miércoles, 8 de julio de 2020

Operación Lobo Marino; Punta Angamos, 1972. Capítulo 2°




               Capítulo II: La diosa blanca


Durante milenios los pueblos originarios de los andes amazónicos, principalmente chibchas, aymaras y quechuas, han venido consumiendo las hojas de la coca -un arbusto endémico, de la familia de las eritroxiláceas y muy abundante en la zona-, utilizándolas en ceremonias rituales y sus trances místicos, así como en los trabajos cotidianos, dado sus reconocidas propiedades psicotrópicas, estimulantes y anti fatiga, y también como elemento medicinal, analgésico y digestivo, e incluso como moneda de cambio o trueque hacia las tierras más bajas. El producto fue llevado a Europa hacia finales del siglo XVII para ser estudiado, de forma tal que casi cien años después, en los laboratorios Merck, de Alemania,  y paralelamente a los análisis y pruebas realizados en Lima por el químico farmacéutico peruano de origen francés Alfredo Bignon, se descubrió sus propiedades alcaloides al ser descompuesto para aislar la sustancia denominada clorhidrato de cocaína, en forma de polvo blanco, y su derivado, el crack, en forma de cristales, cuyo consumo, por inhalación, insuflación o inoculación, tiene efectos inmensamente más rápidos y poderosos que la simple masticación de la pasta de coca propiamente tal, siendo utilizada en una primera época para fines médicos, principalmente anestésicos, pero derivando luego a un uso más antojadizo y eminentemente recreativo, al constituir una droga que lleva a su consumidor a una pérdida de contacto con la realidad, híper activando sus sentidos, la alerta y la agresividad, y, en suma, dotándolo de una felicidad ficticia que se manifiesta en agitación psicomotriz, locuacidad y sobre estimación del yo, en un estado que perdura mientras se mantengan en su interior los efectos del estupefaciente acabado lo cual el individuo cae en una suerte de depresión y estado de ansiedad que se convierten en vehículo para la adicción y la dependencia, dado que el principio bioquímico del alcaloide se basa en que actúa inhibiendo directamente la recaptación de la serotonina, la norepinafrina y la dopamina lo que se traduce en una mayor concentración de estos tres neurotransmisores en el cerebro mientras duran los efectos. Sin embargo, a más del riesgo de adicción, lo que es fuente de problemáticas de orden psicosocial para las familias y los gobiernos, su consumo frecuente puede inducir a trastornos mentales y, lo peor, a accidentes cardiovasculares en el individuo, registrándose respetables cifras de fallecimiento por esta causa, y también, por todo ello, a problemas crecientes de relación entre los países productores y consumidores. Por lo mismo, estos dos factores, la elaboración y consumo de la droga, fueron objeto paulatino de prohibición en los diversos países del orbe desde principios del siglo XX; y en 1961, la Convención Única sobre Estupefacientes, una especie de tratado internacional sobre las drogas y narcóticos, decretó también la prohibición del uso de la hoja de coca, excepto para fines médicos y científicos, lo que fue afianzado en 1971 por una medida legislativa del gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon la cual fue siendo replicada por los distintos gobiernos de los diversos países.
