viernes, 10 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972, Capitulo IV




Capítulo IV: Diamantes Eternos


Arnaldo Pasci Cortés era un ciudadano chileno de origen boliviano. Su padre había emigrado a mediados de los años 40 desde el altiplano a la ciudad de Antofagasta en donde casó con la chilena Lucía Cortés y siempre se dedicó al comercio, especialmente en los tiempos del puerto libre de Arica, coyuntura que fue por él ampliamente aprovechada para el contrabando de mercaderías suntuarias, sorteando los controles aduaneros, muchas veces soltando un billetito por aquí o por allá, sobornando, practicando el paterismo y repartiendo regalitos; las cuales vendía en un puesto que tenía autorizado en la feria de la plaza del mercado de su ciudad. El negocio fue siempre en alza y pronto le dio para comprarse una camionetita de segunda mano, una cachurreta que había que mantener en constante estado de reparación pero que a él le servía para recorrer los diversos poblados de la pampa dejando su mercancía a concesión en negocios, plazas y ferias, y siempre en forma creciente. Arnaldo Pasci Cortés heredó esta tradición de su padre y la expansionó porque pronto los lotes de pilas y juguetes, los costales de ropa de toda clase, las cajas de utillaje al menudeo, fueron creciendo en cantidad y dimensiones. Arnaldo desechó la cachurreta de su progenitor, la dejó abandonada en un basural y se compró una Toyota tres cuartos impecable, al par que comenzaba a comprar dólares porque en aquellos tiempos en Antofagasta pero principalmente en Calama y Chuquicamata había una gran circulación de la divisa norteamericana ya que las compañías de la Anaconda pagaban las remuneraciones a sus trabajadores en esa moneda extranjera. Pasci se asoció con su paisano Cristóbal Cuellar Quispe, quien provenía de Iquique y también tenía su camioncito junto con el cual se trajo las mañas y el conocimiento transaccional acumulados en el bajo mundo del puerto histórico. Ambos, con todo ese bagaje y ya constituidos como sociedad espontánea, ampliaron su giro de acción y maniobraron sus respectivos vehículos rumbo a Santiago cargados con los productos de nylon de Arica, para, ya en la ciudad capital, y echando mano a los buenos dólares acumulados, adquirir directamente en fábrica productos elaborados con los cuales cargaron sus carrocerías ya desocupadas para retornar al Norte. Ese negocio fue grito y plata. Tres, diez, veinte, cien veces lo repitieron. Y el dinero empezó a acumularse. Cuando el país entró en recesión económica, por los problemas políticos y económicos derivados de las grandes transformaciones programadas desde el gobierno, lo que a la larga produjo inflación, desabastecimiento y mercado negro; y cuando se perdió el poder del dólar porque el Estado, el nuevo dueño de las grandes minas de cobre, empezó, como era natural, a pagar a sus trabajadores en escudos chilenos, aquellos comerciantes chileno bolivianos direccionaron la punta de sus camiones al desierto, hacia Bolivia, adonde comenzaron a llevar tanto la mercadería proveniente de Arica como la que ellos importaban directamente desde Santiago y alrededores. La pobreza de los habitantes de los poblados de la frontera boliviana y las duras condiciones climáticas que tenían que soportar, lo que les privaba de la diversificación de su economía y les obstaculizaba el progreso, llevó a esa gente ofrecer a cambio de las ricas mercaderías provenientes de Chile y que tanto necesitaban, un producto consuetudinario de su pueblo, la pasta de coca y hojas de coca desecadas, lo que para los chilenos se convirtió en una mina de oro. Los laboratorios clandestinos de refinación del alcaloide proliferaron tanto en la zona fronteriza de Bolivia como en Chile, en San Pedro de Atacama, en Calama, Sierra Gorda, Antofagasta, utilizando casonas viejas y lugares más o menos apartados, libres de sospecha y aprovechando el desinterés generalizado de las autoridades y de la opinión pública hacia los peligros de la comercialización y consumo de aquella sustancia ilícita. El dinero crecía a raudales y las propiedades y bienes muebles producto de su lavado se multiplicaban. Esto hizo que la policía y las autoridades comenzaran a sospechar y entonces devino la corrupción. Pequeños poblados del otro lado de la frontera, como Pisiga, Quetena o