lunes, 13 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo IX




            Capítulo IX: Mejillones duerme, duerme


Mejillones es más antiguo que Antofagasta pues ya desde el segundo, tercer y  cuarto decenio del siglo XIX aparecen señales de poblamiento, siempre en la disputa de soberanía territorial entre Chile y Bolivia. La magnitud y riqueza de su cerro, la esplendidez, holgura y tranquilidad de su bahía, la profundidad de la planicie costera, atrajeron desde un primer momento al hombre emprendedor, fuere navegante o cateador minero. Ellos eran gambusinos, aventureros, pioneros y exploradores por excelencia que se internaban buscando las riquezas de esas tierras y de ese mar que las prometían a quienes tuviesen el valor y el vigor, la constancia y el interés por ir a buscarlas, descubrirlas y explotarlas. Las crónicas registran por el año 1842 la construcción de un fortín chileno en la playa de lo que hoy es Punta Cuartel, sobre la vertiente derecha de la Punta Angamos, todo el lugar conocido antaño como Oreja de Mar. Unos años después Juan López, apoyado por el capital de los hermanos Latrille, franceses, instala faenas de explotación de depósitos de guano blanco en la caleta Ño Robles, siempre al pie del gran cerro. Luego las exploraciones del Chango López fueron mucho más allá y descubrió las covaderas de guano rojo o guano fosilizado en lo más alto del Morro, comenzando así una explotación a cargo de la sociedad conformada por Juan López, Matías Torres y Juan Garday la cual dio origen al primer poblado de Mejillones, conocido en sus primeros tiempos como San Luciano. Pero la Guerra del Pacífico y los tratados internacionales que la antecedieron, lo complicaron todo. Las tropas chilenas desembarcaron y establecieron su primer cuartel general en Antofagasta sindicado como el punto 0 de las operaciones bélicas hacia el Norte. Por lo tanto, el poder político de lo que hoy es la Provincia de Antofagasta residió desde un comienzo en esta ciudad lo que la favoreció siempre en la toma de decisiones en torno al emplazamiento de las grandes obras productivas y de adelanto, como el molo de abrigo y espigón de atraque por ejemplo que debió instalarse en Mejillones, por todas las bondades de su naturaleza, de las cuales Antofagasta carece por completo pues su costa, siendo la peor de todas de la región, recibe de frente la braveza de las olas y su planicie costera es estrecha en extremo. Y sin embargo las autoridades se decidieron por esta última ciudad. Sería porque en la psiquis de la superestructura nacional Mejillones sentó siempre como de carácter boliviano, y Antofagasta chileno por antonomasia. Apreciaciones injustas porque en el descubrimiento de las riquezas de Mejillones y en el origen de su poblamiento no hay más que chilenos y sus socios europeos. Lo cierto es que una vez agotado el guano blanco, venido en menos el rojo y desatada la crisis del salitre, Mejillones comenzó una lenta declinación.
Pero estaba el Ferrocarril. Instalado en Antofagasta desde un comienzo, por la existencia del salar del Carmen y la obra de la Compañía de Salitres y Ferrocarril, devenida en el Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, comenzó a quedar corto de espacios en el antiguo embarcadero de calle Balmaceda pues su ubicación estribaba como un yunque sobre el centro cívico mismo de una ciudad que comenzaba a crecer. No había mayores espacios para bodegas, y era la época de mayor auge del salitre, por lo tanto las mercaderías se comenzaron a acumular en las calles aledañas.
Durante la administración boliviana de la zona, bajo el amparo del tratado de límites de 1866, modificado por el tratado de 1872, se comenzó a construir un ferrocarril de Mejillones al interior. Pero las crisis económicas, los problemas políticos y el déficit de la gestión administrativa del país altiplánico hicieron que estos trabajos marcharan muy lentos y hasta cierto punto se vieran detenidos por falta de insumos, hasta que el terremoto y maremoto de 1877 causó severos daños a las instalaciones. Y después vino la guerra.
