sábado, 11 de julio de 2020

"Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972" Capítulo VI





Capítulo VI: Mr. Harbottle


La ciudad de Antofagasta nació en algún momento durante la segunda mitad del siglo XIX. Se dice que su primer habitante fue el copiapino Juan López Alfaro, más conocido como el “Chango López”, quien en sus correrías de prospección de minerales y yacimientos de guano de aves marinas descubrió los blancos montículos de estas deposiciones nitrogenadas de plumíferos oceánicos, ricas en potasio y fósforo, en las rocas de la entrada de lo que hoy es la caleta de pescadores de la ciudad y que él llamó “Peña Blanca”. La historia dice que el Chango López construyó la primera casa, sobre la base de tablas y latas de tarros de parafina, en lo que en la actualidad constituye el sector más antiguo de Antofagasta, cerca, o ahí mismo, de la esquina que conforman la avenida Balmaceda y la calle Bolívar. Unos pocos años después, otro prohombre, José Santos Ossa, proveniente de Huasco, descubrió, junto con la expedición de cateadores que comandaba, salitre en el Salar del Carmen, a 110 kilómetros al oriente. Para la explotación de las nuevas riquezas se formó la empresa Sociedad Exploradora del Desierto que luego fue ampliada a Melbourne Clark y Compañía, de capitales chilenos e ingleses. Cuando esta empresa obtuvo autorización para operar un ferrocarril hacia el interior pasó a llamarse Compañía de Salitres y Ferrocarril la cual tuvo mucho que ver con el inicio de la Guerra del Pacífico pues en este punto cabe consignar que también por motivos geopolíticos, pero en este caso desde la óptica estratégica global del cono sur de América, por aquellos tiempos el amplio territorio chileno comprendido entre Cobija y Paposo estaba en manos de la administración boliviana.
Concluida la guerra, y tras un breve paso por la ferrocarrilera altiplánica Huanchaca, la Compañía traspasó todos sus activos y pasivos a la londinense Antofagasta (Chili) and Bolivian Railway Company, en buen chileno, Empresa Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia.
A ese edificio de Balmaceda con Bolívar debía dirigirse el detective Grandón Pincheira al día siguiente de su arribo a la ciudad, en donde tenía entrevista con su gerente general Mr. John Harbottle.  Por eso se levantó a buena hora y tomó un gran desayuno en la la terraza frente al mar. Era un día lindo, pleno de sol quemante pero con una suave brisa que soplaba desde el norte y contribuía a atemperar el incipiente calor veraniego. Luego subió a su habitación, se lavó nuevamente los dientes y procedió a perfeccionar su presentación. Llevaba puesto un pantalón de tela azul marino, estrecho arriba, ancho abajo -tanto que el botapié le cubría todo el zapato- y una camisa de mangas cortas blanca estampada con cuadrículas azules. Bajo los sobacos se había echado, después de ducharse, una generosa capa de desodorante “Etiquet” pero aun así se roció encima de la ropa, y un poco también en la piel unas gotas de colonia “Tabaco”, de la marca “Mónix”. Luego se chantó una chaquetilla corta de mezclilla, la cual, a la usanza de la época, le alcanzaba sólo hasta la cintura, se miró por última vez en el espejo, acomodándose el cabello con las manos pues no necesitaba peineta, y salió. La calle Balmaceda, llamada Colón en el tiempo de la administración boliviana, no había cambiado mucho, pese a la presencia del hotel, inaugurado haría unos 20 años atrás. Era la parte más antigua y más castiza de la ciudad y se mantenía tal cual la recordaba de sus épocas de estudiante, girando su mayor actividad en torno a las labores del terminal pesquero. Edificios del siglo XIX y principios del XX, a ambos lados de la calle, seguían ahí mismo, envejeciéndose, deteriorándose, escasos en manutención de parte de la Municipalidad o de parte de organismos nacionales de conservación y protección de edificios o monumentos patrimoniales, entidades que ignoraban, o quizás despreciaban, el inmenso