Capítulo V: Fotos amarillas
A comienzos del siglo XX, Estados Unidos y Francia eran los únicos países
que se habían preocupado de organizar oficinas federales o fiscales para el
control del consumo de drogas el cual subía en forma alarmante en los
respectivos países. Tímidamente al comienzo, dada la atracción científica que
ejercían estas sustancias tanto opioides como alcaloides así como sintéticas y
su uso cada vez más intenso en mezclas y composiciones diversas para fines
medicinales y tratamientos terapéuticos directos, lo que incidía en que esta
parte positiva de su aplicación llevara a no reparar en su total carencia de
inocuidad frente al abuso y consumo reiterado que habitualmente derivaba en
adicción, por sus propiedades narcóticas y/o estimulantes, acción que
principalmente se originaba en la desvío del empleo medicamentoso de la
sustancia a un uso con fines de orden eminentemente lúdico. Pero ya por los
años 20 Estados Unidos formó dos oficinitas preocupadas de esta situación aunque
sin mayores recursos ni personal y dependientes de instancias mayores
fundamentalmente de Salud y Educación que se preocupaban más de limitar el
consumo que de prohibirlo. Por ello, la toxicidad de este práctica viciosa
empezó a golpear fuerte a las familias norteamericanas con la muerte o
enfermedad invalidante de muchos de sus deudos, especialmente jóvenes, dado el
consumo adictivo de una sustancia que de todas maneras resulta fatal en su
incorporación al organismo por necrosis o daño a las células cerebrales,
pulmonares, vasculares o hepáticas, sin contar el daño social en las familias,
las empresas y en el trato diario, por conductas psicóticas, depresivas y ansiosas,
derivadas de ese auto consumo indiscriminado. Dichas drogas, como la morfina y
la heroína, y después las anfetaminas y el LSD, cuyo uso más allá de la
prescripción médica fue considerado definitivamente letal, y la enjundia que
revestían en forma de polvo, cápsulas, pastillas o cigarrillos, fueron siendo
coloquialmente conocidas por el pueblo norteamericano como “wall bangers”1,
es decir, peligrosas, dañinas, funestas, pesadas. Por eso el conocimiento de la
marihuana o cannabis, cuya introducción al país se incrementó a partir de la
numerosa inmigración mexicana, vino a significar para ellos una especie de
tabla de salvación ya que este nuevo consumo fue siempre considerado permisible
dado su carácter de droga
no dura, esto es, que no necesariamente llevaba de la mano a consumir las otras
drogas más fuertes y peligrosas, suscitando un espacio al ciudadano común y
corriente para disponer, en cualquier momento, de un punto de relax o de trance
espiritual, un sacudón, un alegrón de fin de semana, lo que ellos llamaban un
“blest of blow” 2. Era de buen gusto incluso para las clases más
acomodadas fumar un pito de marihuana, dado su carácter psicoactivo, no
necesariamente dañino. Sin embargo, los investigadores fueron descubriendo
también el lado deletéreo del consumo de esta hierba tal como en el caso de las
otras drogas que se quería evitar, situación que incidió en que el Congreso
norteamericano se decidiera a crear la FBN 3, en 1930, una oficina
dependiente del Tesoro (Ministerio de Hacienda, en Chile) y definitivamente
destinada al control del cultivo, venta y consumo de las drogas en general.
Pero la principal lucha de los representantes de esta oficina fue con respecto
a la marihuana, en contra de la tendencia de la comunidad científica y médica
de destacar sus valores terapéuticos, farmacéuticos, estomatológicos y hasta
alimenticios, considerándola una droga soportable por el ser humano, con
efectos negativos mínimos y no más perjudiciales que una simple borrachera.
Esta situación empeoró hacia los años sesenta con la proliferación de los
movimientos contracultura, progresistas, idealistas y liberales que trataban de
imponer sus modas y formas de vida en oposición a lo que ellos consideraban el
puritanismo de la sociedad tradicional norteamericana, generación controversial
que tuvo su mayor representante en el movimiento hippie y su llamada revolución
de las flores. Fundamentalmente por este motivo, en 1968 la autoridad
norteamericana transformó la FBN en la BNDD, uniendo la primera de estas
oficinas con otras que tenían que ver con la parte salud, educación, bienestar
alimenticio y administración de drogas, es decir, una forma de poner de acuerdo
a quienes combatían la droga por su nocividad con aquellos que la defendían por
sus cualidades curativas y hasta dietéticas.