Esteban Grandón Pincheira, más conocido como “El Grande” en el Servicio, a pesar de que le faltaba un cachito para el metro ochenta de estatura, tenía claro desde el principio que no debía aparecer por el cuartel general ni cualquiera otra dependencia de Investigaciones dada su función de agente encubierto, salvo situaciones muy puntuales en las cuales debía cubrir su apariencia con un disfraz o caracterización cualquiera, teniendo la obligación estratégica de pasar de incógnito no sólo en los grupos que procedía a infiltrar, sino que en toda circunstancia. Por ello gozaba de libertad para moverse y actuar, debiendo sólo cumplir con la obligación de comunicarse unas tres veces a la semana con el jefe de la Beja, el comisario Hernán López, y siempre desde un teléfono público, para informar sobre el estado de sus investigaciones y recibir instrucciones al respecto. El que se llegase a conocer su verdadera identidad y trabajo podía significar no sólo la pérdida de las operaciones en las que se empeñaba, llevando en ello a todo el servicio, y habiéndose obtenido en un par de ocasiones, por esa vía del anonimato, ingentes logros en la lucha contra el delito; sino que podía incluso poner en riesgo su seguridad personal y familiar y hasta su propia vida. Por eso se adelantó. Como daba por seguro que pasaría una semana en Mejillones y Antofagasta, se apresuró a llamar a su familia desde una central telefónica ubicada en el sector Mapocho, porque, no obstante el viaje, no iba a poder pasar a verlos ya que esa necesidad de actuar como desconocido, y el compromiso y riesgo de la misión emprendida, se lo iban a impedir. Así que pidió el número con la operadora y ésta le dio la llamada en una de las cabinas hacia la cual se dirigió raudo mientras el teléfono emitía su clásico ronroneo de alerta. Todavía no cerraba la puerta cuando escuchó la voz de su madre:
-Aló –dijo la voz con entonación interrogante.
-Aló, mamá. Habla Esteban.
-Estebancito, hijo, te habías perdido. ¿Qué pasa? Anoche no más conversábamos de ti con tu papá.
-No, madre. Si los llamé no hace más de tres días. Además no pasa nada.
-Pero es que nosotros siempre estamos pendientes de ti, hijo. Nos preocupamos.
-Madre, yo también pienso en ustedes, siempre. En ti y en papá. En mi hermana y mi cuñado, y en mis sobrinos. Los llamo cuando puedo pues mi pega es muy absorbente.
-Por eso es que con tu padre queremos que te vengas, que pidas tu traslado para acá, o que te retires de ese condenado servicio de tiras. Siempre lo hemos encontrado peligroso.
-No tiene nada de peligroso, mamá. Es un trabajo como todos (si supiera, pensó para sus adentros). Además es bastante interesante. A mí me gusta.
-Me conformaría si me convences de que se trata de un trabajo de oficina y en donde estás sentado ante un escritorio tramitando papeles y personas.
-Bueno, algo de eso hay, pero también es de terreno (otra vez pensó: si supiera su madre en qué andaba metido). Pero quédate tranquila, mamá. No hay que hacer caso a lo que muestran las películas. Eso es pura ficción
-Las películas y las telenovelas -aclaró ella.
-Bueno, mamá, yo llamaba para saludarlos, saber cómo están y decirles que no voy a poder ir para Navidad porque tengo que trabajar el 26. Voy a hacer empeño de ir para el Año Nuevo.
-Lástima, hijo, tú siempre ausente. Te vamos a echar de menos. Pero, bueno, qué le vamos a hacer. Te esperamos para el Año Nuevo, entonces.
-Nos veremos el 31 en la noche y ahí nos daremos el abrazo. Chao, mamá, un beso. Saludos a mi papá y a todos por allá.
-Chao, hijo. Daré los saludos en tu nombre. Y cuídate, te quiero mucho.
-Yo también, mamá. -Y colgó antes que se le quebrara la voz.
En el ambiente sonaba el disco de moda, del dúo holandés Mouth & MacNeal. Lo reconoció porque lo había visto bailar en el programa de televisión “Música Libre” y porque también había buscado su letra en un cancionero, haciendo esfuerzos por aprenderla de memoria:

Once I said wanted you I don’t remember why / I often wonder if it’s true, that you could make me cry
I only know it’s long ago, you said I love you too / But I got one solution left, we’re gonna star anew/
How you do?