valor histórico que tenían dichas construcciones, y prestándose, por el contrario, para facilitar su utilización como sedes de organizaciones fiscales y civiles, de duro trajín diario. El joven se acercó a la orilla del mar, en una alturita sobre una baranda y observó que todavía quedaba playa pues al agua le faltaba aún un par de metros para tocar con sus embates la muralla de piedra y cemento. Observó también que todavía quedaban restos de los rieles de lo que fuera la base del primitivo muelle de los tiempos del Chango López, destruido por el paso del tiempo; y que los otros dos muelles, el que construyera la Compañía de Salitres y Ferrocarril, frente a la calle Bolívar, y el del lado del hotel, convertido en marina y club de yates, se veían más o menos intactos o por lo menos en regular estado de preservación. Toda el agua se veía sucia, producto de los trabajos del terminal pesquero, donde los hombres destripaban peces y arrojaban sus restos al mar, a la voracidad de los guajaches1 y de las gaviotas. También nadaban lisas 3 en pequeños grupos, con sus típicas nucas aplanadas a flor de agua, y pequeños cardúmenes de pececillos diversos picoteando por aquí y por allá. Plásticos y otras basuras flotaban por doquiera a merced de la corriente, de las olas o del viento. El olor en general no era muy bueno. Esteban prefirió seguir caminando hacia su objetivo que quedaba sólo a una cuadra de distancia pues desde donde estaba podía apreciar su imponente edificio del otro lado de la calle. Llegó a la esquina y tuvo que esperar a cruzarla por el sonido de una campana que anunciaba el paso de un tren por los rieles de trocha angosta tendidos a todo lo largo de la calzada de adoquines. Era un convoy de carros planos cargados de cátodos de cobre tirados por una locomotora Diésel pintada de color salmón con rayas más oscuras, plañendo sistemáticamente su campanilla rumbo al puerto de embarque que quedaba unos cien metros al sur del hotel. Una vez pasado ese tren, Esteban esperó que el semáforo del tránsito le diera la luz verde y cruzó la calle, justo donde la Avenida Balmaceda se convertía en calle Aníbal Pinto, para entrar derechamente a la calle Bolívar, de orientación transversal, ante ese hermoso y macizo edificio pintado color verde trébol, con vivos, cornisas, balcones, marcos de ventanas, tapas regala, de color verde pino. El edificio abarcaba más de una cuadra de largo y estaba construido en estilo neoclásico en dos pisos, más altos que lo convencional y separados por una cornisa. Su fachada era toda revocada en cal y su estructura, como casi todos los edificios antiguos de Antofagasta, era de madera y caña. Casi enfrente de la calle San Martín se encontraba la entrada, con un gran frontón triangular, una imponente reja de madera pintada café oscuro, una barrera que controlaba el ingreso y salida de vehículos y una garita. Penetró a ésta. Lo atendió un sereno con la típica gorra de esta profesión, de color negro y visera plástica. Esteban saludó, presentándose y declarando a lo que venía. El sereno respondió al saludo y se dio vuelta a tomar un teléfono muy antiguo y de pared. Escuchó que decía que ahí estaba un hombre joven proveniente de Santiago y que afirmaba tener cita con el gerente general. Al parecer recibió confirmación de la audiencia pues  colgó el auricular, se volteó hacia Esteban y le dijo:  
-Puede pasar, el mensajero lo conducirá a las oficinas de la gerencia en el segundo piso   -   y llamó al referido que era uno de los dos adolescentes que trabajan allí, prestando servicios en   los mandados.