Sobre principios del siglo XX, el FCAB pedía los permisos correspondientes para construir un ramal a Mejillones, desprendiéndolo del kilómetro 35 del ferrocarril existente al interior, de modo de utilizar los muelles de ese puerto para punto de embarque y desembarque de mercaderías, principalmente mineras o asociadas a este sector de la producción. Junto con ello, la empresa ofrecía construir un gran malecón, bodegas y una maestranza que requería de un campamento para mil trabajadores, dotado de luz eléctrica propia y agua derivada de la instalación de una planta condensadora de agua de mar, beneficios que de concretarse serían extendidos por la empresa a la primitiva población, todo en 60 hectáreas de terrenos que les fueron concedidas por el gobierno después de no pocas tratativas.
Ahora, el detective Esteban Grandón va pasando por ese complejo habitacional, verdadera ciudadela construida como una cuña sobre el nuevo poblado de Mejillones, este último bosquejado y erigido más lejos del cerro, sobre el centro de la bahía. Aquel complejo ferroviario es todo un conjunto poblacional, una cuadrícula de viviendas homogeneizadas que siguen los bordes de la gran maestranza, en largos bloques pintados de indistintos colores claros y divididos por un cortafuego, denotando la planificación. Las casas, todas de pino Oregón, siguen la jerarquía de los oficios de la maestranza: bloques de una pieza para obreros solteros, seguidos por otros un poco mayores para obreros casados; bloques para obreros especializados; para empleados; para jefes de taller; viviendas tipo chalet para los jefes máximos; todo construido en una especie de estilo georgian del neoclasicismo inglés. Hay también una escuela, una panadería, una recova, una botica, un cine, una capilla, dos canchas de fútbol y dos de básquetbol, además de un club de obreros y uno de empleados, todo bien mantenido, bien pintado, bien estructurado. Esteban maneja lentamente por una calle de tierra teniendo sobre su izquierda la hilera de casas de obreros, el cine, la escuela y el sindicato de trabajadores, y por la derecha la muralla de calaminas pintadas de verde que encierra a la maestranza. Puede escuchar nítidamente los ruidos de esta última, el golpetear rítmico del martinete de la herrería, el chirriar de los tornos de metales, el correr de las grúas instaladas a todo lo ancho de los cielos de las tres naves que la componen, las soldaduras al arco, los martillos, los fierros, las calderas que hacen palpitar a la tierra como en un temblor. La chimenea que sube hasta los cincuenta metros de altura expele negro humo. Un jinete viene de frente montando un macizo caballo; es un sereno, por la gorra. Esteban llega hasta el final de la calle y dobla a la derecha, hacia el mar, entrando en una nueva calle, de idénticas casas que la anterior sólo que más amplias y por lado y lado. Desfila por ahí y llega hasta el final donde se topa con una barrera metálica pintada de blanco y rojo, junto a una garita. El sereno de turno, que ha reconocido el vehículo, sale y levanta el asta metálica abriéndole paso. Esteban saluda con un gesto amigable y avanza un tanto, presentándosele tres alternativas de dirección. Hacia adelante debe enfrentar una bajada suave de dos metros y llegar a la capilla unos doscientos metros más allá, a campo libre. A la izquierda, la huella sigue hasta nuevas corridas de casas y, un poco más abajo, a los chalet de los gringos. A la derecha, el camino vuelve a flanquear la maestranza, ahora por el lado opuesto de la misma, y direcciona al edificio de Traxion u oficinas generales. Maneja hacia esta última parte, sobrepasando, sobre su izquierda, la cancha de fútbol que tiene tres bloques de galerías, y, sobre su derecha, el Club Ferroviarios, el Club Inglés y el sector habitacional de los jefes de taller. Luego, más cierres de calamina, ahora pintados de rojo oscuro. Y llega a su objetivo que es un edificio de un solo piso pero alto, de típico corte inglés, con una gran y ancha escalera. Estaciona su vehículo, sube y entra a un recibidor donde hay un empleado. Esteban se identifica.
