miércoles, 15 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo XII





             Capítulo XII: Motores al amanecer


En la víspera de la Navidad, Benavides y sus hombres se habían mantenido en sus dos faluchos todo el día a la gira del monumento La Portada, el balneario “Juan López” y el morro Moreno, haciendo como que pescaban cuando en realidad todo pez que lograban subir era devuelto inmediatamente al mar dejando en cubierta sólo unos cuantos para confundir en caso de que llegara alguien desaprensivo a mirar, y también para su alimentación del día la cual preparaba el cook a bordo. Desde tierra, se podía apreciar solamente a dos botes pescando, meciéndose en lo alto de las olas las cuales, por segundos, les ocultaban de la vista. Eran dos botes en faenas de pesca y nada más. A las 18 horas en punto tomaron rumbo a la orilla, fondeando a doscientos metros del balneario “Juan López”. En tanto, en este último lugar, precisamente en la última casa hacia el norte, la más bonita de todas, tenía lugar un cónclave muy importante. En la terraza de entrada, en medio de bellos jardines de verdes y gruesas plantas xerófilas, permanecía sentado en silla de playa un hombre entrante en la vejez, de prominente panza, moreno, con su cabellera muy pegada al cráneo y grandes bigotes grises que le caían sobre las comisuras de los labios. Vestía short y guayabera y tomaba un margarita de un servicio sobre la mesita. Le acompañaban varios hombres. Uno de ellos, un tanto menor, pero también de contextura gruesa aunque vestido elegantemente con ropa deportiva y calzado con finos y lustrosos zapatos café claro, lucía un peinado a la gomina en una cabellera que recién comenzaba a escasear. El otro era Colombo que también probaba su margarita. Detrás, puros hombres jóvenes, en traje de baño o pantalón corto y poleras o camisas bajo las cuales se notaban las prominencias que constituían las armas automáticas que portaban. Dentro de la casa se veían más hombres deambulando. El camión estaba en el patio trasero. Ahí estaba la carga.
-Hasta el momento ha cumplido Benavides –acotó Colombo observando el mar-, en quince minutos le veremos fondeando acá al frente.
-Seguro no lo verán los carabineros –dijo el hombre grueso y de mostacho, con notable acento centroamericano.
-No, señor Murat -espetó el segundo hombre, el elegante-. Ellos andan reforzando por La Chimba. Se anunció un curioso encuentro entre extremistas por esos lados.
-Bien, Mujica –acotó el hombre moreno-. Comenzaremos la operación una hora después de oscurecer. La “Pegaso” recién se reportó y permanece en alta mar a la espera de la señal.
-Le dije, M., que Usía era una buena contratación –agregó Colombo.

          -Así ha sido hasta ahora… veremos –retrucó el caribeño inclinándose  retomar su copa.

         Y los tres siguieron sorbiendo sus margaritas, gozando de lo lindo de sus vidas.

         Esteban despertó pasadas las 9 de la mañana, había un sol radiante y alcanzó a ver por la puerta entreabierta a April pasar luciendo una corta bata blanca y una toalla amarrada a la cabeza.
-Estoy preparando el desayuno –le alcanzó a decir ella, y se sentía el aroma a cafecito recién hecho.
Esteban se levantó de un salto e hizo lo de todas las mañanas: baño, afeitada, ducha, esta vez permaneciendo mucho más rato bajo el chorro de agua fría a fin de disipar del todo la huella de los vapores del alcohol ingerido durante la noche. Una vez listo, vistió short y camiseta y salió a tomar desayuno con la rubia que le había tocado por compañera. La  mesa estaba ricamente servida con alimentos liofilizados que ella había aportado, tecnología de la Otan.
-Hum, qué rico -dijo él.
-Cuéntame de los planes que tienes para hoy –le respondió ella sirviéndole café.
-Tenemos que ir a establecer el campamento. Por eso dejé pedido el bote el que estará acá abajo, en la playa, a las tres de la tarde. Ahora tenemos que ir al pueblo a comprar algunas provisiones. Serán dos o tres días de punto fijo en Punta Angamos.
-Y qué equipo llevamos.
-Bueno, yo tengo todo lo necesario para acampar. Además debemos llevar las armas. Y lo que tú tengas.
-Yo tengo mi equipo de radio. Con mil metros de alcance. Y varias cosas más, que servirán.
-Tomado este café, nos vamos, entonces.