Al penetrar a la amplia estancia de piso asfaltado, el joven detective tuvo la sensación de remontarse en el tiempo, volviendo a la época de la Guerra del Pacífico, que ya se le había venido a la memoria al pasar observando los restos del muelle y las construcciones históricas. La edificación a que había penetrado era toda de madera y, hacia su parte oriente, antigua estación de ferrocarriles, tenía un gran corredor, con hermosas bancas de hierro y madera, algunos objetos como carros antiguos de traslado de equipajes y una columnata de pino Oregón, de finas terminaciones en sus basas y capiteles, toda pintada café moro, que soportaba un balcón corrido dando lugar a un pasillo relativamente ancho el cual albergaba múltiples puertas que constituían los ingresos a dependencias que seguramente eran sendas oficinas. Pero el mensajero lo condujo al edificio de la parte poniente, a su izquierda, macizo y sin corredores, para lo cual tuvieron que subir por una escalera exterior, también de pino Oregón y también pintada café oscuro, que llevaba, en dos tandas, merced a un descanso, al segundo piso. Llegados arriba penetraron a una sala amplia llena de escritorios en donde muchos hombres, y algunas mujeres, trabajaban afanadamente en máquinas de escribir “Olivetti”, al par que otros se entretenían en la revisión de documentos, reinando allí una gran actividad laboral. El mensajero lo presentó con el empleado que al parecer oficiaba de jefe de esa oficina quien a su vez lo hizo pasar a una dependencia menor en donde lo recibió la persona que Grandón supuso el secretario personal del gerente, que se paró a recibirle dándole la mano:
-Cómo está, señor Grandón, el gerente lo está esperando. A las once era la cita y son las once en punto… me dijo que lo hiciera pasar apenas llegara… adelante por favor -y le abrió la puerta.
El detective Grandón creyó estar en el Reino Unido cuando entró a la gran oficina. Todo blanco, todo inmaculado, con pinturas al óleo en las paredes y el techo, con una gruesa alfombra rectangular y espesos cortinajes sobre el amplio ventanal que daba al mar. Por todas partes predominaban los colores nacionales de Gran Bretaña y no faltaba un retrato de la familia real junto con fotografías de máquinas y carros del ferrocarril en plena faena. El hombre, un típico anglosajón de cabellera clara, vistiendo esmerado traje y corbata, todo un gentleman, se paró de su asiento tras el escritorio de madera maciza y acudió a saludar al recién llegado con la mano extendida:
-Cómo está, señor, cómo ha llegado, bienvenido, –le dijo en un castellano champurreado pero entendible, al par que le estrechaba la diestra.
-Todo muy bien –le respondió Grandón- todo muy bonito, linda la ciudad y muy lindo este edificio.
-Asiento, por favor –le dijo el gringo-, ¿se sirve algo? –y le mostró con un ademán el pequeño bar a un costado en el cual a lo lejos se podía apreciar, entre otras, por lo menos dos botellas de whisky de las mejores etiquetas.
-Un té, si no fuera mucha la molestia -le dijo.
-No faltaba más –contestó el inglés –y agregó apretando el intercomunicador, acercándole la cabeza: Two English tea hear please, with sugar apart.
-Pareciera ser usted una persona muy importante -le dijo al cabo-. A nosotros nos llamaron del Foreign Office, previa intercesión de la cancillería de su país, y al parecer con instrucciones precisas transmitidas desde el mismísimo MI6. Nosotros vamos a cooperar en todo lo que podamos.
Llegaba el té y ambos hombres aspiraron el aroma de aquella infusión de negras hojas sumidas en agua hirviendo en una tetera de loza sobre una bandeja de igual material, haciendo juego con dos tacitas y un pocillo de azúcar y las correspondientes cucharillas, Todo proveniente de la misma Inglaterra. El mozo sirvió a ambos y luego preguntó: “¿azúcar?”.
-Media cucharadita–contestó Esteban.
-Para mí, una –dijo a su vez el inglés.
-Sí, dijo Esteban -dando el primer sorbo al té, quemándose un poco-, esto parece ser grande, pero todavía no hay nada seguro. Es toda intuición.
-E información confidencial –se apresuró a exclamar Harbottle-, de qué otra manera se explica que haya llegado a tan altas esferas.
-Algo de eso hay. Pero a mí no me han explicado nada. Sólo tengo la orden de investigar.