-Sí -le dice el empleado-, Mr. McDonald lo esperaba a las cinco, y ya es la hora. Y lo acompaña a la puerta de la oficina del jefe. Es un construcción no muy amplia pero muy bien diseñada, con una oficina grande en la cual trabajan unos cincuenta empleados y varias oficinas más pequeñas, para una o dos personas, tiene una central telefónica, con una señora operando los enlaces en una conmutadora de pared, y un gran patio central en torno al cual se alinean las dependencias que desde adentro se ve que están estructurada en dos pisos, por el zócalo externo. El hombre que lo acompaña habla con el secretario del jefe quien se para de su asiento y lo saluda, luego va hacia la oficina de gerencia, golpea a la puerta suavemente y entra. Al minuto, vuelve a abrir e invita a Esteban a pasar. Mr. McDonald se ha parado de su escritorio y va al encuentro de Esteban para saludarlo de mano, afablemente.
-Cómo está, señor, cómo ha llegado –le dice en un español muy chileno. Esteban dedujo de ello que se trataba de uno de aquellos gringos nacidos y criados en Chile, pero educados en Inglaterra. Alto y colorín, su físico denotaba a todas luces su estirpe británica.
-Bien, señor, recorriendo este pueblo que lo conocí de pequeño.
-Ah, qué bien. Yo estoy informado de todo y le tenemos dispuesto el lugar para que usted aloje y se quede unos días.
-Sí, así me decía Mr. Harbottle, y aquí me tiene, dispuesto a lo que usted diga.
-No se preocupe, alguien lo acompañará y le mostrará todo el lugar, también donde puede tomar sus comidas. Está todo conversado. Lo importante es que se sienta cómodo y pueda concretar las acciones que tiene como misión realizar aquí.
-Bueno, no podría hacerlo sin la ayuda de ustedes. Realmente muchas gracias por todo.
-Mire, esto es como un pequeño mundo. Somos una empresa pero tenemos una organización nacional e internacional. Hay jerarquías y se establecen líneas de acción. Se nos ha dicho que lo que usted ejecuta es importante para el gobierno, y nosotros nos debemos al gobierno de Chile. Si ellos dicen que es importante, no tenemos porqué no creerles, y hacemos lo que nos piden que hagamos.
-Bueno, eso es admirable. He visto algo de lo que trabajan, tanto en Antofagasta como aquí en Mejillones. Realmente son una gran empresa, de notable organización.
-Si tuviera después tiempo podría hacernos una visita más larga, le mostraríamos nuestros talleres.
-Oh, sería maravilloso –no quiso decirle que su padre había trabajado durante muchos años ahí mismo y que él ya conocía los talleres y todo el trabajo que hacían. Aunque no hubiese ido mal una explicación más detallada sobre lo mismo.
-Lo pondré en contacto con Jonás Caviedes, el jefe de Vías y Obras, él tiene todos los detalles.
-Muchas gracias, señor.
Mc Donald llamó al secretario y le pidió que llamara a Caviedes.
-Está ahí afuera, esperando -dijo el empleado.
-Preséntele al señor Grandón y que ponga en acción todo lo previamente hablado. -Y enseguida se volvió a parar esta vez para despedirse:
-Mr., le deseo que le vaya muy bien. Lo dejo en manos de Caviedes. Cualquiera cosa, se entiende con él. Y después nos cuenta.
-Muchas gracias, señor. Muy agradecido –y se dieron un gran apretón de manos. Afuera lo esperaba el jefe de Vías y Obras, un hombre de unos 40, 45 años de edad, más bien moreno, de mediana estatura y bastante fornido. El secretario los presentó, ante lo cual Caviedes, muy serio y circunspecto, sólo dijo: “Sígame”. Y fueron al jeep de Esteban al cual Caviedes subió de copiloto, indicándole por donde tenía que dirigirse.
