El eje La Habana–Miami constituyó el dorado del tráfico de cocaína
durante la primera mitad del siglo XX. La presencia y acción de grandes capos
de la droga, incluso de la “Cosa Nostra”, en la cálida e influyente ciudad del
sureste norteamericano, puerta de entrada de Latinoamérica y el Caribe a las
grandes urbes del subcontinente, estaba supeditada en gran medida a la
introducción de cocaína elaborada en laboratorios de Argentina, Brasil, la
misma Cuba o México sobre la base de las hojas de coca reducidas a pasta y
contrabandeada desde plantaciones indígenas de las regiones andinas y
amazónicas de Bolivia y Perú. Algo de ello, pero en menor escala se traficaba
por Chile, aunque la ciudad de Santiago hacia esos tiempos era considerada
también un lucrativo centro consumidor. Sin embargo, la revolución cubana de
1959 y la asunción del poder por regímenes fuertes en Argentina y Brasil, y de
regímenes autoritarios tanto en Bolivia como Perú, cambió este estado de cosas,
en términos de que los productores y traficantes de droga fueron reprimidos,
encarcelados o expulsados por dichos regímenes totalitarios y sus laboratorios
o centro de producción o refinamiento suprimidos. Entonces los ojos de los
narcos se volvieron hacia Chile que pasó a ser el gran centro de distribución
de la coca, la base del grupo de traficantes que controló la circulación de la
droga desde fines de los años 50, importada clandestinamente desde las regiones
fronterizas del Norte y refinada en laboratorios artesanales y encubiertos
dando como resultado un producto con distintos grados de pureza, que era elaborado
principalmente en aquellas localidades septentrionales pero también en Santiago
y toda la zona costera de Valparaíso, para su trasiego directo a Panamá, México
y Estados Unidos y después a Europa que cada vez alcanzaba un mayor nivel de
consumo y tráfico. Este comercio ilícito dio lugar al surgimiento espontáneo de
grandes fortunas en el país, de clubes espurios, prostíbulos y garitos, junto
con el comercio sumergido de dólares y de todo tipo de mercaderías suntuarias,
obtenidas del mercado negro, lo que a su vez redundó en la corrupción de
funcionarios y autoridades, especialmente en las esferas político judicial,
policíaca y hasta militar, dando lugar a una red que, en vista de la atracción
producida por la riqueza fácil, la codicia y la concupiscencia, proporcionó a
los traficantes un soporte de protección e inmunidad frente al desinterés de la
opinión pública y de las mismas autoridades ya que el país estaba en otra cosa,
inmerso en la gestación de significativas trasformaciones institucionales,
especialmente en las áreas económica y social, todo lo cual eran vastamente
discutido en la prensa, la radio y la televisión, y peleado en las salas del
Congreso y en la calle.
El detective Esteban Grandón, después de hablar por teléfono con su
madre, salió del local y abordó su Austin Mini Cooper, pintado de gris, con
carrocería de fibra de vidrio, armado en Arica, regalo de su padre cuando
cumplió los 21 años; y se dirigió hacia el barrio Franklin. Estacionó por ahí y
procedió a sacarse los bigotes postizos y aquellos lentes redondos y pequeños
los cuales no tenían ningún aumento sino que, al igual que los bigotes, formaban
parte de su disfraz o caracterización. Descendió y se dirigió al sitio en que
solía tomar sus comidas, entrando en un negocito en donde pidió lo que tenían
del día, un guiso de pollo con arroz y ensalada. El desabastecimiento estaba
golpeando fuerte a todos los sectores pero siempre se podía encontrar una
comida bien chilena: porotitos con riendas, fideos con carne molida, arroz con
huevo, pollo arvejado con papas, charquicán, estofados, etc.; las ensaladas tampoco
faltaban pues La Vega y Lo Valledor seguían funcionando en forma regular, bajo
el impulso del tenaz trabajador agrícola chileno y de los comerciantes. Esteban
comió despacio, pensando en lo suyo más que en disfrutar su comida. En su mente
bailaba una idea fija. Lo haría. Aprovechando su libertad de movimientos,
viajaría a Antofagasta y Mejillones y asumiría la tarea aún sin apoyo de su
institución. Correría solo, no importando los riesgos a que pudiese verse
expuesto. Y a cada momento que pasaba, más se afianzaba esa idea en su ánimo.
