
le pidió que llamara a Caviedes.
-Está ahí afuera, esperando -dijo
el empleado.
-Preséntele al
señor Grandón y que ponga en acción todo lo previamente hablado. -Y enseguida se
volvió a parar esta vez para despedirse:
-Mr., le deseo que le vaya muy bien. Lo dejo en manos de Caviedes.
Cualquiera cosa, se entiende con él. Y después nos cuenta.
-Muchas gracias,
señor. Muy agradecido –y se dieron un gran apretón de manos. Afuera lo esperaba
el jefe de Vías y Obras, un hombre de unos 40, 45 años de edad, más bien
moreno, de mediana estatura y bastante fornido. El secretario los presentó,
ante lo cual Caviedes, muy serio y circunspecto, sólo dijo: “Sígame”. Y fueron
al jeep de Esteban al cual Caviedes subió de copiloto, indicándole por donde
tenía que dirigirse.
En el Land Rover, el detective deshizo el camino que lo había llevado
hasta ahí, pasó el sector de la garita y fue rodeando hasta la vera de los
chalet pero siguió más abajo hasta casi llegar a la playa. A indicaciones de su
guía, detuvo el motor y se bajó en el lugar. La magnífica construcción
veraniega quedaba sobre un promontorio de caolina, a metros del mar. Caviedes
tocó el timbre y salió a atender una señora de mediana edad.
-Está todo listo –dijo la dama-, esperando no más que llegue el
caballero.
Entraron, realmente el lugar era acogedor, como para albergar una familia
completa, tenía un gran ventanal que daba hacia el océano el cual se veía muy
tranquilo, azotando lánguido sobre la
blanca playa. Se bajaba a él por una escalerita de madera, todavía quedaban
algunos bañistas.
-Bueno, señor Grandón -le dijo Caviedes- aquí usted tiene de todo para
alojar. La señora Alicia, aquí presente, le hará el aseo todos los días.
¿Alguna pregunta?
-No… -le dijo Esteban, al tiempo que recorría las piezas y comprobaba el
funcionamiento de los interruptores de luz y las llaves de agua. El bungalow
tenía dos dormitorios grandes, con camas de dos plazas, y uno adicional con
literas, todos con baño propio. Además una cocina comedor amplia y un living
también espacioso con todos sus muebles incluido un televisor –…qué más se puede
pedir –terminó de responder-. Esto es el cielo.
-Ahora, si usted lo permite, me
gustaría que me acompañara al lugar de las comidas.
-Está bien, vamos -contestó
Esteban.
-Ah, pero yo me voy –alcanzó a decir la señora Alicia- tengo que atender
a mi marido y mis niños-. Joven -agregó dirigiéndose a Esteban- gusto de
conocerlo, aquí está la llave –y se la entregó-. Yo tengo una copia.
-Muchas gracias, señora -le contestó el detective dándole la mano y
destinándole la mejor de sus miradas. A continuación salió acompañado de
Caviedes. Montaron el vehículo y se dirigieron al camino de los chalet. Allí
Esteban, a indicaciones del acompañante,
giró a la derecha y se fueron metiendo
en una nueva hilera de casas, esta vez pintadas de azul. Era el block de
empleados solteros, al frente estaba el Rancho Inglés. Bajaron y entraron a él,
una construcción igual que todas las anteriores, solo que más espaciosa, con
mesas, y sus respectivas sillas, para cuatro personas cada una y un televisor
blanco y negro marca Bolocco de 40 pulgadas en una esquina. Caviedes lo
presentó a la señora Lucía Parot, la concesionaria.
-Sí -dijo ésta dándole la mano. Está todo arreglado. Aquí servimos
almuerzo y comida. Para el desayuno damos colación para la casa según pedido.
La comida se sirve en una hora más, de ocho a nueve. Pero si gusta, también
puede venir a tomar desayuno a las ocho de la mañana.
Volvieron al bungalow. Allí
Caviedes le dijo:
-Aquí tiene vales hasta por un total de doscientos litros de gasolina. La
puede cargar en la maestranza. Cualquier problema que tenga con el vehículo me
lo comunica de inmediato, el bungalow tiene teléfono directo con la Traxion.
Sobre la casa, lo habla con la señora Alicia. Que descanse, señor –y dio la
mano y se fue a pie.
Esteban quedó solo. Habría querido que hubiese alguien más para
demostrarle su alegría. La verdad es que saltaba de contento. Fue corriendo y
se tiró a la cama principal de un salto desde media pieza. Luego se levantó,
fue al auto para entrar su equipaje, tomó su radio y su porta casetes y buscó
uno en especial. Sí, sabía que lo tenía. Lo puso en la radio y dio el
encendido, luego se acomodó en la cama a escuchar:
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