El jefe Leblanc había quedado preocupado tras la entrevista con el joven Grandón Pincheira. Una lucecita de alerta se había prendido en su mente sin lograr en modo alguno relacionarla con algo concreto. Pero estaba ahí, una conexión a lo desconocido que no podía desentrañar. Atendió sus asuntos el resto de la mañana, recibió un par de audiencias más, y hacia el medio día salió a hacer un punto de prensa ya comprometido. La situación estaba difícil en el país. Las protestas, manifestaciones y movilizaciones menudeaban y, el desorden en las calles era cosa de todos los días, superando los asuntos derivados del disentimiento político y la contingencia en número y magnitud a aquellos que concernían a lo estrictamente policial, y cada vez más. Pero la gota que había venido a rebalsar el vaso fue la huelga de los camioneros que dio lugar, como una gran bola de nieve, a paros de otras entidades gremiales, cuadro de agitación social que tendió a calmarse un poco con el nombramiento, por parte del Presidente, de militares en tres de los principales ministerios. La reunión almuerzo a la que había sido citado en La Moneda por el Subsecretario del Interior, en conjunto con los principales jefes de servicios públicos de nivel nacional, incluido Carabineros e Investigaciones, trataba justamente de ello, del convulsionado ambiente político, de la dificultosa marcha del país y de los obstáculos que se estaba poniendo al cumplimiento fiel del programa de gobierno, ante lo cual cada directivo tuvo que reportarse y dar una mirada en perspectiva sobre los procedimientos a aplicar en el futuro inmediato por las unidades a su cargo. Ahí Leblanc pidió tener una reunión inmediatamente terminado el almuerzo con el Director de Investigaciones Aduaneras y el Presidente del Consejo de Estado, lo cual le fue concedido por el subsecretario Argomedo. Mas, la campanada de alerta, el objeto incógnito de una ansiedad creciente en su sistema límbico no lo dejó tranquilo en toda la tarde.
Terminada la reunión almuerzo, los invitados y autoridades se levantaron de la mesa y se dispersaron por la sala probando un bajativo, buscando mezclarse en grupos heterogéneos de intercambio de opiniones no atinentes a la coyuntura, como terapia social de atenuación de la tirantez a la que habían sido expuestos. Aunque algunos, los menos, alcanzaron a cruzar sólo unas pocas palabras para proceder casi de inmediato a despedirse y volver a sus oficinas alegando cumplimiento de agendas, la gran mayoría quedó probando ese bajativo y conversando durante una media hora tras la cual, uno a uno, recién comenzaron a marcharse. En eso se acercó Álvaro Fuentes, jefe de Gabinete del Subsecretario Daniel Argomedo, acompañado de una secretaria joven, y le dijo a Leblanc: “Compañero, está lista la salita para su reunión privada”. “Gracias”, le contestó el Director de Investigaciones, y fue rápido a buscar su porta documentos para dirigirse a la dirección indicada. De paso se despidió del Subsecretario con un educado apretón de manos y golpecitos en los hombros.
En la salita, provista de una mesa redonda con seis sillas cómodas, un telón para proyectar películas, fotografías o transparencias y un mueble aparador para el servicio de café, té y refrescos, ya se encontraba instalado el abogado y académico Eduardo Monreal, Presidente del Consejo de Defensa del Estado, sorbiendo un café que le había dejado la secretaria. Al segundo llegó Luis González Camus, el Presidente de la DIA1. Él, junto con Leblanc, se sirvió un café cargado y ambos procedieron a tomar asiento, pero fue el Director de Investigaciones quien abrió los fuegos:
-Compañeros, aquí debemos ser francos y tirar todas las cartas sobre la  mesa, compartir toda la información. Es cierto que hay filtraciones, o si no cómo iba a ser posible que el descubrimiento de un laboratorio de procesamiento de cocaína en Iquique, el segundo a la fecha, no haya redundado en la captura de implicado alguno. Cuando la policía llegó allí no había nadie. Todos habían huido. Alguien les alcanzó a avisar a tiempo. No es posible que pasen cosas así.
Monreal, que había estado observando y escuchaba atentamente, carraspeó brevemente, tomó la palabra y trató de poner un poco de orden en la conversación:
-Bueno, en la charla a la que acabamos de asistir todos ha quedado manifiesto que los problemas que aquejan al gobierno son muchos, y de diversa índole, cuál de todos más alarmante… pero… bueno… estamos claros que el narcotráfico… aunque aún no lo vemos en gran escala… puede llegar a constituir un problema… insalvable…
-Nosotros estamos investigando la existencia de una red importante en el Norte, en Tarapacá -se apresuró a decir González Camus- . Descubrimos a un hombre que trató de pasar 10 kilos de cocaína por el control aduanero y lo detuvimos. Está hablando y todo indica que además de hampones reconocidos hay funcionarios públicos comprometidos, una verdadera red de protección. De eso no puedo hablar mucho porque está en pleno proceso de indagatoria.
