sábado, 11 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972, Capítulo V




Capítulo V: Fotos amarillas


A comienzos del siglo XX, Estados Unidos y Francia eran los únicos países que se habían preocupado de organizar oficinas federales o fiscales para el control del consumo de drogas el cual subía en forma alarmante en los respectivos países. Tímidamente al comienzo, dada la atracción científica que ejercían estas sustancias tanto opioides como alcaloides así como sintéticas y su uso cada vez más intenso en mezclas y composiciones diversas para fines medicinales y tratamientos terapéuticos directos, lo que incidía en que esta parte positiva de su aplicación llevara a no reparar en su total carencia de inocuidad frente al abuso y consumo reiterado que habitualmente derivaba en adicción, por sus propiedades narcóticas y/o estimulantes, acción que principalmente se originaba en la desvío del empleo medicamentoso de la sustancia a un uso con fines de orden eminentemente lúdico. Pero ya por los años 20 Estados Unidos formó dos oficinitas preocupadas de esta situación aunque sin mayores recursos ni personal y dependientes de instancias mayores fundamentalmente de Salud y Educación que se preocupaban más de limitar el consumo que de prohibirlo. Por ello, la toxicidad de este práctica viciosa empezó a golpear fuerte a las familias norteamericanas con la muerte o enfermedad invalidante de muchos de sus deudos, especialmente jóvenes, dado el consumo adictivo de una sustancia que de todas maneras resulta fatal en su incorporación al organismo por necrosis o daño a las células cerebrales, pulmonares, vasculares o hepáticas, sin contar el daño social en las familias, las empresas y en el trato diario, por conductas psicóticas, depresivas y ansiosas, derivadas de ese auto consumo indiscriminado. Dichas drogas, como la morfina y la heroína, y después las anfetaminas y el LSD, cuyo uso más allá de la prescripción médica fue considerado definitivamente letal, y la enjundia que revestían en forma de polvo, cápsulas, pastillas o cigarrillos, fueron siendo coloquialmente conocidas por el pueblo norteamericano como “wall bangers”1, es decir, peligrosas, dañinas, funestas, pesadas. Por eso el conocimiento de la marihuana o cannabis, cuya introducción al país se incrementó a partir de la numerosa inmigración mexicana, vino a significar para ellos una especie de tabla de salvación ya que este nuevo consumo fue siempre considerado permisible dado su carácter de droga no dura, esto es, que no necesariamente llevaba de la mano a consumir las otras drogas más fuertes y peligrosas, suscitando un espacio al ciudadano común y corriente para disponer, en cualquier momento, de un punto de relax o de trance espiritual, un sacudón, un alegrón de fin de semana, lo que ellos llamaban un “blest of blow” 2. Era de buen gusto incluso para las clases más acomodadas fumar un pito de marihuana, dado su carácter psicoactivo, no necesariamente dañino. Sin embargo, los investigadores fueron descubriendo también el lado deletéreo del consumo de esta hierba tal como en el caso de las otras drogas que se quería evitar, situación que incidió en que el Congreso norteamericano se decidiera a crear la FBN 3, en 1930, una oficina dependiente del Tesoro (Ministerio de Hacienda, en Chile) y definitivamente destinada al control del cultivo, venta y consumo de las drogas en general. Pero la principal lucha de los representantes de esta oficina fue con respecto a la marihuana, en contra de la tendencia de la comunidad científica y médica de destacar sus valores terapéuticos, farmacéuticos, estomatológicos y hasta alimenticios, considerándola una droga soportable por el ser humano, con efectos negativos mínimos y no más perjudiciales que una simple borrachera. Esta situación empeoró hacia los años sesenta con la proliferación de los movimientos contracultura, progresistas, idealistas y liberales que trataban de imponer sus modas y formas de vida en oposición a lo que ellos consideraban el puritanismo de la sociedad tradicional norteamericana, generación controversial que tuvo su mayor representante en el movimiento hippie y su llamada revolución de las flores. Fundamentalmente por este motivo, en 1968 la autoridad norteamericana transformó la FBN en la BNDD, uniendo la primera de estas oficinas con otras que tenían que ver con la parte salud, educación, bienestar alimenticio y administración de drogas, es decir, una forma de poner de acuerdo a quienes combatían la droga por su nocividad con aquellos que la defendían por sus cualidades curativas y hasta dietéticas.