En la radio del local empezó a sonar el tema de Los Beatles “All you need is love”, en la voz
principal de John Lennon:
There’s
nothing you can do that can’t be done.
Nothing you can sing that can’t be sung.
Nothing you can sing that can’t be sung.
Nothing you
can say, but you can lern how to play the game.
It’s easy
Y siguió ahora comiendo
con más ganas su pitanza, acompañándola con un simple Cachantún, cada vez más
entusiasmado en la medida que progresaba la música. Se daría una semana de
plazo, ni un día más. Si al cabo de ese tiempo no recibía noticia de sus jefes,
partiría hacia el Norte, sin apoyo. Su plan consistía en acudir a primera hora
de la mañana siguiente a la oficina del Banco del Estado de la calle Bandera y
proceder a retirar todos los recursos de su libreta de ahorros. La inflación
monetaria del país estaba muy alta, superior al 100%, pero eso, si bien
resultaba catastrófico para los gastos, favorecía por otro lado los ahorros
alcanzados a pactarse en términos favorables. Con ese dinero pensaba dirigirse
al terminal de Buses Norte, ubicado en el barrio Mapocho, a reservar un pasaje
a Antofagasta en la empresa Fenix Pullman Norte. Luego, someterse a un régimen
fuerte de acondicionamiento físico, aprovechando aquellos días para acudir al
gimnasio del Club Italiano, al cual se hallaba adscrito. La verdad es que iba a
ese gimnasio unos tres días a la semana, en donde practicaba la natación, 350
metros, 7 vueltas a la piscina, en estilo crol; o bicicleta estática, una media
hora en distintos niveles de resistencia; junto a una rutina de fuerza con
pesos ligeros y máquinas. Y seguía también el régimen de alimentación
aconsejado por los instructores. Pero ahora no iría tres días a la semana a
hacer ejercicios sino tres días seguidos, como parte de su preparación y debido
al poco tiempo disponible. En Antofagasta conocía lugares en que se podía
alojar y comer por precios módicos y además allá adquiriría todo el equipo
necesario. Reposó un rato tomando un té, pagó la cuenta y salió a la calle,
hacia su automóvil. Iba contento… y decidido. Bailaba en su mente un propósito
ya forjado.
Su vida había cambiado cuando su padre, establecido como ingeniero de
ejecución mecánica en Mejillones, ingresó a trabajar a la empresa minera
Chuquicamata, propiedad de la sociedad norteamericana Anaconda Copper Mining
Co., y que justamente el año anterior había sido nacionalizada por el gobierno
de Chile en un ambicioso programa de reformas estructurales a la economía
nacional mediante cambios a la Constitución Política de la República aprobados
por mayoría absoluta en el Congreso. Pero su padre había alcanzado a obtener
buenos resultados de su trabajo con los gringos logrando ser trasladado a la
oficinas de la empresa de la Compañía en Antofagasta en donde pudo comprar su
casa, aprovechando los terrenos que se vendían en el sur de la ciudad el cual
recién se estaba poblando por lo tanto esos sitios prediales y las
construcciones que allí se erigían se
transaban en precios muy asequibles. Aún así, Esteban no olvidaba su infancia
transcurrida en Mejillones, la escuela primaria, los desfiles en la plaza y las
correspondientes fotos tomadas al pie del busto en bronce del héroe naval Juan
José Latorre, los largos veranos, la playa, las olas y la pesca de jureles a la
cual solía acompañar a su papá al muelle. Se trasladó a Antofagasta justo
cuando estaba por cumplir los 13 años de edad y sus padres lo matricularon en
el Liceo de Hombres de calle José Santos Ossa. Pero de esa época, lo que más lo
emocionaba era el recuerdo de sus tres primeros años en el edificio de tres
pisos que daba a la calle 14 de Febrero. La Sra. Cora, profesora de Historia;
Claudio Lucero, profesor de Educación Física; Constantino Farandato, profesor
de Castellano, Monsieur Zamorá (sic), profesor de Francés; Gloria Araya,
profesora de Artes Plásticas; el señor Rojo, profesor de Matemáticas (¿tenía
que llamarse “Rojo” y ser de Matemáticas?), los inspectores Encina y Villegas
(“Villega, llega”), el Inspector General Panchito Bretón; el director Mario
Bahamondes, reconocido escritor; el subdirector Heriberto Jiménez (los alumnos
lo llamaban “el Búho”, por sus lentes ópticos verde oscuro y gruesos). También
recuerda haber tenido algunos talleres, pero cuando ya estaba en 4° año, con el
célebre escritor y poeta Andrés Sabella, toda una celebridad en Antofagasta.