En lo que tiene que ver con la cocaína, si bien su consumo fue
prácticamente suprimido en los años 20 y 30 junto con las demás drogas duras,
había logrado sostenerse subsumido en el mundo del cabaret y en general de la
gente de la noche y el espectáculo. Sin embargo, se había revitalizado en
gloria y majestad en los años 50, asociado al mundo del rock y su actitud
de liberalismo y de enfrentamiento social y contracultural, de donde pasó a la
calle, a los practicantes de profesiones y actividades provocantes de natural
ansiedad, como el caso de los corredores de bolsa. Gran parte de esa cocaína
llegaba desde Chile.
Lo bueno que dejó el trabajo de la FBN, junto con su lucha inclaudicable
contra las drogas, sustentada fundamentalmente por quien fuera su jefe supremo
durante casi toda su existencia, Harry J. Aslinger, fue su conexión con los
gobiernos extranjeros, en aquellos países sospechosos de ser cultivadores de la
materias primas y refinadores y proveedores de la droga, bregando porque también allí se estableciesen oficinas
especializadas en el control. Esta política de apoyo se apreció con especial
énfasis en México y Panamá, pero también en Turquía, Líbano y Tailandia; en
total, 17 oficinas dependientes de la FBN funcionaron en el mundo. Y fue así
como en 1964, bajo este influjo, se creó la Beja en Chile, la única de su tipo
en Latinoamérica, pues no dependía de ninguna otra entidad que no fuera
Investigaciones y su propio presupuesto. Empezó solamente con seis funcionarios
pero fue desarrollándose de a poco.
El nacimiento de la referida BNDD en 1968, oficina dependiente del
Ministerio de Justicia norteamericano, confirió mayor importancia a esta lucha
contra las drogas, especialmente bajo la administración del presidente Richard
Nixon, quien, asumido en 1969, hizo de esta lucha una verdadera cruzada. Y esos
frutos se vieron reflejados en el hecho de que a principios de la década del
70, la oficina contara ya con más de mil agentes y un presupuesto anual
millonario. Sin embargo, pronto se entró en sospechas de que incluso desde la
época de la FBN algunos agentes antidrogas hubiesen estado recibiendo sobornos de
parte de los mafiosos por lo cual el director de la CIA, Richard Helms,
determinó que ambas oficinas trabajasen en conjunto, en términos de que siempre
que los agentes de la BNDD siguieran un procedimiento debían ir acompañados por
agentes de la CIA. Lo malo de ello es que esta última entidad comenzó en un
momento determinado a utilizar esta simbiosis para realizar operaciones
encubiertas en el extranjero motivadas en razones políticas y de estrategia de
dominación global de Estados Unidos.
Y este era el equipo que se aprontaba a viajar a Chile a fines de 1972.
Diez agentes. Ocho hombres y dos mujeres. De los hombres, dos afro
descendientes. Panorama difícil, no por las drogas en lo cual tanto los
gobiernos de Frei como de Allende habían demostrado voluntad de
cooperación con la FBN y la BNDD. Pero había otras oficinas estadounidenses que
eran abiertamente rechazadas por el gobierno de la Unidad Popular, acusadas de
injerencia en la política nacional y de apoyo a la oposición política, buscando
la desestabilización.
A ese cuadro se enfrentaba el
detective Grandón Pincheira en su aventura.
