Capítulo IV: Diamantes Eternos
Arnaldo Pasci Cortés era un ciudadano chileno de origen boliviano. Su
padre había emigrado a mediados de los años 40 desde el altiplano a la ciudad
de Antofagasta en donde casó con la chilena Lucía Cortés y siempre se dedicó al
comercio, especialmente en los tiempos del puerto libre de Arica, coyuntura que
fue por él ampliamente aprovechada para el contrabando de mercaderías
suntuarias, sorteando los controles aduaneros, muchas veces soltando un
billetito por aquí o por allá, sobornando, practicando el paterismo y
repartiendo regalitos; las cuales vendía en un puesto que tenía autorizado en
la feria de la plaza del mercado de su ciudad. El negocio fue siempre en alza y
pronto le dio para comprarse una camionetita de segunda mano, una cachurreta
que había que mantener en constante estado de reparación pero que a él le
servía para recorrer los diversos poblados de la pampa dejando su mercancía a
concesión en negocios, plazas y ferias, y siempre en forma creciente. Arnaldo
Pasci Cortés heredó esta tradición de su padre y la expansionó porque pronto
los lotes de pilas y juguetes, los costales de ropa de toda clase, las cajas de
utillaje al menudeo, fueron creciendo en cantidad y dimensiones. Arnaldo
desechó la cachurreta de su progenitor, la dejó abandonada en un basural y se
compró una Toyota tres cuartos impecable, al par que comenzaba a comprar
dólares porque en aquellos tiempos en Antofagasta pero principalmente en Calama
y Chuquicamata había una gran circulación de la divisa norteamericana ya que
las compañías de la Anaconda pagaban las remuneraciones a sus trabajadores en
esa moneda extranjera. Pasci se asoció con su paisano Cristóbal Cuellar Quispe,
quien provenía de Iquique y también tenía su camioncito junto con el cual se
trajo las mañas y el conocimiento transaccional acumulados en el bajo mundo del
puerto histórico. Ambos, con todo ese bagaje y ya constituidos como sociedad
espontánea, ampliaron su giro de acción y maniobraron sus respectivos vehículos
rumbo a Santiago cargados con los productos de nylon de Arica, para, ya en la
ciudad capital, y echando mano a los buenos dólares acumulados, adquirir
directamente en fábrica productos elaborados con los cuales cargaron sus
carrocerías ya desocupadas para retornar al Norte. Ese negocio fue grito y plata.
Tres, diez, veinte,
cien veces lo repitieron. Y el dinero empezó a
acumularse. Cuando el país entró en recesión económica, por los problemas
políticos y económicos derivados de las grandes transformaciones programadas
desde el gobierno, lo que a la larga produjo inflación, desabastecimiento y
mercado negro; y cuando se perdió el poder del dólar porque el Estado, el nuevo
dueño de las grandes minas de cobre, empezó, como era natural, a pagar a sus
trabajadores en escudos chilenos, aquellos comerciantes chileno bolivianos
direccionaron la punta de sus camiones al desierto, hacia Bolivia, adonde
comenzaron a llevar tanto la mercadería proveniente de Arica como la que ellos
importaban directamente desde Santiago y alrededores. La pobreza de los habitantes
de los poblados de la frontera boliviana y las duras condiciones climáticas que
tenían que soportar, lo que les privaba de la diversificación de su economía y
les obstaculizaba el progreso, llevó a esa gente ofrecer a cambio de las ricas
mercaderías provenientes de Chile y que tanto necesitaban, un producto
consuetudinario de su pueblo, la pasta de coca y hojas de coca desecadas, lo
que para los chilenos se convirtió en una mina de oro. Los laboratorios
clandestinos de refinación del alcaloide proliferaron tanto en la zona
fronteriza de Bolivia como en Chile, en San Pedro de Atacama, en Calama, Sierra
Gorda, Antofagasta, utilizando casonas viejas y lugares más o menos apartados,
libres de sospecha y aprovechando el desinterés generalizado de las autoridades
y de la opinión pública hacia los peligros de la comercialización y consumo de
aquella sustancia ilícita. El dinero crecía a raudales y las propiedades y
bienes muebles producto de su lavado se multiplicaban. Esto hizo que la policía
y las autoridades comenzaran a sospechar y entonces devino la corrupción.