En el Land Rover, el detective deshizo el camino que lo había llevado hasta ahí, pasó el sector de la garita y fue rodeando hasta la vera de los chalet pero siguió más abajo hasta casi llegar a la playa. A indicaciones de su guía, detuvo el motor y se bajó en el lugar. La magnífica construcción veraniega quedaba sobre un promontorio de caolina, a metros del mar. Caviedes tocó el timbre y salió a atender una señora de mediana edad.
-Está todo listo –dijo la dama-, esperando no más que llegue el caballero.
Entraron, realmente el lugar era acogedor, como para albergar una familia completa, tenía un gran ventanal que daba hacia el océano el cual se veía muy tranquilo, azotando lánguido sobre la blanca playa. Se bajaba a él por una escalerita de madera, todavía quedaban algunos bañistas.
-Bueno, señor Grandón -le dijo Caviedes- aquí usted tiene de todo para alojar. La señora Alicia, aquí presente, le hará el aseo todos los días. ¿Alguna pregunta?
-No… -le dijo Esteban, al tiempo que recorría las piezas y comprobaba el funcionamiento de los interruptores de luz y las llaves de agua. El bungalow tenía dos dormitorios grandes, con camas de dos plazas, y uno adicional con literas, todos con baño propio. Además una cocina comedor amplia y un living también espacioso con todos sus muebles incluido un televisor –…qué más se puede pedir –terminó de responder-. Esto es  el cielo.
-Ahora, si usted lo permite, me gustaría que me acompañara al lugar de las comidas.
-Está bien, vamos -contestó Esteban.
-Ah, pero yo me voy –alcanzó a decir la señora Alicia- tengo que atender a mi marido y mis niños-. Joven -agregó dirigiéndose a Esteban- gusto de conocerlo, aquí está la llave –y se la entregó-. Yo tengo una copia.
-Muchas gracias, señora -le contestó el detective dándole la mano y destinándole la mejor de sus miradas. A continuación salió acompañado de Caviedes. Montaron el vehículo y se dirigieron al camino de los chalet. Allí Esteban, a indicaciones del acompañante, giró  a la derecha y se fueron metiendo en una nueva hilera de casas, esta vez pintadas de azul. Era el block de empleados solteros, al frente estaba el Rancho Inglés. Bajaron y entraron a él, una construcción igual que todas las anteriores, solo que más espaciosa, con mesas, y sus respectivas sillas, para cuatro personas cada una y un televisor blanco y negro marca Bolocco de 40 pulgadas en una esquina. Caviedes lo presentó a la señora Lucía Parot, la concesionaria.
-Sí -dijo ésta dándole la mano. Está todo arreglado. Aquí servimos almuerzo y comida. Para el desayuno damos colación para la casa según pedido. La comida se sirve en una hora más, de ocho a nueve. Pero si gusta, también puede venir a tomar desayuno a las ocho de la mañana.
Volvieron al bungalow. Allí Caviedes le dijo:
-Aquí tiene vales hasta por un total de doscientos litros de gasolina. La puede cargar en la maestranza. Cualquier problema que tenga con el vehículo me lo comunica de inmediato, el bungalow tiene teléfono directo con la Traxion. Sobre la casa, lo habla con la señora Alicia. Que descanse, señor –y dio la mano y se fue a pie.
Esteban quedó solo. Habría querido que hubiese alguien más para demostrarle su alegría. La verdad es que saltaba de contento. Fue corriendo y se tiró a la cama principal de un salto desde media pieza. Luego se levantó, fue al auto para entrar su equipaje, tomó su radio y su porta casetes y buscó uno en especial. Sí, sabía que lo tenía. Lo puso en la radio y dio el encendido, luego se acomodó en la cama a escuchar:

      En Mejillones yo tuve un amor / que no lo puedo encontrar / quizás en esas playas esperándome estará. / Es una linda rubiecita /  de ojos verde de mar. /  Me dio un beso y se fue / no volvió más./
              
            

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