Capítulo VI: Mr. Harbottle
La ciudad de Antofagasta nació en algún momento durante la segunda mitad
del siglo XIX. Se dice que su primer habitante fue el copiapino Juan López
Alfaro, más conocido como el “Chango López”, quien en sus correrías de
prospección de minerales y yacimientos de guano de aves marinas descubrió los
blancos montículos de estas deposiciones nitrogenadas de plumíferos oceánicos,
ricas en potasio y fósforo, en las rocas de la entrada de lo que hoy es la
caleta de pescadores de la ciudad y que él llamó “Peña Blanca”. La historia
dice que el Chango López construyó la primera casa, sobre la base de tablas y
latas de tarros de parafina, en lo que en la actualidad constituye el sector
más antiguo de Antofagasta, cerca, o ahí mismo, de la esquina que conforman la
avenida Balmaceda y la calle Bolívar. Unos pocos años después, otro prohombre,
José Santos Ossa, proveniente de Huasco, descubrió, junto con la expedición de
cateadores que comandaba, salitre en el Salar del Carmen, a 110 kilómetros al
oriente. Para la explotación de las nuevas riquezas se formó la empresa
Sociedad Exploradora del Desierto que luego fue ampliada a Melbourne Clark y
Compañía, de capitales chilenos e ingleses. Cuando esta empresa obtuvo
autorización para operar un ferrocarril hacia el interior pasó a llamarse
Compañía de Salitres y Ferrocarril la cual tuvo mucho que ver con el inicio de
la Guerra del Pacífico pues en este punto cabe consignar que también por
motivos geopolíticos, pero en este caso desde la óptica estratégica global del
cono sur de América, por aquellos tiempos el amplio territorio chileno
comprendido entre Cobija y Paposo estaba en manos de la administración boliviana.
Concluida la guerra, y tras un breve paso por la ferrocarrilera
altiplánica Huanchaca, la Compañía traspasó todos sus activos y pasivos a la
londinense Antofagasta (Chili) and Bolivian Railway Company, en buen chileno,
Empresa Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia.
A ese edificio de Balmaceda con Bolívar debía dirigirse el detective
Grandón Pincheira al día siguiente de su arribo a la ciudad, en donde tenía
entrevista con su gerente general Mr. John Harbottle. Por eso se levantó a buena hora y tomó un
gran desayuno en la la terraza frente
al mar. Era un día lindo, pleno de sol quemante pero con una suave brisa que
soplaba desde el norte y contribuía a atemperar el incipiente calor veraniego.
Luego subió a su habitación, se lavó nuevamente los dientes y procedió a
perfeccionar su presentación. Llevaba puesto un pantalón de tela azul marino,
estrecho arriba, ancho abajo -tanto que el botapié le cubría todo el zapato- y
una camisa de mangas cortas blanca estampada con cuadrículas azules. Bajo los
sobacos se había echado, después de ducharse, una generosa capa de desodorante
“Etiquet” pero aun así se roció encima de la ropa, y un poco también en la piel
unas gotas de colonia “Tabaco”, de la marca “Mónix”. Luego se chantó una
chaquetilla corta de mezclilla, la cual, a la usanza de la época, le alcanzaba
sólo hasta la cintura, se miró por última vez en el espejo, acomodándose el
cabello con las manos pues no necesitaba peineta, y salió. La calle Balmaceda,
llamada Colón en el tiempo de la administración boliviana, no había cambiado
mucho, pese a la presencia del hotel, inaugurado haría unos 20 años atrás. Era
la parte más antigua y más castiza de la ciudad y se mantenía tal cual la
recordaba de sus épocas de estudiante, girando su mayor actividad en torno a
las labores del terminal pesquero. Edificios del siglo XIX y principios del XX,
a ambos lados de la calle, seguían ahí mismo, envejeciéndose, deteriorándose,
escasos en manutención de parte de la Municipalidad o de parte de organismos
nacionales de conservación y protección de edificios o monumentos
patrimoniales, entidades que ignoraban, o quizás despreciaban, el inmenso valor
histórico que tenían dichas construcciones, y prestándose, por el contrario,
para facilitar su utilización como sedes de organizaciones fiscales y civiles,
de duro trajín diario. El joven se acercó a la orilla del mar, en una alturita
sobre una baranda y observó que todavía quedaba playa pues al agua le faltaba
aún un par de metros para tocar con sus embates la muralla de piedra y cemento.