Pequeños poblados del otro lado de la frontera, como Pisiga, Quetena o
Soniquera, que no contaban con más de 800 o 1000 habitantes y un modesto
caserío, se vieron de pronto premunidos de grandes bodegas en donde se
almacenaba la mercadería contrabandeada desde Chile, rumbo a Potosí, Oruro,
Cochabamba y La Paz, y también la pasta base de coca traída desde El Chapare y
desde las selvas Yungas, rumbo a Antofagasta. La frontera era cruzada por los
pasos habilitados de Ollagüe y Cajón, con la droga escondida, camuflada o
recurriendo, para ello, directamente a la coima. Pero la mayor parte de la
misma correspondía al tráfico hormiga de los burreros que burlaban la
vigilancia policial a través de pasos no autorizados, como Tocorpuri y Apacheta
y el muy peligroso paso de Chaxas que ya entonces, con los problemas de
relaciones entre los países derivados del desentendimiento geopolítico, se
había visto sembrado con las primeras minas anti
hombres y anti vehículos. Hacia principios de 1972, la BNDD había husmeado que
se preparaba un importante cargamento de cocaína, en pasta de coca y
clorhidrato, desde un lugar del norte de Chile, y que las detenciones que se
produjeron en Iquique -en que llegó a descubrirse que un alto funcionario del
juzgado del crimen de esa ciudad resultó ser el dueño de uno de los
laboratorios de refinación, lo que le costó el puesto al mismísimo presidente
de la Corte de Apelaciones iquiqueña junto con la incautación de mercadería y
la requisa de propiedades y bienes adquiridos con dinero sucio-, había
retrasado la operación, por lo que el jefe máximo de la célula internacional de
narcos, de extracción centroamericana o quizás de los estados de sur de USA,
con los millones saliendo de sus bolsillos, había tenido que trasladarse en
persona al lugar de los hechos a fin de reorganizar toda la situación. Ese
hombre sería “M”, según los yanquis, o “Murat”, de quien se tenía conocimiento
aunque sólo de nombre como integrante de la mafia cubana de los años 50. La
teoría que manejaban los norteamericanos residía en que para obviar la zona
caliente de Iquique, el trasiego tendría que necesariamente hacerse por un
puerto de más al sur. Específicamente, desde un punto que todo el mundo visualizara
y nadie diera por desconocido, por su inmensidad, aunque fuese por textos:
Punta Angamos. Y en una fecha en que la operación pudiera pasar desapercibida
para la policía nacional e internacional: Navidad. Es decir, para ellos todo
partía del supuesto de que el desastre de lo que consideraban la primera parte
de la operación había incidido en que su práctica definitiva se corriese para
finales del año y por un lugar nuevo y desprotegido. Esa era la apuesta de la
BNDD y de Interpol, un tiro al blanco, un salto al vacío, y con los ojos
vendados, una pura intuición elaborada a partir de un algoritmo formulado sobre
bases solo medianamente fijas. Pero el
trabajo del joven detective chileno Grandón Pincheira había posibilitado, por
su cuenta, dar con la aguja en el pajar. Una gallinita ciega que pilla a un
gallo, el hippie marihuaneado y bebido del bar de Valparaíso, a quien da
inteligentemente un apretón para obtener de él un dato, una pista, dos palabras
claves, que unidas a la presunción de los agentes de la BNDD y de la Interpol,
ellos sí actuando de consuno, contribuía a dar apariencia de realidad a lo que
hasta entonces había sido sólo una ecuación de doble incógnita, la de los
gringos y la de los chilenos, pero todavía con algunos términos sin precisar. Grandón
Pincheira tenía ahora
la palabra, el juego quedaba
en sus manos, todo descansaba en lo
que él pudiera hacer. Obtendría el cielo, la gloria, el triunfo, pero también
ello le podía significar el infierno, la perdición, la muerte.
Como al cuarto día de su entrevista con el Director, Esteban recibió un
télex en su departamento. Era de su jefe y le decía en forma terminante que esa
noche, a las 20 mil, debía estar en su casa porque lo irían a visitar.