A bordo de un transfer contactado directamente en una oficina de calle
Estado ese mismo día por la mañana, Esteban llegó a buena hora al aeropuerto
Pudahuel a realizar con tiempo los trámites de embarque. Las armas quedaron en
la maleta, bien envueltas entre las ropas y la toalla y todo fue entregado y
depositado en la cinta transportadora con destino al vehículo plano que
llevaría los equipajes hacia la bodega del avión. Luego, sentado en un
cómodo sofá de la sala de espera, el joven escuchó, faltando diez minutos para
las quince horas, la llamada por altoparlante avisando que los pasajeros de su
vuelo debían dirigirse a la losa a tomar el avión. Entonces, con su infaltable
porta documentos tomado con la mano derecha, salió al aire libre y se apresuró
a subir a uno de los buses de traslado hacia el avión “Caravelle” estacionado
unos cien metros más allá, enteramente blanco con una línea longitudinal roja y
el escudo de Chile estampado en sus colores originales en un círculo a ambos
lados del estabilizador vertical sobre la cola. El aparato permanecía semi
atravesado sobre la pista -con todas sus puertas abiertas y la escalera
desplegada y lista para ser usada-, emitiendo un sonido metálico, proveniente
de sus turbinas encendidas, como una música estereofónica e incidental en back
ground, constituyendo el todo una gran máquina que se le antojó a Esteban el “Nautilus”
del capitán Nemo y la impresión que tuvo
el profesor Aronnax cuando lo descubre, lo observa y debe abordarlo en
medio del mar. Con el aire tibio del verano del valle central dándole de lleno
en el rostro, el detective subió los peldaños metálicos y penetró a la cabina
de pasajeros en donde una azafata le dio la bienvenida. Buscó su asiento y
comprobó que esta vez su jefe le había achuntado medio a medio porque le tocaba
en las primeras corridas de butacas, sobre la ventanilla, a estribor. Al
despegar el avión pudo observar durante unos breves minutos los extramuros de
Santiago, después algo del paisaje rural, para finalmente perderse en una
espesa capa de nubes, a 8.000 metros de altura, alcanzando lo que se llama
velocidad crucero. Desde ese momento, un ligero letargo invadió a Esteban quien
cerró los ojos y se sumergió en una de sus típicas ensoñaciones. Despertó de
súbito cuando percibió que el avión comenzó
a perder altura y
le sobrevino el típico malestar de oídos a raíz del cambio de presión. Buscó
afanosamente el paquete de chicles que había comprado en especial para ese
momento y se echó no uno sino dos a la boca, masticándolos con ahínco. El avión
bajó aún más y pronto se volvió a divisar tierra, un suelo árido recorrido por
una gran carretera que era transitada por un par de automóviles y un bus que
aceleraban la marcha, como para ir a la par con el avión, cosa imposible de
lograr. En un minuto, llegaron a las inmediaciones de Antofagasta. Sobre el mar
azul intenso y bajo la luz natural de un sol que había recorrido ya tres
cuartos de su derrotero diario, apareció primero la caleta Coloso, abriendo un
desfile en el que, como en una parada militar del Parque Cousiño, ante un avión
jet con su velocidad reducida al mínimo, siguió la Universidad de Chile, el
Automóvil Club, los regimientos, Playa Blanca, el estadio Regional, el centro
cívico de Antofagasta, el balneario Juan López, la magnífica escultura natural
de La Portada; todo en no más de un minuto de tiempo, para luego dar una gran
vuelta sobre la hoya oceanográfica de Cerro Moreno y tomar la losa del
aeropuerto de norte a sur. El avión finalmente se detuvo frente a la edificación
de la terminal aérea y paró sus motores. Los pasajeros procedieron a
desabrochar sus cinturones de seguridad, retirar sus bultos de las bandejas
portaequipajes y descender. Esteban recuperó su bolso en el primer piso de la
edificación y salió a tomar un transfer. Llegó por fin a su destino, el Hotel
Turismo, un edificio grandioso, a orillas del mar, construido sobre la poza
histórica de Antofagasta, en seis pisos de altura y en forma cóncava hacia la
ciudad, convexa hacia el mar. El detective penetró al hall todo vidrio y que
daba a una terraza sobre el paisaje náutico. Su jefe se las había mandado otra
vez. Subió a su habitación y se tiró sobre la amplia y mullida cama,
estirándose cuan largo era, probándola. Después de un instante se irguió y pudo
apreciar, a través del ventanal que daba al balcón, el soberbio panorama del
sol alcanzando segundo a segundo el mar al cual inundaba, en orden decreciente,
con los colores amarillo oro, anaranjado fuerte, rojizo, violáceo. Encendió la
radio del velador y buscó con el dial un espacio de música, era el momento de
las melodías románticas y escuchó los primeros punteos de la guitarra eléctrica
y cadenciosa; volviendo a tirarse a la cama, empezó la entonada y casi llorona voz:
No me importa si te vi, junto a él reír feliz // Si total ya me cansé
de vivir cerca de ti.
No me importa si te vi, no me duele verte así // lo
que tú hagas me da igual si antes de él fuiste de mí.
Las flores que tú amabas
ya perdieron su color // esas noches que gastamos fueron noches sin valor. Nada tuyo va quedando en el álbum del ayer // sólo
fotos amarillas y una rosa de papel.
No me importa si te vi, sin embargo al verte
así, y no llamarte,
me mordí.
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1 Literalmente en Inglés “golpe en la pared”
2 Explosión de golpe, en Inglés.
3 Federal Bureau of Narcotics
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