Jugó fútbol por el Chacarita Juniors Fútbol Club, cuya sede estaba en una
pequeña calle entre Washington y Balmaceda, en la plaza Colón, empezando desde
la serie 3ª Infantil y jugando en una cancha del sector Bellavista la cual en
uno de sus laterales era notoriamente inclinada hacia el mar cercano. Fue
creciendo y entró a la adolescencia. Estuvo a punto de repetir el cuarto año y
fue por la mala costumbre de hacer la cimarra e irse a fumar cigarrillos
“Liberty” a la Avenida Brasil. Se salvó rindiendo exámenes orales en marzo,
pero por un pelo pues fue sólo debido a la gracia de Dios que logró zafar ese
nudo corredizo que ya casi lo tenía asegurado. Y ahí mismo se prometió no caer
nunca más en ese oprobio pues la capacidad intelectual y la destreza las tenía,
y con creces, faltando sólo la voluntad de la cual ahora sí dispondría, lo que
a la postre dio como resultado que transmutara a muy buen alumno en 5° y 6° año
y lograra un puntaje considerable en la Prueba de Aptitud Académica de ingreso
a la Universidad. La ceremonia de licenciatura fue en el patio principal del
liceo y de ahí los alumnos se trasladaron a celebrar al Club Italiano, en la
calle Prat, más arriba de Matta. Justo en la esquina existía la boîte “La
Sirena” a la cual algunos chicos se escaparon
tipo 3 de la mañana.
Primera vez en la vida, a sus dieciocho años, que
Esteban veía una mujer en ropa interior, un conjunto de calzón y sostén
blancos, muy ceñidos y sensuales, en un cuerpo macizo pero esbelto y de barriga
plana; la dama tenía su cabello peinado en moño y calzaba zapatos de taco de
aguja negros. Terminaba su baile cuando entraron y Esteban la vio pasar como
una ensoñación. Y de ahí para adelante todo fue aburrimiento pues el local ya
estaba cerrando, así que volvieron a la fiesta. Sus padres querían que
estudiara una buena carrera, que se trasladara a Santiago e ingresara a
Derecho. Pero él insistió en quedarse en su ciudad. Quería algo más movido,
como entrar al Ejército o a la Armada. Por eso cuando meses atrás había acudido
a inscribirse para hacer el Servicio Militar, en el Batallón Logístico de
Antofagasta, ubicado en las inmediaciones de la Avenida Brasil, en conjunto con
jóvenes universitarios de 22, 23 y hasta 24 años de edad, todos en trámite de
aplazamiento del servicio, por sus estudios, recibió la sorpresa del oficial a
cargo quien le dijo que el valor de las estampillas correspondiente al impuesto
que debía pagar era más alto que aquellas que le estaba pasando cuando se las
pidió. “Es que yo quiero hacerlo”, le respondió, y en ese caso el valor de sus
estampillas era el que correspondía. “Ahhhh”, exclamó algo extrañado el oficial
pues Esteban en esos tiempos era demasiado flaco y no había perdido en gran
medida parte su cara de guagua. Así que fue al servicio militar, todo enero y
febrero y parte de marzo, en el curso especial de estudiantes del Regimiento
Exploradores, que en sus primeros tiempos había sido de caballería, derivando
después a Blindados, cambios que son corrientes en el Ejército. Le tocó en la
compañía Plana Mayor pero cuyos integrantes operaban de tiradores blindados, a
bordo de carros semioruga de la Segunda Guerra Mundial pintados color ocre.