Pacientemente, y conforme a su formación, Esteban hizo ese día todo
temprano. Almorzó justo al medio día, fue al gimnasio a las 16.000 y volvió a
las 18.00, hizo las comidas de rigor, y a las 19.00 se sentó tranquilamente en
su pequeño living a esperar. El timbre sonó exactamente a las 20.00 Hrs. Era el
jefe López acompañado del Subdirector Samuel Hernández y un inspector de la
planta del cuartel general que portaba unas cajas.
-Hola, Grande (debía ser importante porque esta vez el jefe, quien no lo
había apoyado desde el principio, lo trataba con su pseudónimo), cómo has
estado... Por lo que se ve, parece que bien… Oh, sí, claro, mientras esté todo
dentro de la legalidad, bien… Bonita casa tienes, aunque chiquitita
- Jefe, cómo está usted, adelante. ¿Le sirvo algo, una piscolita? Don
Samuel, inspector, pasen, están en su casa.
-Creo que tiene que ser algo más fuerte, un whiscacho podría ser, ¿cierto
Hernández?- dijo López. Se notaba que era importante aquello a lo cual venía.
-Yo también me tomaría un whiskecito –contestó el subdirector-. A mi gusto,
una medida de dos dedos de licor y un cubito de hielo no grande. Si tiene un
chorrito de mineral, mejor.
-Como no, jefes, y Esteban se apresuró a servir lo pedido (recordaba que
le quedaba algo de Chivas Regal en su pequeño bar. Y hielo había siempre en la
hielera de su refrigerador marca Philco, grande y antiguo, incluido como
mobiliario integral del apartamento junto con la cama de una plaza, la cómoda y
el ropero, además de los muebles de la reducida cocina. También recordó que le
quedaba una típica botella de agua mineral Chusmiza).
-Estás mejor que el Presidente tú- le dijo López-. Con este
whisky que es difícil de conseguir -agregó al par que recibía el vaso servido.
-Este me lo mandó mi padre la otra vez-
contestó Esteban-. Usted sabe que trabaja para Chuquicamata en Antofagasta
cerca del puerto y no le es tan difícil conseguir estas exquisiteces. Bueno, salud –dijo, al final, levantando
la copa que también se había servido.
Todos hicieron
un brindis corto, a continuación de lo cual, Hernández tomó la palabra:
-Tienes un pasaje reservado para Antofagasta en el vuelo de LAN de mañana
a las 15.00 horas –le espetó cortante López y le alargó el ticket-. Llegarás
como a las seis de la tarde al aeropuerto de Cerro Moreno. Nadie te estará
esperando, así que debes tomar un transfer y alojarte en el Hotel Turismo de
Antofagasta donde tienes reserva por dos noches y un día. Pasado mañana debes
presentarte a las 11.000 horas en las oficinas del Ferrocarril de Antofagasta a
Bolivia y solicitar hablar con Mr. Harbottle, el gerente general. Él ya sabe
que tú irás y te transmitirá el resto de las instrucciones para seguir el plan.
Esteban miraba sorprendido sin saber qué decir.
-Y eso no es todo –agregó Hernández-. Estamos conscientes de que esta es
una misión peligrosa y por eso el Servicio ha decidido apoyarlo con lo
siguiente. Y le ordenó con un gesto al inspector que lo acompañaba que mostrara
lo que traía. El referido se puso de pie y procedió a abrir la caja que portaba
bajo el brazo mostrando en su interior un arma, una reluciente metralleta con
su culata recogida y tres cargadores. Luego, dejando la caja a un lado, la sacó
y se dio a armarla con un par de diestros movimientos.
-Es una "Carl Gustav" –dijo, mostrándola con orgullo-. Está nuevecita,
llegada el año anterior con el último importe de armamentos que se alcanzó a
hacer.
-Es suya por ahora, detective -agregó Hernández-, se la prestamos. La
misión que va a cumplir puede ser peligrosa y quizás con qué peligro pueda
encontrarse allá. Es mejor que vaya bien armado.
Esteban tomó el arma y la admiró por un buen rato.
-Ah, y eso no es todo. Sabemos que usa un revólver corto del 32. Buena
arma para una ciudad. Pero ahora va al campo abierto, así que pensamos que va a
necesitar algo mejor –y Hernández le pidió nuevamente al inspector que abriera
una segunda caja, más pequeña que la anterior:
-Es una Walter PPK, calibre 7.62 y 7 tiros en el cargador más uno en la
recámara pues esta es la única pistola en el mundo que puede alojar un tiro en
el cañón sin llegar a dispararse sola a menos que se desactive el seguro u,
obviamente, se apriete el gatillo -describió de memoria el policía.