Observó también que todavía quedaban restos de los rieles de lo que fuera la
base del primitivo muelle de los tiempos del Chango López, destruido por el
paso del tiempo; y que los otros dos muelles, el que construyera la Compañía de
Salitres y Ferrocarril, frente a la calle Bolívar, y el del lado del hotel,
convertido en marina y club de yates, se veían más o menos intactos o por lo
menos en regular estado de preservación. Toda el agua se veía sucia, producto
de los trabajos del terminal pesquero, donde
los hombres destripaban peces y arrojaban
sus restos al mar, a la voracidad de los guajaches1 y de las gaviotas. También nadaban lisas 3 en
pequeños grupos, con sus típicas nucas aplanadas a flor de agua, y pequeños
cardúmenes de pececillos diversos picoteando por aquí y por allá. Plásticos y
otras basuras flotaban por doquiera a merced de la corriente, de las olas o del
viento. El olor en general no era muy bueno. Esteban prefirió seguir caminando
hacia su objetivo que quedaba sólo a una cuadra de distancia pues desde donde
estaba podía apreciar su imponente edificio del otro lado de la calle. Llegó a
la esquina y tuvo que esperar a cruzarla por el sonido de una campana que
anunciaba el paso de un tren por los rieles de trocha angosta tendidos a todo
lo largo de la calzada de adoquines. Era un convoy de carros planos cargados de
cátodos de cobre tirados por una locomotora Diésel pintada de color salmón con
rayas más oscuras, plañendo sistemáticamente su campanilla rumbo al puerto de
embarque que quedaba unos cien metros al sur del hotel. Una vez pasado ese
tren, Esteban esperó que el semáforo del tránsito le diera la luz verde y cruzó
la calle, justo donde la Avenida Balmaceda se convertía en calle Aníbal Pinto,
para entrar derechamente a la calle Bolívar, de orientación transversal, ante
ese hermoso y macizo edificio pintado color verde trébol, con vivos, cornisas,
balcones, marcos de ventanas, tapas regala, de color verde pino. El edificio
abarcaba más de una cuadra de largo y estaba construido en estilo neoclásico en
dos pisos, más altos que lo convencional y separados por una cornisa. Su
fachada era toda revocada en cal y su estructura, como casi todos los edificios
antiguos de Antofagasta, era de madera y caña. Casi enfrente de la calle San
Martín se encontraba la entrada, con un gran frontón triangular, una imponente
reja de madera pintada café oscuro, una barrera que controlaba el ingreso y
salida de vehículos y una garita. Penetró a ésta. Lo atendió un sereno con la
típica gorra de esta profesión, de color negro y visera plástica. Esteban
saludó, presentándose y declarando a lo que venía. El sereno respondió al
saludo y se dio vuelta a tomar un teléfono muy antiguo y de pared. Escuchó que
decía que ahí estaba un hombre joven proveniente de Santiago y que afirmaba
tener cita con el gerente general. Al parecer recibió confirmación de la
audiencia pues colgó el auricular, se
volteó hacia Esteban y le dijo:
-Puede pasar, el mensajero lo conducirá a las oficinas de la gerencia en
el segundo piso - y llamó al referido que era uno de los dos adolescentes que
trabajan allí, prestando servicios en los mandados.