Allí se encontró con muchos amigos y conocidos del Liceo de Hombres, incluso
dos de ellos eran sus compañeros de curso, pero la mayoría de los jóvenes
provenía de la Universidad Técnica del Estado y algunos, los menos, de la
Universidad de Chile. En este primer período de instrucción fue sometido a lo
que los militares llaman “ejercicios de escuela”: formaciones, giros, guardias,
protocolos, gritos y órdenes, vida militar y manejo básico del arma, una
carabina Garand M14, derivado del famoso fusil Garand M1 de la World War Two. Todo eso le quedó gustando y cuando
egresó de esta primera etapa pasó directamente a la Universidad del Norte en
donde ingresó a 1er año de Historia. Quería ser un investigador como los
arqueólogos Hiram Bingham, Heinrich Schliemann o Howard Carter. De acuerdo a ello, un año le bastó para decepcionarse. La segunda temporada
en el Ejército le correspondió
instrucción especializada. Entonces salieron al desierto montando los semioruga
M 4, con una ametralladora Browning punto cincuenta instalada adelante y otra
punto 30 atrás. El carro llevaba 12 tiradores sentados frente a frente y a él
le correspondió ser el tirador número 1, por lo tanto tenía que portar el fusil
automático Browning, conocido como BAR1, un rifle largo y pesado,
con un cargador tipo cajetilla para 20 tiros y un bípode plegable bajo la boca
del cañón. Los semioruga maniobraban en formación en línea sobre la pampa. A
una orden, los soldados conscriptos aspirantes a oficiales tenían que bajar por la puerta de la
carrocería y trotar tras el carro blandiendo sus armas. A una segunda orden,
los soldados tenían que trasladarse a los flancos del vehículo y seguir
trotando. Una orden final significaba que el tirador 1, o sea él, debía
adelantarse unos 30 metros e instalar su armatoste para disparar (o hacer como
que disparaba pues todo era simulado ya que el Ejército estaba tan pobre que ni
balas tenía), protegiendo el ataque de sus compañeros que avanzaban apuntando
sus carabinas. Sólo recuerda de estas acciones que el cansancio lo invadía por
completo, trotando más de cien metros y llevando un arma de más de 10 kilos de
peso. La orden final de ¡a la carga!, para ir con todo a tomar una alturita, lo
pillaba, como se dice, “con la lengua afuera” y el corazón latiendo a mil. En
una situación real habría sido una baja segura. Quizás necesitaría para estas
ocasiones una pizca de especie de pichicata, quizás un chocolate negro, o algo así.
Siempre se había rumoreado que los soldados de la Guerra del Pacífico ingerían
pócimas extrañas para darse esa cuota de energía extra que necesitaban, en esos
mismos desiertos y bajo esas mismas condiciones ambientales pero bajo fuego
real y enemigos no imaginados. Lo mismo se ha escrito sobre el uso de drogas
por los soldados de la Segunda Guerra Mundial, anfetaminas por los alemanes y
yanquis, bencedrina por los ingleses, metanfetaminas por los japoneses en sus
ataques banzai y de kamikazes que ellos llaman tokotai. Aunque hay investigadores
que lo niegan o lo ponen todo en el plano de la relatividad, dependiendo de lo
que buscaba el hombre, si el enardecimiento, mejorar la capacidad física o
vencer el miedo. Para Esteban se trataba sólo de aumentar la energía que le
faltaba con ese duro trajín a que era sometido. Habría bastado con unas mascadas de un simple
chocolate negro, o simplemente cambiar
de función, dejando la de
tirador 1 para alguien menos flaco y más fortacho. Meditando después cuando ya
era un agente de la Beja, pensaba que es así como los
jóvenes se enredan en la droga y sus
consecuencias. Prueban por un motivo determinado, queriendo ser y rendir más y
mejor, y después no pueden salir de ella.