A lo que el subdirector agregó
en cierto tono paternalista:
-Si quiere puede conservar la Colt 32, es su arma de cargo, pero le
recomendamos llevar esta también.
Esteban no salía de su sorpresa pero comenzaba a sentirse halagado. Tomó
también la pistola y la manejó dándole vueltas.
-Es la misma que usan los de
investigaciones aduaneras-, acotó.
-Sí, y Hitler y Bond te mandan saludos –dijo López, refiriéndose al hecho
de que esa pistola era famosa porque con una de ellas se había suicidado Hitler
en su búnker al interior de Alemania en 1945, y también porque el escritor
británico Ian Fleming la había escogido como arma predilecta del célebre
personaje de sus novelas, James Bond-. Lo último –continuó López- , la BNDD ha
enviado un equipo a apoyarnos. La verdad es que los gringos están muy
preocupados por tanta droga que entra por sus costas. Y sindican a Chile como
uno de los principales proveedores. Piensan que aquí no se ha hecho lo
suficiente. Vienen en camino. Quizás a un par de ellos los mandemos donde ti.
-Y ahora hagamos un salud por el éxito de la misión –acotó Hernández-, lo
siento pero recuerde jefe que debemos irnos, aun debemos volver a Palacio. -Y los cuatro apuraron
de un solo trago el resto de whisky que les quedaba.
-Que le vaya bien, detective Grandón -le dijo López poniéndose de pie y
procediendo a despedirse-. La parte comunicaciones sigue igual que siempre,
solamente conmigo y a través de un teléfono público. Debe reportarse bien
seguido… ¡Ah! Y le hemos depositado en la cuenta que mantiene en el Banco del
Estado una cantidad suficiente para que usted se mantenga allá. Equivale al valor
de 7 viáticos con pernoctar. Gástelo todo, no tiene que rendir cuentas de ello.
-Adiós, compañero, éxito –agregó
por su parte Hernández-. Y vuelva sano y salvo.
Mientras que el
inspector, que había hablado poco, le espetó:
-Tenga
presente, eso sí, que tiene que devolver todo el equipo a su regreso.
Se dieron abrazos y apretones de manos y los tres hombres, cumplida esta
parte de la misión, salieron.
Esteban quedó solo, examinando sus nuevos juguetes, manipulándolos y
leyendo minuciosamente las respectivas cartillas de instrucciones que venían
incorporadas a las cajas. Luego, sintiéndose ya agotado, arregló un maletín de
tamaño medio con algo de ropa, picoteó un trozo de pan con mantequilla, bebió
un té de hierbas, pasó por última vez al baño y se lavó los dientes para irse a
la cama. En la tarde del día siguiente debía volar al Norte. Un montón de
pensamientos diversos comenzó a bullir en su cabeza no bien acostado. Su
técnica para dormir en estos casos consistía en concentrase en un pensamiento bonito, en
una acción positiva. Y a propósito de Ian Fleming, se acordó de una de sus
novelas, la tercera o cuarta de la saga (las había leído todas, incluso dos que
no habían sido aún publicadas en castellano pero que pudo leer en Francés
cuando estuvo becado), “Diamantes Eternos”, se llamaba. Recordó aquella escena
en que Bond, infiltrado en una banda internacional de contrabando de diamantes,
pasa un alijo de estas piedras preciosas disimuladas en las pelotas de su juego
de golf por el aeropuerto de una ciudad de Estados Unidos, siendo acompañado
por Tiffany Case, una bella rubia miembro de la banda quien se puso nerviosa
ante las actitudes temerarias asumidas por el agente secreto en plena fila de
revisión de la aduana. Al final de la novela, Bond se casaría con esa bella
norteamericana. Y Esteban imaginaba el cabello rubio y largo, los dientes
blanquísimos entre los rojos y bien delineados labios, la cintura estrecha en
un cuerpo de artista. Y el sopor lo atrapó y se quedó dormido. Al otro día, por
la tarde, debía volar.
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