Al penetrar a la amplia estancia de piso asfaltado, el joven detective
tuvo la sensación de remontarse en el tiempo, volviendo a la época de la Guerra
del Pacífico, que ya se le había venido a la memoria al pasar observando los
restos del muelle y las construcciones históricas. La edificación a que había
penetrado era toda de madera y, hacia su parte oriente, antigua estación de
ferrocarriles, tenía un gran corredor, con hermosas bancas de hierro y madera,
algunos objetos como carros antiguos de traslado de equipajes y una columnata
de pino Oregón, de finas terminaciones en sus basas y capiteles, toda pintada
café moro, que soportaba un balcón corrido dando lugar a un pasillo
relativamente ancho el cual albergaba múltiples puertas que constituían los
ingresos a dependencias que seguramente eran sendas oficinas. Pero el mensajero
lo condujo al edificio de la parte poniente, a su izquierda, macizo y sin
corredores, para lo cual tuvieron que subir por una escalera exterior, también
de pino Oregón y también pintada café oscuro, que llevaba, en dos tandas,
merced a un descanso, al segundo piso. Llegados arriba penetraron a una sala
amplia llena de escritorios en donde muchos hombres, y algunas mujeres,
trabajaban afanadamente en máquinas de escribir “Olivetti”, al par que otros se
entretenían en la revisión de documentos, reinando allí una gran actividad
laboral. El mensajero lo presentó con el empleado que al parecer oficiaba de
jefe de esa oficina quien a su vez lo hizo pasar a una dependencia menor en
donde lo recibió la persona que Grandón supuso el secretario personal del
gerente, que se paró a recibirle dándole la
mano:
-Cómo está, señor Grandón, el gerente lo está esperando. A las once era
la cita y son las once en punto… me dijo que lo hiciera pasar apenas llegara…
adelante por favor -y le abrió la puerta.
El detective Grandón creyó estar en el Reino Unido cuando entró a la gran
oficina. Todo blanco, todo inmaculado, con pinturas al óleo en las paredes y el
techo, con una gruesa alfombra rectangular y espesos cortinajes sobre el amplio
ventanal que daba al mar. Por todas partes predominaban los colores nacionales
de Gran Bretaña y no faltaba un retrato de la familia real junto con
fotografías de máquinas y carros del ferrocarril en plena faena. El hombre, un
típico anglosajón de cabellera clara, vistiendo esmerado traje y corbata, todo un
gentleman, se paró de su asiento tras el escritorio de madera maciza y acudió a
saludar al recién llegado con la mano extendida:
-Cómo está, señor, cómo ha llegado, bienvenido, –le dijo en un castellano
champurreado pero entendible, al par que le estrechaba la diestra.
-Todo muy bien –le respondió Grandón- todo muy bonito, linda la ciudad y
muy lindo este edificio.
-Asiento, por favor –le dijo el gringo-, ¿se sirve algo? –y le mostró con
un ademán el pequeño bar a un costado en el cual a lo lejos se podía apreciar,
entre otras, por lo menos dos botellas de whisky de las mejores etiquetas.
-Un té, si no fuera mucha la
molestia -le dijo.
-No faltaba más –contestó el inglés –y agregó
apretando el intercomunicador, acercándole la cabeza: Two English tea hear please, with sugar apart.
-Pareciera ser usted una persona muy importante -le dijo al cabo-. A
nosotros nos llamaron del Foreign Office, previa intercesión de la cancillería
de su país, y al parecer con instrucciones precisas transmitidas desde el
mismísimo MI6. Nosotros vamos a cooperar en todo lo que podamos.
Llegaba el té y ambos hombres aspiraron el aroma de aquella infusión de
negras hojas sumidas en agua hirviendo en una tetera de loza sobre una bandeja
de igual material, haciendo juego con dos tacitas y un pocillo de azúcar y las
correspondientes cucharillas, Todo proveniente de la misma Inglaterra. El mozo
sirvió a ambos y luego preguntó: “¿azúcar?”.
-Media cucharadita–contestó
Esteban.
-Para mí, una –dijo a su vez el
inglés.
-Sí, dijo Esteban -dando el primer sorbo
al té, quemándose un poco-, esto parece ser grande, pero todavía no hay nada
seguro. Es toda intuición.
-E información confidencial –se apresuró a exclamar
Harbottle-, de qué otra manera se explica que haya llegado a tan altas esferas.
-Algo de eso hay. Pero a mí no me han explicado nada. Sólo
tengo la orden de investigar.
-Nosotros somos ferroviarios –dijo Harbottle, seco-. Nuestra
misión es manejar esta empresa y transportar toda la carga desde y hacia el
interior e incluso desde y hasta Bolivia. Nada tenemos que
ver con policías ni tampoco queremos saber que se traen entre manos. Pero vamos
a cooperar, tal como nos lo han pedido.