En lo que tiene que ver con la cocaína, si bien su consumo fue prácticamente suprimido en los años 20 y 30 junto con las demás drogas duras, había logrado sostenerse subsumido en el mundo del cabaret y en general de la gente de la noche y el espectáculo. Sin embargo, se había revitalizado en gloria y majestad en los años 50, asociado al mundo del rock y su actitud de liberalismo y de enfrentamiento social y contracultural, de donde pasó a la calle, a los practicantes de profesiones y actividades provocantes de natural ansiedad, como el caso de los corredores de bolsa. Gran parte de esa cocaína llegaba desde Chile.
Lo bueno que dejó el trabajo de la FBN, junto con su lucha inclaudicable contra las drogas, sustentada fundamentalmente por quien fuera su jefe supremo durante casi toda su existencia, Harry J. Aslinger, fue su conexión con los gobiernos extranjeros, en aquellos países sospechosos de ser cultivadores de la materias primas y refinadores y proveedores de la droga, bregando porque también allí se estableciesen oficinas especializadas en el control. Esta política de apoyo se apreció con especial énfasis en México y Panamá, pero también en Turquía, Líbano y Tailandia; en total, 17 oficinas dependientes de la FBN funcionaron en el mundo. Y fue así como en 1964, bajo este influjo, se creó la Beja en Chile, la única de su tipo en Latinoamérica, pues no dependía de ninguna otra entidad que no fuera Investigaciones y su propio presupuesto. Empezó solamente con seis funcionarios pero fue desarrollándose de a poco.
El nacimiento de la referida BNDD en 1968, oficina dependiente del Ministerio de Justicia norteamericano, confirió mayor importancia a esta lucha contra las drogas, especialmente bajo la administración del presidente Richard Nixon, quien, asumido en 1969, hizo de esta lucha una verdadera cruzada. Y esos frutos se vieron reflejados en el hecho de que a principios de la década del 70, la oficina contara ya con más de mil agentes y un presupuesto anual millonario. Sin embargo, pronto se entró en sospechas de que incluso desde la época de la FBN algunos agentes antidrogas hubiesen estado recibiendo sobornos de parte de los mafiosos por lo cual el director de la CIA, Richard Helms, determinó que ambas oficinas trabajasen en conjunto, en términos de que siempre que los agentes de la BNDD siguieran un procedimiento debían ir acompañados por agentes de la CIA. Lo malo de ello es que esta última entidad comenzó en un momento determinado a utilizar esta simbiosis para realizar operaciones encubiertas en el extranjero motivadas en razones políticas y de estrategia de dominación global de Estados Unidos.
Y este era el equipo que se aprontaba a viajar a Chile a fines de 1972. Diez agentes. Ocho hombres y dos mujeres. De los hombres, dos afro descendientes. Panorama difícil, no por las drogas en lo cual tanto los gobiernos de Frei como de Allende habían demostrado voluntad de cooperación con la FBN y la BNDD. Pero había otras oficinas estadounidenses que eran abiertamente rechazadas por el gobierno de la Unidad Popular, acusadas de injerencia en la política nacional y de apoyo a la oposición política, buscando la desestabilización.
A ese cuadro se enfrentaba el detective Grandón Pincheira en su aventura.
A bordo de un transfer contactado directamente en una oficina de calle Estado ese mismo día por la mañana, Esteban llegó a buena hora al aeropuerto Pudahuel a realizar con tiempo los trámites de embarque. Las armas quedaron en la maleta, bien envueltas entre las ropas y la toalla y todo fue entregado y depositado en la cinta transportadora con destino al vehículo plano que llevaría los equipajes hacia la bodega del avión. Luego, sentado en un cómodo sofá de la sala de espera, el joven escuchó, faltando diez minutos para las quince horas, la llamada por altoparlante avisando que los pasajeros de su vuelo debían dirigirse a la losa a tomar el avión. Entonces, con su infaltable porta documentos tomado con la mano derecha, salió al aire libre y se apresuró a subir a uno de los buses de traslado hacia el avión “Caravelle” estacionado unos cien metros más allá, enteramente blanco con una línea longitudinal roja y el escudo de Chile estampado en sus colores originales en un círculo a ambos lados del estabilizador vertical sobre la cola. El aparato permanecía semi atravesado sobre la pista -con