Salieron, vistiendo ropas veraniegas, Esteban manejando el jeep. Fueron al pueblo, en donde el detective le mostró a ella todo lo que podía ser interesante para la misión, las rutas de escape, el muelle, la flota de goletas pesqueras que se veía a unos quinientos metros mar afuera excepto unas cuantas naves cuyas existencias se adivinaban por las boyas sin ocupar del fondeadero. Luego pasaron a la bencinera en donde el detective recargó el estanque del vehículo y llenó el bidón de reserva, pagando con los vales que le había dispuesto el FCAB, y acudieron juntos a un almacén verdulería a comprar algunas frutas, hortalizas y abarrotes: un poco de arroz, fideos, leche, café, cacao, azúcar y fósforos. Y bebidas, muchas bebidas gaseosas de un litro de capacidad. Como para dos o tres días. Por último, él la invitó a almorzar al Balneario Zlatar donde probaron una contundente sopa de mariscos y, como segundo, un guiso de pescado, con mucha agua de complemento, minerales, Chusmiza y Cachantún. Tanto la comida como las energías de sus cuerpos jóvenes hicieron el trabajo final de neutralizar del todo la intoxicación de la noche de juerga. Ahí también Esteban pidió que le prepararan una media docena de sándwiches de pescado y mantequilla para llevar, envueltos en gruesas servilletas.
Vueltos al bungalow, Esteban pudo comprobar que el bote estaba ahí, con dos hombres, trabajadores del FCAB. Bajó a saludarlos. El bote estaba pintado de blanco con dos rayas laterales y delgadas, una azul y la otra roja,  y ostentaba el fastuoso nombre de “Titanic”. Los hombres le enseñaron cómo se manejaba el motor de fuera de borda y le entregaron un par de remos y chumaceras. Enseguida, Esteban subió a buscar su equipo y bajó con April con todo lo suyo. El detective hizo los últimos viajes a la casa a buscar el bidón con los cincuenta litros de agua y luego el de veinte litros de gasolina. Los hombres los ayudaron a subir y estibar todo eso y ellos mismos empujaron de la popa para echar la embarcación aguas adentro. Una vez sorteada la rompiente, Esteban dio el arranque del motor y se despidió con las manos en alto de aquellas obsequiosas personas. Y, junto con April, partieron, iban más abrigados.
En la casa amarilla de “Juan López”, una hora después de oscurecer, empezó la faena. Dos hombres se acercaron con carretillas de mano a la puerta trasera del camión desde donde les fueron pasando los paquetes, y de ahí, bordeando la casa por sus laterales, a la playa en donde otros dos hombres los cargaban y estibaban en otros tantos botes que a fuerza de remos los llevaban a los faluchos, doscientos metros mar adentro. Nada de luces, nada de ruidos, todo se hacía a tientas. Los carretilleros, que hicieron como veinte viajes cada uno, transportaban la carga en dos tandas. La primera hasta el ante jardín de la casa, donde acumulaban los paquetes a la espera de que los botes volvieran, y la segunda hasta la playa misma llegando a penetrar un metro al agua. Todo observado por hombres jóvenes y de rostro adusto que prestaban protección armada, dos de ellos con fusiles automáticos AK-47. Los jefazos Colombo, Murat y Mujica esperaban dentro de la mansión haciendo como si nada, sólo aguardando a que todo acabase para partir por tierra a Mejillones.
Aquella parte de la operación terminó después de la medianoche porque los botes tuvieron que hacer cerca de diez viajes cada uno hasta los faluchos. Y ahí los bogadores tenían que ayudar a subir la carga a esas embarcaciones y a estibarla dentro de las mismas, procurando ocultarla de la vista de eventuales intrusos. A la una de la madrugada recién se le pudo dar el zarpe a Benavides, y Colombo, en su Volvo azul, acompañando en el asiento trasero al capo Murat, pudo también partir, seguido de otro vehículo con cinco hombres bien armados. Como copiloto del Volvo viajaba otro guardaespaldas portando una metralleta corta. Mujica, por su lado, había partido solitario manejando su propio automóvil una hora antes, rumbo a Antofagasta.
El experto navegador Benavides tomó un rumbo directo al oeste, hasta llegar a una distancia de tres millas, es decir, 5,56 kilómetros, de la costa, para desde ese punto caer al norte franco, en donde, debido a la configuración prognata de la península de Mejillones, la distancia a la rompiente disminuyó a dos millas, 3,70 kilómetros. Ordenó no prender ninguna luz, ni siquiera un fósforo, y se guiaron por la difusa claridad que prodigaba la luna llena.
Horas antes, Esteban y April habían surcado en el “Titanic” toda la bahía de Mejillones lo cual les había tomado cerca de dos horas de viaje. Y cuarenta minutos más en rodear la Punta Angamos, por detrás de un roquerío que hay allí y llegar a la playita de la punta del Faro.