Soniquera, que no contaban con más de 800 o 1000 habitantes y un modesto caserío, se vieron de pronto premunidos de grandes bodegas en donde se almacenaba la mercadería contrabandeada desde Chile, rumbo a Potosí, Oruro, Cochabamba y La Paz, y también la pasta base de coca traída desde El Chapare y desde las selvas Yungas, rumbo a Antofagasta. La frontera era cruzada por los pasos habilitados de Ollagüe y Cajón, con la droga escondida, camuflada o recurriendo, para ello, directamente a la coima. Pero la mayor parte de la misma correspondía al tráfico hormiga de los burreros que burlaban la vigilancia policial a través de pasos no autorizados, como Tocorpuri y Apacheta y el muy peligroso paso de Chaxas que ya entonces, con los problemas de relaciones entre los países derivados del desentendimiento geopolítico, se había visto sembrado con las primeras minas anti hombres y anti vehículos. Hacia principios de 1972, la BNDD había husmeado que se preparaba un importante cargamento de cocaína, en pasta de coca y clorhidrato, desde un lugar del norte de Chile, y que las detenciones que se produjeron en Iquique -en que llegó a descubrirse que un alto funcionario del juzgado del crimen de esa ciudad resultó ser el dueño de uno de los laboratorios de refinación, lo que le costó el puesto al mismísimo presidente de la Corte de Apelaciones iquiqueña junto con la incautación de mercadería y la requisa de propiedades y bienes adquiridos con dinero sucio-, había retrasado la operación, por lo que el jefe máximo de la célula internacional de narcos, de extracción centroamericana o quizás de los estados de sur de USA, con los millones saliendo de sus bolsillos, había tenido que trasladarse en persona al lugar de los hechos a fin de reorganizar toda la situación. Ese hombre sería “M”, según los yanquis, o “Murat”, de quien se tenía conocimiento aunque sólo de nombre como integrante de la mafia cubana de los años 50. La teoría que manejaban los norteamericanos residía en que para obviar la zona caliente de Iquique, el trasiego tendría que necesariamente hacerse por un puerto de más al sur. Específicamente, desde un punto que todo el mundo visualizara y nadie diera por desconocido, por su inmensidad, aunque fuese por textos: Punta Angamos. Y en una fecha en que la operación pudiera pasar desapercibida para la policía nacional e internacional: Navidad. Es decir, para ellos todo partía del supuesto de que el desastre de lo que consideraban la primera parte de la operación había incidido en que su práctica definitiva se corriese para finales del año y por un lugar nuevo y desprotegido. Esa era la apuesta de la BNDD y de Interpol, un tiro al blanco, un salto al vacío, y con los ojos vendados, una pura intuición elaborada a partir de un algoritmo formulado sobre bases solo medianamente  fijas. Pero el trabajo del joven detective chileno Grandón Pincheira había posibilitado, por su cuenta, dar con la aguja en el pajar. Una gallinita ciega que pilla a un gallo, el hippie marihuaneado y bebido del bar de Valparaíso, a quien da inteligentemente un apretón para obtener de él un dato, una pista, dos palabras claves, que unidas a la presunción de los agentes de la BNDD y de la Interpol, ellos sí actuando de consuno, contribuía a dar apariencia de realidad a lo que hasta entonces había sido sólo una ecuación de doble incógnita, la de los gringos y la de los chilenos, pero todavía con algunos términos sin precisar. Grandón Pincheira tenía ahora la palabra, el juego quedaba en sus manos, todo descansaba en lo que él pudiera hacer. Obtendría el cielo, la gloria, el triunfo, pero también ello le podía significar el infierno, la perdición, la muerte.
Como al cuarto día de su entrevista con el Director, Esteban recibió un télex en su departamento. Era de su jefe y le decía en forma terminante que esa noche, a las 20 mil, debía estar en su casa porque lo irían a visitar.
Pacientemente, y conforme a su formación, Esteban hizo ese día todo temprano. Almorzó justo al medio día, fue al gimnasio a las 16.000 y volvió a las 18.00, hizo las comidas de rigor, y a las 19.00 se sentó tranquilamente en su pequeño living a esperar. El timbre sonó exactamente a las 20.00 Hrs. Era el jefe López acompañado del Subdirector Samuel Hernández y un inspector de la planta del cuartel general que portaba unas cajas.