-Sería de vital importancia –aseveró Grandón, sin mencionar el hecho de
que él había sido el autor del plan que involucraba al FCAB.
-Look sir -retrucó al final el
gerente- aquí abajo, en la explanada tenemos un Land Rover, en buenas
condiciones, recién salido del taller. Se lo prestaremos, y con el tanque lleno
de bencina. Con él puede usted transitar por la carretera o por la pampa porque
es para todo tipo de terreno, con tracción en las cuatro ruedas.
-¡Oh, caramba! -no pudo dejar
de exclamar Esteban.
-Y eso no es todo –siguió el gringo-, en Mejillones, porque se nos ha
pedido que lo apoyemos en Mejillones, usted podrá ocupar uno de los bungalow
que la empresa tiene sobre la playa. Se usan preferentemente en verano pero
hemos pedido que uno de ellos quede libre, a su disposición. Las comidas usted
las podrá tomar en el Rancho Inglés que queda por ahí cerca. Y en la maestranza
también le proporcionarán la bencina que necesite y todo aquello que le haga
falta y esté en nuestras manos darlo. Usted debe viajar a Mejillones y
dirigirse a la Traxion que son las oficinas generales de la maestranza. Pedir
hablar con Mr. McDonald que es el ingeniero jefe, el cual estará sobre aviso.
-Mr. Harbottle, no podría estar más agradecido. Sólo espero cumplir y
estar a la altura de las circunstancias. Son ustedes extraordinariamente
amables.
-Ni qué decir –contestó el gerente. Nosotros cumplimos con lo que nos
manda Su Majestad. Espero que tenga éxito en su misión, detective.
-God save the Queen – le respondió éste.
-You do what to
have to do and everething will be better. Y Viva Chile- le contestó el
gringo en un inglés que Esteban pudo entender, aunque el Viva Chile lo encontró
medio desabrido, con voz aflautada, le recordó el canto del gallo.
Esteban se paró de su asiento y se despidió, bastante emocionado. El
inglés lo fue a dejar a la puerta de la oficina. Una vez abajo se topó, al lado
de la garita, con el jeep prometido, pintado color ocre y sin distintivos, con
las puertas abiertas y oliendo a lubricantes y a limpio. Un muchacho le daba
las últimas pasadas de paño al parabrisas mientras que un jefe se acercó para
decirle: “Firme aquí, por favor” y le extendió un libro de renglones
y un lápiz. Esteban procedió
a firmar y el hombre
exclamó: “Es todo suyo, señor, puede
abordarlo” y le hizo señas al sereno para que levantara la barrera. Esteban
montó el vehículo, cerró la puerta, giró la llave que ya estaba puesta y
conectó el arranque haciendo que el motor diera un rugido como fiera salvaje,
acelerándolo sin soltar el freno. A continuación levantó la mano derecha y se
despidió con una sonrisa de agradecimiento de esos ferroviarios que contestaron
el saludo amigablemente. Puso el cambio y comenzó a salir a la calle
lentamente, miró que no viniera nadie de Bolívar arriba y volteó a la derecha pasando
la otra marcha. En la esquina, el semáforo estaba en verde así que pudo girar
tranquilo a la izquierda por Balmaceda, enfiló esta calle y así, manipulando
los cambios según necesidad, sorteó las dos esquinas con sus respectivos
semáforos que le quedaban para llegar al hotel al cual ingresó saltando de
felicidad. Viajaría a Mejillones al día siguiente, la tarde la aprovecharía
para relajarse y gozar todo lo vivido hasta el momento. Subió a su habitación y
volvió a tirarse sobre la cama. Dio la radio y buscó música. En Radio Minería
reconoció el sonido del teclado eléctrico, la pianola, de “Los Ángeles Negros”.
Luego escuchó la potente voz de Germaín:
Te dejo la
ciudad sin mí / Me voy a andar el mundo sin ti. / Te dejo el corazón
también. / Donde iré no estarás,
corazón, / para qué…
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1 Pelícanos
2 Mugil cephalus, pez teleosteo
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