                     - Y qué me dice de Antofagasta -le preguntó Leblanc-. ¿Han tenido noticias de allá?
-Mire, Director –le contestó el de la DIA-, nosotros tenemos bien cubierto los controles de Chacalluta, Visviri, Chungará y Colchane, tenemos hombres especializados y equipos allá, además animales adiestrados. Lo mismo en San Pedro de Atacama, Ollagüe y Socompa, por el lado de Antofagasta. Y los puertos y aeropuertos. Pero nada puede  decirse de las caletas. No hay gente suficiente como para cubrir tanto espacio desierto y posible de contrabando, especialmente del burrero 2.
         -Además -aprovechó de decir Leblanc-, en Arica, aunque salieron libres de todo cargo después de estar detenidos en virtud de una delación, al Yayo Ojeda y al uruguayo Ivanov los tenemos vigilados. Toda la zona de Azapa está siendo rastreada. Pero vuelvo a hacer la pregunta –continuó, algo altanero-: ¿Hay algo, una noticia, una información, un dato, una sospecha por último, sobre posibles embarques no conocidos de coca en algún puerto de Antofagasta?
-Sólo una –contestó el de la DIA-, una alerta de la BNDD 3. Es un documento muy vago, de tan sólo un par de párrafos. Desde entonces se está atento en los cuatro puertos de la provincia y Carabineros patrulla toda la parte fronteriza del altiplano.
-Ah, ya veo –agregó Leblanc, con un dejo de conformidad y reacomodándose  en su asiento-. Bueno, yo tengo un plan, está en elaboración y no puedo darlo a conocer todavía. Sólo sé que vamos a necesitar toda la colaboración. De todos.
-Por el bien del Estado de Chile y de su gobierno que vela por el bienestar de la patria y su pueblo y por la revolución, debo suponer que esa ayuda está comprometida de antemano, Director –dijo Monreal, solemne, retomando la palabra mediadora-. Nuestro representante allá, el procurador Julio Coloma, está haciendo un muy buen trabajo cooperando con el ministro en visita. La ruta Oruro–Iquique se está poniendo quizás más activa que las de Arica. Pero de repente podría ser que haya quedado muy al descubierto la ruta de Antofagasta. Algo así quieren decir los gringos.
-Por supuesto -agregó González Camus, poniendo también de su parte-, todo el apoyo, y debemos intercambiar información pero debe ser al más alto nivel pues aquí, y en el momento que vivimos, hasta las paredes tienen oídos. Es evidente que hay filtraciones. En todas partes. Es difícil librarse de ellas.
-Nos volveremos a juntar y estudiaremos la posibilidad de incluir a otros servicios –concluyó Leblanc, dando por terminada la particular reunión.
-¡Eso! –dijo Monreal.
-Está bien –agregó González Camus dando un puñetazo sobre la mesa y apurando sobre la misma el resto de su café.
Se pararon los tres y se despidieron con apretones de mano y fuertes abrazos. Se veían conmovidos. Cada uno partió por su cuenta.