-Hola, Grande (debía ser importante porque esta vez el jefe, quien no lo había apoyado desde el principio, lo trataba con su pseudónimo), cómo has estado... Por lo que se ve, parece que bien… Oh, sí, claro, mientras esté todo dentro de la legalidad, bien… Bonita casa tienes, aunque chiquitita
- Jefe, cómo está usted, adelante. ¿Le sirvo algo, una piscolita? Don Samuel, inspector, pasen, están en su casa.
-Creo que tiene que ser algo más fuerte, un whiscacho podría ser, ¿cierto Hernández?- dijo López. Se notaba que era importante aquello a lo cual venía.
-Yo también me tomaría un whiskecito –contestó el subdirector-. A mi gusto, una medida de dos dedos de licor y un cubito de hielo no grande. Si tiene un chorrito de mineral, mejor.
-Como no, jefes, y Esteban se apresuró a servir lo pedido (recordaba que le quedaba algo de Chivas Regal en su pequeño bar. Y hielo había siempre en la hielera de su refrigerador marca Philco, grande y antiguo, incluido como mobiliario integral del apartamento junto con la cama de una plaza, la cómoda y el ropero, además de los muebles de la reducida cocina. También recordó que le quedaba una típica botella de agua mineral Chusmiza).
-Estás mejor que el Presidente tú- le dijo López-. Con este whisky que es difícil de conseguir -agregó al par que recibía el vaso servido.
-Este me lo mandó mi padre la otra vez- contestó Esteban-. Usted sabe que trabaja para Chuquicamata en Antofagasta cerca del puerto y no le es tan difícil conseguir estas exquisiteces. Bueno, salud –dijo, al final, levantando la copa que también se había servido.
                    Todos hicieron un brindis corto, a continuación de lo cual, Hernández tomó la palabra:
                 -Compañero, el Director Leblanc ha decidido respaldar el plan que usted le presentó la otra vez en la audiencia que le concedió. Aquí, su jefe directo, subprefecto López, le dará todas las instrucciones. Nosotros sólo lo apoyaremos de lejos.
-Tienes un pasaje reservado para Antofagasta en el vuelo de LAN de mañana a las 15.00 horas –le espetó cortante López y le alargó el ticket-. Llegarás como a las seis de la tarde al aeropuerto de Cerro Moreno. Nadie te estará esperando, así que debes tomar un transfer y alojarte en el Hotel Turismo de Antofagasta donde tienes reserva por dos noches y un día. Pasado mañana debes presentarte a las 11.000 horas en las oficinas del Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia y solicitar hablar con Mr. Harbottle, el gerente general. Él ya sabe que tú irás y te transmitirá el resto de las instrucciones para seguir el plan.
Esteban miraba sorprendido sin saber qué decir.
-Y eso no es todo –agregó Hernández-. Estamos conscientes de que esta es una misión peligrosa y por eso el Servicio ha decidido apoyarlo con lo siguiente. Y le ordenó con un gesto al inspector que lo acompañaba que mostrara lo que traía. El referido se puso de pie y procedió a abrir la caja que portaba bajo el brazo mostrando en su interior un arma, una reluciente metralleta con su culata recogida y tres cargadores. Luego, dejando la caja a un lado, la sacó y se dio a armarla con un par de diestros movimientos.
-Es una "Carl Gustav" –dijo, mostrándola con orgullo-. Está nuevecita, llegada el año anterior con el último importe de armamentos que se alcanzó a hacer.
-Es suya por ahora, detective -agregó Hernández-, se la prestamos. La misión que va a cumplir puede ser peligrosa y quizás con qué peligro pueda encontrarse allá. Es mejor que vaya bien armado.
Esteban tomó el arma y la admiró por un buen rato.