-Nosotros somos ferroviarios –dijo Harbottle, seco-. Nuestra misión es manejar esta empresa y transportar toda la carga desde y hacia el interior e incluso desde y hasta Bolivia. Nada tenemos que ver con policías ni tampoco queremos saber que se traen entre manos. Pero vamos a cooperar, tal como nos lo han pedido.
-Sería de vital importancia –aseveró Grandón, sin mencionar el hecho de que él había sido el autor del plan que involucraba al FCAB.
-Look sir -retrucó al final el gerente- aquí abajo, en la explanada tenemos un Land Rover, en buenas condiciones, recién salido del taller. Se lo prestaremos, y con el tanque lleno de bencina. Con él puede usted transitar por la carretera o por la pampa porque es para todo tipo de terreno, con tracción en las cuatro ruedas.
-¡Oh, caramba! -no pudo dejar de exclamar Esteban.
-Y eso no es todo –siguió el gringo-, en Mejillones, porque se nos ha pedido que lo apoyemos en Mejillones, usted podrá ocupar uno de los bungalow que la empresa tiene sobre la playa. Se usan preferentemente en verano pero hemos pedido que uno de ellos quede libre, a su disposición. Las comidas usted las podrá tomar en el Rancho Inglés que queda por ahí cerca. Y en la maestranza también le proporcionarán la bencina que necesite y todo aquello que le haga falta y esté en nuestras manos darlo. Usted debe viajar a Mejillones y dirigirse a la Traxion que son las oficinas generales de la maestranza. Pedir hablar con Mr. McDonald que es el ingeniero jefe, el cual estará sobre aviso.
-Mr. Harbottle, no podría estar más agradecido. Sólo espero cumplir y estar a la altura de las circunstancias. Son ustedes extraordinariamente amables.
-Ni qué decir –contestó el gerente. Nosotros cumplimos con lo que nos manda Su Majestad. Espero que tenga éxito en su misión, detective.
-God save the Queen – le respondió éste.
-You do what to have to do and everething will be better. Y Viva Chile- le contestó el gringo en un inglés que Esteban pudo entender, aunque el Viva Chile lo encontró medio desabrido, con voz aflautada, le recordó el canto del gallo.
Esteban se paró de su asiento y se despidió, bastante emocionado. El inglés lo fue a dejar a la puerta de la oficina. Una vez abajo se topó, al lado de la garita, con el jeep prometido, pintado color ocre y sin distintivos, con las puertas abiertas y oliendo a lubricantes y a limpio. Un muchacho le daba las últimas pasadas de paño al parabrisas mientras que un jefe se acercó para decirle: “Firme aquí, por favor” y le extendió un libro de renglones y un lápiz. Esteban procedió a firmar y el hombre exclamó: “Es todo suyo, señor, puede abordarlo” y le hizo señas al sereno para que levantara la barrera. Esteban montó el vehículo, cerró la puerta, giró la llave que ya estaba puesta y conectó el arranque haciendo que el motor diera un rugido como fiera salvaje, acelerándolo sin soltar el freno. A continuación levantó la mano derecha y se despidió con una sonrisa de agradecimiento de esos ferroviarios que contestaron el saludo amigablemente. Puso el cambio y comenzó a salir a la calle lentamente, miró que no viniera nadie de Bolívar arriba y volteó a la derecha pasando la otra marcha. En la esquina, el semáforo estaba en verde así que pudo girar tranquilo a la izquierda por Balmaceda, enfiló esta calle y así, manipulando los cambios según necesidad, sorteó las dos esquinas con sus respectivos semáforos que le quedaban para llegar al hotel al cual ingresó saltando de felicidad. Viajaría a Mejillones al día siguiente, la tarde la aprovecharía para relajarse y gozar todo lo vivido hasta el momento. Subió a su habitación y volvió a tirarse sobre la cama. Dio la radio y buscó música. En Radio Minería reconoció el sonido del teclado eléctrico, la pianola, de “Los Ángeles Negros”. Luego escuchó la potente voz de Germaín:

Te dejo la ciudad sin mí / Me voy a andar el mundo sin ti. /  Te dejo el corazón también. / Donde iré no estarás, corazón, /  para qué…



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1 Pelícanos

2 Mugil cephalus, pez teleosteo

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