todas sus puertas abiertas y la escalera desplegada y lista para ser usada-, emitiendo un sonido metálico, proveniente de sus turbinas encendidas, como una música estereofónica e incidental en back ground, constituyendo el todo una gran máquina que se le antojó a Esteban el “Nautilus” del capitán Nemo y la impresión que tuvo  el profesor Aronnax cuando lo descubre, lo observa y debe abordarlo en medio del mar. Con el aire tibio del verano del valle central dándole de lleno en el rostro, el detective subió los peldaños metálicos y penetró a la cabina de pasajeros en donde una azafata le dio la bienvenida. Buscó su asiento y comprobó que esta vez su jefe le había achuntado medio a medio porque le tocaba en las primeras corridas de butacas, sobre la ventanilla, a estribor. Al despegar el avión pudo observar durante unos breves minutos los extramuros de Santiago, después algo del paisaje rural, para finalmente perderse en una espesa capa de nubes, a 8.000 metros de altura, alcanzando lo que se llama velocidad crucero. Desde ese momento, un ligero letargo invadió a Esteban quien cerró los ojos y se sumergió en una de sus típicas ensoñaciones. Despertó de súbito cuando percibió que el avión comenzó a perder altura y le sobrevino el típico malestar de oídos a raíz del cambio de presión. Buscó afanosamente el paquete de chicles que había comprado en especial para ese momento y se echó no uno sino dos a la boca, masticándolos con ahínco. El avión bajó aún más y pronto se volvió a divisar tierra, un suelo árido recorrido por una gran carretera que era transitada por un par de automóviles y un bus que aceleraban la marcha, como para ir a la par con el avión, cosa imposible de lograr. En un minuto, llegaron a las inmediaciones de Antofagasta. Sobre el mar azul intenso y bajo la luz natural de un sol que había recorrido ya tres cuartos de su derrotero diario, apareció primero la caleta Coloso, abriendo un desfile en el que, como en una parada militar del Parque Cousiño, ante un avión jet con su velocidad reducida al mínimo, siguió la Universidad de Chile, el Automóvil Club, los regimientos, Playa Blanca, el estadio Regional, el centro cívico de Antofagasta, el balneario Juan López, la magnífica escultura natural de La Portada; todo en no más de un minuto de tiempo, para luego dar una gran vuelta sobre la hoya oceanográfica de Cerro Moreno y tomar la losa del aeropuerto de norte a sur. El avión finalmente se detuvo frente a la edificación de la terminal aérea y paró sus motores. Los pasajeros procedieron a desabrochar sus cinturones de seguridad, retirar sus bultos de las bandejas portaequipajes y descender. Esteban recuperó su bolso en el primer piso de la edificación y salió a tomar un transfer. Llegó por fin a su destino, el Hotel Turismo, un edificio grandioso, a orillas del mar, construido sobre la poza histórica de Antofagasta, en seis pisos de altura y en forma cóncava hacia la ciudad, convexa hacia el mar. El detective penetró al hall todo vidrio y que daba a una terraza sobre el paisaje náutico. Su jefe se las había mandado otra vez. Subió a su habitación y se tiró sobre la amplia y mullida cama, estirándose cuan largo era, probándola. Después de un instante se irguió y pudo apreciar, a través del ventanal que daba al balcón, el soberbio panorama del sol alcanzando segundo a segundo el mar al cual inundaba, en orden decreciente, con los colores amarillo oro, anaranjado fuerte, rojizo, violáceo. Encendió la radio del velador y buscó con el dial un espacio de música, era el momento de las melodías románticas y escuchó los primeros punteos de la guitarra eléctrica y cadenciosa; volviendo a tirarse a la cama, empezó la entonada y casi llorona voz:

No me importa si te vi, junto a él reír feliz // Si total ya me cansé de vivir cerca de ti.
No me importa si te vi, no me duele verte así // lo que tú hagas me da igual si antes de él fuiste de mí. 
Las flores que tú amabas ya perdieron su color // esas noches que gastamos fueron noches sin valor. Nada tuyo va quedando en el álbum del ayer // sólo fotos amarillas y una rosa de papel. 
No me importa si te vi, sin embargo al verte así, y no llamarte, 
me mordí.

   Llamó a la recepción y pidió que le subieran un gin con gin, doble. Y algo para picar.

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   1 Literalmente en Inglés “golpe en la pared”

2 Explosión de golpe, en Inglés.
3 Federal Bureau of Narcotics

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