-Ah, y eso no es todo. Sabemos que usa un revólver corto del 32. Buena arma para una ciudad. Pero ahora va al campo abierto, así que pensamos que va a necesitar algo mejor –y Hernández le pidió nuevamente al inspector que abriera una segunda caja, más pequeña que la anterior:
-Es una Walter PPK, calibre 7.62 y 7 tiros en el cargador más uno en la recámara pues esta es la única pistola en el mundo que puede alojar un tiro en el cañón sin llegar a dispararse sola a menos que se desactive el seguro u, obviamente, se apriete el gatillo -describió de memoria el policía.
A lo que el subdirector agregó en cierto tono paternalista:
-Si quiere puede conservar la Colt 32, es su arma de cargo, pero le recomendamos llevar esta también.
Esteban no salía de su sorpresa pero comenzaba a sentirse halagado. Tomó también la pistola y la manejó dándole vueltas.
-Es la misma que usan los de investigaciones aduaneras-, acotó.
-Sí, y Hitler y Bond te mandan saludos –dijo López, refiriéndose al hecho de que esa pistola era famosa porque con una de ellas se había suicidado Hitler en su búnker al interior de Alemania en 1945, y también porque el escritor británico Ian Fleming la había escogido como arma predilecta del célebre personaje de sus novelas, James Bond-. Lo último –continuó López- , la BNDD ha enviado un equipo a apoyarnos. La verdad es que los gringos están muy preocupados por tanta droga que entra por sus costas. Y sindican a Chile como uno de los principales proveedores. Piensan que aquí no se ha hecho lo suficiente. Vienen en camino. Quizás a un par de ellos los mandemos donde ti.
-Y ahora hagamos un salud por el éxito de la misión –acotó Hernández-, lo siento pero recuerde jefe que debemos irnos, aun debemos volver a Palacio. -Y los cuatro apuraron de un solo trago el resto de whisky que les quedaba.
-Que le vaya bien, detective Grandón -le dijo López poniéndose de pie y procediendo a despedirse-. La parte comunicaciones sigue igual que siempre, solamente conmigo y a través de un teléfono público. Debe reportarse bien seguido… ¡Ah! Y le hemos depositado en la cuenta que mantiene en el Banco del Estado una cantidad suficiente para que usted se mantenga allá. Equivale al valor de 7 viáticos con pernoctar. Gástelo todo, no tiene que rendir cuentas de ello.
-Adiós, compañero, éxito –agregó por su parte Hernández-. Y vuelva sano y salvo.

 Mientras que el inspector, que había hablado poco, le espetó:
                      -Tenga presente, eso sí, que tiene que devolver todo el equipo a su regreso.
                        Se dieron abrazos y apretones de manos y los tres hombres, cumplida esta parte de la misión, salieron.
Esteban quedó solo, examinando sus nuevos juguetes, manipulándolos y leyendo minuciosamente las respectivas cartillas de instrucciones que venían incorporadas a las cajas. Luego, sintiéndose ya agotado, arregló un maletín de tamaño medio con algo de ropa, picoteó un trozo de pan con mantequilla, bebió un té de hierbas, pasó por última vez al baño y se lavó los dientes para irse a la cama. En la tarde del día siguiente debía volar al Norte. Un montón de pensamientos diversos comenzó a bullir en su cabeza no bien acostado. Su técnica para dormir en estos casos consistía en concentrase en un pensamiento bonito, en una acción positiva. Y a propósito de Ian Fleming, se acordó de una de sus novelas, la tercera o cuarta de la saga (las había leído todas, incluso dos que no habían sido aún publicadas en castellano pero que pudo leer en Francés cuando estuvo becado), “Diamantes Eternos”, se llamaba. Recordó aquella escena en que Bond, infiltrado en una banda internacional de contrabando de diamantes, pasa un alijo de estas piedras preciosas disimuladas en las pelotas de su juego de golf por el aeropuerto de una ciudad de Estados Unidos, siendo acompañado por Tiffany Case, una bella rubia miembro de la banda quien se puso nerviosa ante las actitudes temerarias asumidas por el agente secreto en plena fila de revisión de la aduana. Al final de la novela, Bond se casaría con esa bella norteamericana. Y Esteban imaginaba el cabello rubio y largo, los dientes blanquísimos entre los rojos y bien delineados labios, la cintura estrecha en un cuerpo de artista. Y el sopor lo atrapó y se quedó dormido. Al otro día, por la tarde, debía volar.

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