 A cincuenta metros de la orilla, el detective detuvo el motor y lo retiró del agua sacándolo de sus soportes para ponerlo de través dentro del bote. A continuación se sacó los pantalones quedando en el traje de baño que llevaba puesto abajo, armó los remos y a fuerza de paletadas se dirigió a la orilla hasta que sintió que la punta de la embarcación tocaba fondo, momento en que se sacó prestamente las zapatillas y los zoquetes deportivos, se acercó a la proa y de un gran impulso saltó a la arena, dándose vuelta de inmediato para agarrar el bote de la parte superior de su roda, tratando de aquietarlo y sobre sacarlo del mar. April cooperó zafándose también de sus pantalones y zapatillas y quedando igualmente en traje de baño y blusa, para lanzarse al agua por la parte de la popa y empujar desde allí. Y así entre los dos dejaron la embarcación en el límite de la alta marea, dándose enseguida a retirar sus enseres y acarrearlos playa arriba. Después, se dedicaron a ordenar, a armar la carpa, situar la cocinilla, fijar las áreas de privacidad de cada uno, extender los sacos de dormir. Una vez que quedó todo terminado y cuando el sol iniciaba su declive al poniente, Esteban apuntó:
-Si vamos a comer algo deberá ser ahora porque una vez oscurecido no podremos prender luz alguna.
-Sí –respondió April y puso ipso facto dos jarros de agua en la teterilla, prendiendo el anafe “Primus”. Cuando hirvió el agua, se sirvieron café y comieron dos de los sándwiches de Zlatar. Concluido esto, satisfechos, quedaron observando la puesta del sol.
-Mira –le dijo April-, yo confío en ti ¿pero por qué escogiste este lugar? Hay otros.
-La pista sólo dice Punta Angamos, que es aquella –contestó Esteban y la mostró con el índice derecho-.Yo vine previamente a estudiar la zona y conjeturé que la operación no podría ser del lado de Mejillones porque, pese a la lejanía, se podría ver desde allá, especialmente si es de noche. Así que me incliné por esta playita. Además en la cima quedábamos muy a la intemperie y demasiado a la vista. Yo creo que aquí estamos bien.
-Buena deducción… -acotó ella.
-Además no sabemos por donde vendrá el ataque; si por tierra, en un vehículo que llegue al altozano, caso que de suceder sólo nos quedaría llamar a tu partner por el walkie; o por aire, en helicóptero, o por mar en lanchas rápidas. Yo me inclino por esta última alternativa. Así que tenemos que estar atentos, vigilar de continuo. Debemos turnarnos en  la guardia. Yo haré el primer turno. Debes tratar de dormir, cambia la ropa que puedas tener mojada. Te despertaré a las tres de la mañana.
-Sí, está bien –y ella se metió en la carpa, enfundándose en su saco de dormir. Esteban quedó solo en medio de la oscuridad total. Se había sacado la ropa húmeda y puesto ropa interior seca y sus pantalones, además de un jersey abrigado. En el cinto llevaba abrochada la pistolera con la Walter PPK cuya empuñadura asomada acarició para mayor tranquilidad. Sólo se escuchaba el leit motiv del sonido de mar y se veía el juego de luces proyectado por el faro, aunque había buena luna.
El frío empezó a calar cerca de la medianoche. Esteban no quiso entrar a la carpa a buscar una manta para no despertar a April. Así que empezó a pasearse a lo largo de la playita. Había vida allí, en ese desierto inhóspito, lagartijas de considerable tamaño y color gris verdoso que deambulan en busca de alimentos. Además en la arena habitaban insectos tipo vinchucas que picaban muy fuerte. Había que permanecer de pie o sentado sobre algo, nunca en contacto directo con la arena. Por eso el detective fue a reasegurar el cierre de la carpa, abotonándola en sus broches metálicos, aunque ya tenía el cierre de cremallera subido. Hermetismo total. Pasada una hora, reflexionó que no sacaba nada con permanecer en vigilia y al frío. Cualquiera cosa que viniera sería motorizada y la podrían escuchar. De ninguna manera podría pasar desapercibida. Así que decidió entrar a la carpa, asegurarla por dentro y acomodarse en su saco de dormir, junto a ella que dormía plácidamente, sin quererla despertar, contrariamente a lo que habían planeado. Buscó algo blando que sirviera de almohada, subió el cierre del saco, le dio un beso en la cabellera a ella, se acomodó y se quedó dormido de inmediato, al calorcillo de los sacos y de los cuerpos.
Habrían pasado unas cuatro horas. El detective, como en un sueño, sentía que lo llamaban desde lo lejos:
-Esteban, Esteban. 

Seguía durmiendo.

-Esteban, despierta, Esteban –esta vez la voz fue más fuerte y una mano suave lo remeció.
Abrió los ojos y la vio a ella inclinada sobre él. Se incorporó de súbito quedando sentado en el saco.
-Escucha –le dijo ella, levantando un índice y abriendo los ojos como para mirar a través de la lona de la carpa-. Lo estoy oyendo hace como media hora y va in crescendo.
Esteban se despabiló y puso atención. Se escuchaba un ronroneo rítmico y acompasado que a cada segundo crecía en intensidad. Reconoció el ruido de inmediato. Lo conocía de niño. Era el motor de un falucho. Uno o dos.
-Son ellos –exclamó- Vamos.
Y salieron fuera de la carpa, a la oscuridad todavía total y fría.

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