Fue en ese segundo período de instrucción, estando en el cuartel, cuando
se acercó Ledesma, que había sido uno de sus compañeros de curso en el liceo,
un joven alto y medio desgarbado, tipo “Torombolo” 2, de tez blanca y pelo tirando a cobrizo, un tipo muy
alegre y buen deportista que tenía un hermano que estudiaba medicina en el
extranjero. Venía en esta ocasión a despedirse uno por uno de sus compañeros de
la milicia pues lo habían notificado desde la guardia que su familia lo buscaba
para retirarlo ya que había quedado aceptado en la escuela de oficiales de Carabineros
y debía viajar a acuartelarse en el acto. Todos lo felicitaron y Ledesma, el
Flaco Ledesma, se fue con su bolsito entre contento y emocionado. Entonces
Esteban pensó: “¿Por qué no yo? No a Carabineros, no, pero quizás a una
institución similar, como Investigaciones”. Y desde ese momento empezó a darle
vueltas a la idea y a indagar todo lo que se pudiera sobre esa policía. Cuando
fue licenciado del servicio militar y volvió a su casa del barrio Jardines del Sur, ya lo tenía decidido, congelaría sus
estudios en la universidad y postularía a la Escuela de Investigaciones, en
Santiago. Su familia armó un berrinche, especialmente su mamá, pero al final
logró que su padre lo acompañara a Santiago a rendir las pruebas de ingreso,
tanto de conocimientos como físicas y someterse un chequeo médico de rigor, no
pasando mucho tiempo para ser informado que había quedado aceptado pues ese
año, rindiéndose la segunda temporada de exámenes en marzo, las clases
comenzaban durante la segunda quincena de abril. Entonces su padre lo dejó
instalado en un departamento del Parque Forestal, cuyo canon de arriendo pagó
por un año, fijándole además una pensión mensual mediante la apertura de una
libreta de ahorros en el Banco del Estado, para sus gastos y menesteres.
La Escuela Técnica de Investigaciones estaba ubicada en la calle Brown
Norte N° 543, cerca de la Plaza Ñuñoa y del campus oriente de la Pontificia
Universidad Católica. Era una casona antigua pero de buena construcción e instalaciones, una ex vivienda
de familia rica y tradicional chilena. Además de las oficinas y
del gran patio, el edificio tenía solamente cuatro aulas, dos para el 1er año y dos para el 2°
ya que cada curso era doble, de cuarenta alumnos cada uno. A él le tocó el
curso B del Primer Año. Sería porque rindió las pruebas de ingreso en segunda
instancia. Pero después se enteraría de que, aún así, había sacado el
mejor puntaje de toda esa cohorte de ingreso. Lo informó en un acto de apertura
de semana el director del establecimiento, el sub prefecto Hernán Romero
Espinoza, un policía a quien siempre Grandón Pincheira encontró muy
profesional; duro y frontal pero a la vez acogedor y comprensivo. Lo mismo que
el subdirector Enrique Marín. Las clases eran realizadas por profesores
universitarios quienes se hacían cargo, por una parte, de las asignaturas
relacionadas con el Derecho (principalmente penal, civil y constitucional,
además de legislación de extranjería y policía internacional); y por otra, de
Medicina Legal y Primeros Auxilios. Mientras que miembros de la institución con
los grados de prefecto, subprefecto y comisario se hacían cargo de los ramos
técnicos, como dactiloscopia, criminalística, psicología, orientación,
redacción y documentación, mecánica y conducción, manejo de armas y tiro,
educación física y defensa personal, y otros. Y a pesar de que el país estaba
totalmente convulsionado en lo político, económico y social, nunca en la
Escuela se tocó esos temas, ni siquiera la religión, como tampoco sucedió en
los tiempos que fue miembro del ejército. Todo lo contrario, lo que allí se
decía era que el soldado o aspirante era apolítico, con un único partido al
cual servir, la patria. Cuando al curso de Esteban le tocó licenciarse, los
aspirantes a detectives hicieron el juramento de rigor: “prometo solemnemente…
por mi honor y por mi bandera… cumplir con honradez y lealtad… ser disciplinado
y respetuoso… esforzarme en mi perfeccionamiento profesional… velar por el
respeto de la justicia… combatir la delincuencia… hasta rendir la vida si fuese
necesario”. Y cuando atronaron las salvas de honor muchos de los ojos de esos y
también esas jóvenes, se encontraban brillantes y humedecidos por la
efervescencia anímica. Esteban fue premiado como uno de los mejores alumnos de
la promoción y recibió la beca para perfeccionarse en el extranjero. Las tres
primeras antigüedades se hacían merecedoras de beca al exterior para lo cual
podían escoger entre Estados Unidos, Francia o Canadá. Esteban escogió Francia.
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1 Browning Automatic Rifle
2 Personaje de la serie cómica norteamericana “Archie” y que se caracteriza por ser un joven alto y desgarbado
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