Ya en el estacionamiento, Leblanc buscó el automóvil, un Fiat 125 azul que correspondía a la Dirección de Investigaciones, y cuando llegó a su puertecilla le dijo al chófer de servicio que lo llevara directamente al cuartel el cual no quedaba muy lejos. Una vez allí, bajó en la entrada de General Mackenna, dejando que el conductor dirigiera el auto a su sitio habitual de estacionamiento. Subió los escalones del edificio y mientras lo hacía su cara de felicidad reflejaba el destrabe de impresiones que su fuero interno estaba experimentando, nacido del hecho de que aquello que lo había mantenido inquieto todo el día estaba tirando a desentrañarse. El agente de guardia le abrió la puerta lo que agradeció con una leve inclinación de cabeza, y penetró a la recepción, llena de gente. Subió a su oficina en el segundo piso, saludó coloquialmente a la secretaria y sin pedir las novedades le solicitó una taza de café con poca azúcar. Enseguida, se sacó el vestón ubicándolo con cuidado en el colgador y se dirigió a la caja fuerte, empotrada en una de las paredes laterales de la oficina y en donde tenía el archivo con documentación clasificada como confidencial, reservada y secreta. Discó la serie de números que constituían la clave, abrió la pesada puerta y accedió al pequeño “kardex” deslizando la primera de sus gavetas la cual contenía los documentos confidenciales. Dentro de ella, buscó la carpeta de la BNDD cuyas hojas su antecesor había ordenado por temas. Las hojeó con dedos rápidos… y allí estaba. El documento tenía un mes de antigüedad, justo en el período en que había ocurrido lo de Iquique. Consistía en un par de párrafos que advertían sobre serias presunciones de un futuro embarque de cocaína por Antofagasta. Y daba dos datos puntuales, recogidos de organismos de inteligencia y de Interpol, que podían considerarse como pistas: Punta Angamos y Navidad, agregando en unas líneas finales que posiblemente en ello estaba implicado el individuo solamente conocido en el ambiente mafioso como “M”. Podía ser Murat, también secreto y enigmático y que aparecía en un par de documentos cubanos pero no existía certeza sobre la existencia o la individualización de ninguno de los dos, si es que no eran la misma persona.
                       Cerró la primera gaveta y luego deslizó la correspondiente a los documentos reservados, buscando un oficio del Ministerio del Interior, de más antigua data que el otro, en que se informaba que el gobierno, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, había accedido a la solicitud de su similar de Estados Unidos en orden a permitir la visita al país de una brigada de la BNDD destinada a apoyar a las fuerzas nacionales en su lucha contra el narcotráfico dando como razón atendible a esa solicitud el que la mayoría de la droga contrabandeada desde Sudamérica terminara en las grandes ciudades de su país.
 Entraba la secretaria con el café humeante. “Demoró un poco en hervir el agua”, dijo. Y Leblanc se lo agradeció mientras se inclinaba sobre el escritorio estirando los brazos hacia la delgada carpeta que le había dejado el detective Grandón Pincheira en la mañana. Se retrepó en el sillón, probó un sorbo desde la aromática taza y se dispuso a leer concentradamente las breves páginas. La secretaría salía cerrando con suavidad la puerta.
Era un informe corto pero completo, redactado cablegráficamente, a la usanza militar. Bajo el título “Operación Lobo Marino”, hacía una descripción general de la problemática y fijaba a continuación un objetivo general y dos específicos, pasando a detallar las acciones necesarias para el cumplimiento de los mismos. Luego planteaba el requerimiento de los medios necesarios. Y aquí comprobó el Director lo que se le estaba pidiendo. En Antofagasta existía la empresa Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, de capitales británicos (Antofagasta –Chili- & Bolivia Railway Company), con una gran maestranza y población en Mejillones. De sus ejecutivos se podía conseguir apoyo en términos de poner a disposición una base de operaciones, vehículos, combustibles y abastecimientos. Todo por una semana. Debía solicitarse a nivel de gobierno.
El Director Leblanc apretó el botón del intercomunicador para llamar a la secretaria:
            -Señora Bárbara, venga por favor.
            Entró al despacho la funcionaria y su jefe le espetó breve y categóricamente:
       -Llame a la cancillería y me consigue audiencia con el embajador para mañana mismo.  Si encuentra problemas me comunica de inmediato con el Presidente por la línea directa.


_____________________
   1 Dirección de Investigaciones Aduaneras
   2 Se llama así al micotráfico de especies llevado por personas que cruzan las fronteras por pasos no   habilitados
    3 Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs, la agencia antidrogas antecesora de la DEA



No hay comentarios: