Durante milenios los pueblos originarios de
los andes amazónicos, principalmente chibchas, aymaras y quechuas, han venido
consumiendo las hojas de la coca -un arbusto endémico, de la familia de las
eritroxiláceas y muy abundante en la zona-, utilizándolas en ceremonias
rituales y sus trances místicos, así como en los trabajos cotidianos, dado sus
reconocidas propiedades psicotrópicas, estimulantes y anti fatiga, y también
como elemento medicinal, analgésico y digestivo, e incluso como moneda de
cambio o trueque hacia las tierras más bajas. El producto fue llevado a Europa
hacia finales del siglo XVII para ser estudiado, de forma tal que casi cien
años después, en los laboratorios Merck, de Alemania, y paralelamente a los análisis y pruebas
realizados en Lima por el químico farmacéutico peruano de origen francés
Alfredo Bignon, se descubrió sus propiedades alcaloides al ser descompuesto
para aislar la sustancia denominada clorhidrato de cocaína, en forma de polvo
blanco, y su derivado, el crack, en forma de cristales, cuyo consumo, por
inhalación, insuflación o inoculación, tiene efectos inmensamente más rápidos y
poderosos que la simple masticación de la pasta de coca propiamente tal, siendo
utilizada en una primera época para fines médicos, principalmente anestésicos,
pero derivando luego a un uso más antojadizo y eminentemente recreativo, al
constituir una droga que lleva a su consumidor a una pérdida de contacto con la
realidad, híper activando sus sentidos, la alerta y la agresividad, y, en suma,
dotándolo de una felicidad ficticia que se manifiesta en agitación psicomotriz,
locuacidad y sobre estimación del yo, en un estado que perdura mientras se
mantengan en su interior los efectos del estupefaciente acabado lo cual el
individuo cae en una suerte de depresión y estado de ansiedad que se convierten
en vehículo para la adicción y la dependencia, dado que el principio bioquímico
del alcaloide se basa en que actúa inhibiendo directamente la recaptación de la
serotonina, la norepinafrina y la dopamina lo que se traduce en una mayor
concentración de estos tres neurotransmisores en el cerebro mientras duran los
efectos. Sin embargo, a más del riesgo de adicción, lo que es fuente de problemáticas
de orden psicosocial para las familias y los gobiernos, su consumo frecuente
puede inducir a trastornos mentales y, lo peor,
a accidentes cardiovasculares en el individuo, registrándose respetables cifras
de fallecimiento por esta causa, y también, por todo ello, a problemas
crecientes de relación entre los países productores y consumidores. Por lo
mismo, estos dos factores, la elaboración y consumo de la droga, fueron
objeto paulatino de prohibición en los diversos países del orbe desde principios
del siglo XX; y en 1961, la Convención Única sobre Estupefacientes, una especie
de tratado internacional sobre las drogas y narcóticos, decretó también la
prohibición del uso de la hoja de coca, excepto para fines médicos y
científicos, lo que fue afianzado en 1971 por una medida legislativa del
gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon la cual fue siendo
replicada por los distintos gobiernos de los diversos países.
Esteban Grandón Pincheira, más conocido como “El Grande” en el Servicio,
a pesar de que le faltaba un cachito para el metro ochenta de estatura, tenía
claro desde el principio que no debía aparecer por el cuartel general ni
cualquiera otra dependencia de Investigaciones dada su función de agente
encubierto, salvo situaciones muy puntuales en las cuales debía cubrir su
apariencia con un disfraz o caracterización cualquiera, teniendo la obligación
estratégica de pasar de incógnito no sólo en los grupos que procedía a
infiltrar, sino que en toda circunstancia. Por ello gozaba de libertad para
moverse y actuar, debiendo sólo cumplir con la obligación de comunicarse unas
tres veces a la semana con el jefe de la Beja, el comisario Hernán López, y
siempre desde un teléfono público, para informar sobre el estado de sus
investigaciones y recibir instrucciones al respecto. El que se llegase a
conocer su verdadera identidad y trabajo podía significar no sólo la pérdida de
las operaciones en las que se empeñaba, llevando en ello a todo el servicio, y
habiéndose obtenido en un par de ocasiones, por esa vía del anonimato, ingentes
logros en la lucha contra el delito; sino que podía incluso poner en riesgo su
seguridad personal y familiar y hasta su propia vida. Por eso se adelantó. Como
daba por seguro que pasaría una semana en Mejillones y Antofagasta, se apresuró
a llamar a su familia desde una central telefónica ubicada en el sector Mapocho,
porque, no obstante el viaje, no iba a poder pasar a verlos ya que esa
necesidad de actuar como desconocido, y el compromiso y riesgo de la misión
emprendida, se lo iban a impedir. Así que pidió el número con la operadora y
ésta le dio la llamada en una de las cabinas hacia la cual se dirigió raudo
mientras el teléfono emitía su clásico ronroneo de alerta. Todavía no cerraba
la puerta cuando escuchó la voz de su madre:
-Aló
–dijo la voz con entonación interrogante.
-Aló,
mamá. Habla Esteban.
-Estebancito, hijo, te habías perdido. ¿Qué pasa? Anoche no más
conversábamos de ti con tu papá.
-No, madre. Si los llamé no hace
más de tres días. Además no pasa nada.
-Pero es que nosotros siempre
estamos pendientes de ti, hijo. Nos preocupamos.
-Madre, yo también pienso en ustedes, siempre. En ti y en papá. En mi
hermana y mi cuñado, y en mis sobrinos. Los llamo cuando puedo pues mi pega es
muy absorbente.
-Por eso es que con tu padre queremos que te vengas, que pidas tu
traslado para acá, o que te retires de ese condenado servicio de tiras. Siempre lo hemos encontrado
peligroso.
-No tiene nada de peligroso, mamá. Es un trabajo como
todos (si supiera, pensó para sus
adentros). Además es bastante interesante. A mí me gusta.
-Me conformaría si me convences de que se trata de un trabajo de oficina
y en donde estás sentado ante un escritorio tramitando papeles y personas.
-Bueno, algo de eso hay, pero también es de terreno (otra vez pensó: si supiera su madre en qué
andaba metido). Pero quédate tranquila, mamá. No hay que hacer caso a lo
que muestran las películas. Eso es pura ficción
-Las películas y las telenovelas
-aclaró ella.
-Bueno, mamá, yo llamaba para saludarlos, saber cómo están y decirles que
no voy a poder ir para Navidad porque tengo que trabajar el 26. Voy a hacer
empeño de ir para el Año Nuevo.
-Lástima, hijo, tú siempre ausente. Te vamos a echar de menos. Pero,
bueno, qué le vamos a hacer. Te esperamos para el Año Nuevo, entonces.
-Nos veremos el 31 en la noche y
ahí nos daremos el abrazo. Chao, mamá, un beso. Saludos a mi papá y a todos por
allá.
-Chao, hijo. Daré los saludos en
tu nombre. Y cuídate, te quiero mucho.
-Yo también, mamá. -Y colgó antes
que se le quebrara la voz.
En el ambiente sonaba el disco de moda, del dúo holandés Mouth & MacNeal. Lo reconoció porque
lo había visto bailar en el programa de televisión “Música Libre” y porque también había
buscado su letra en un cancionero, haciendo esfuerzos por aprenderla de memoria:
Once I said wanted you I don’t remember why
/ I often wonder if it’s true, that you could make me cry
I only know it’s long ago, you said I love
you too / But I got one solution left, we’re gonna star anew/
How you do?
El jefe Leblanc había quedado preocupado tras la entrevista con el joven
Grandón Pincheira. Una lucecita de alerta se había prendido en su mente sin
lograr en modo alguno relacionarla con algo concreto. Pero estaba ahí, una
conexión a lo desconocido que no podía desentrañar. Atendió sus asuntos el
resto de la mañana, recibió un par de audiencias más, y hacia el medio día
salió a hacer un punto de prensa ya comprometido. La situación estaba difícil
en el país. Las protestas, manifestaciones y movilizaciones menudeaban y, el
desorden en las calles era cosa de todos los días, superando los asuntos
derivados del disentimiento político y la contingencia en número y magnitud a
aquellos que concernían a lo estrictamente policial, y cada vez más. Pero la
gota que había venido a rebalsar el vaso fue la huelga de los camioneros que
dio lugar, como una gran bola de nieve, a paros de otras entidades gremiales,
cuadro de agitación social que tendió a calmarse un poco con el nombramiento,
por parte del Presidente, de militares en tres de los principales ministerios.
La reunión almuerzo a la que había sido citado en La Moneda por el
Subsecretario del Interior, en conjunto con los principales jefes de servicios
públicos de nivel nacional, incluido Carabineros e Investigaciones, trataba
justamente de ello, del convulsionado ambiente político, de la dificultosa
marcha del país y de los obstáculos que se estaba poniendo al cumplimiento fiel
del programa de gobierno, ante lo cual cada directivo tuvo que reportarse y dar
una mirada en perspectiva sobre los procedimientos a aplicar en el futuro
inmediato por las unidades a su cargo. Ahí Leblanc pidió tener una reunión
inmediatamente terminado el almuerzo con el Director de Investigaciones
Aduaneras y el Presidente del Consejo de Estado, lo cual le fue concedido por
el subsecretario Argomedo. Mas, la campanada
de alerta, el objeto incógnito de una ansiedad creciente en su sistema límbico
no lo dejó tranquilo en toda la tarde.
Terminada la reunión almuerzo, los invitados y autoridades se levantaron
de la mesa y se dispersaron por la sala probando un bajativo, buscando
mezclarse en grupos heterogéneos de intercambio de opiniones no atinentes a la
coyuntura, como terapia social de atenuación de la tirantez a la que habían
sido expuestos. Aunque algunos, los menos, alcanzaron a cruzar sólo unas pocas
palabras para proceder casi de inmediato a despedirse y volver a sus oficinas
alegando cumplimiento de agendas, la gran mayoría quedó probando ese bajativo y
conversando durante una media hora tras la cual, uno a uno, recién comenzaron a
marcharse. En eso se acercó Álvaro Fuentes, jefe de Gabinete del Subsecretario
Daniel Argomedo, acompañado de una secretaria joven, y le dijo a Leblanc:
“Compañero, está lista la salita para su reunión privada”. “Gracias”, le
contestó el Director de Investigaciones, y fue rápido a buscar su porta
documentos para dirigirse a la dirección indicada. De paso se despidió del
Subsecretario con un educado apretón de manos y golpecitos en los hombros.
En la salita, provista de una mesa redonda con seis sillas cómodas, un
telón para proyectar películas, fotografías o transparencias y un mueble
aparador para el servicio de café, té y refrescos, ya se encontraba instalado
el abogado y académico Eduardo Monreal, Presidente del Consejo de Defensa del
Estado, sorbiendo un café que le había dejado la secretaria. Al segundo llegó
Luis González Camus, el Presidente de la DIA1. Él, junto con
Leblanc, se sirvió un café cargado y ambos procedieron a tomar asiento, pero
fue el Director de Investigaciones quien abrió los fuegos:
-Compañeros, aquí debemos ser francos y tirar todas las cartas sobre
la mesa, compartir toda la información.
Es cierto que hay filtraciones, o si no cómo iba a ser posible que el
descubrimiento de un laboratorio de procesamiento de cocaína en Iquique, el
segundo a la fecha, no haya redundado en la captura de implicado alguno. Cuando
la policía llegó allí no había nadie. Todos habían huido. Alguien les alcanzó a
avisar a tiempo. No es posible que pasen cosas
así.
Monreal, que había estado observando y escuchaba atentamente, carraspeó
brevemente, tomó la palabra y trató de poner un poco de orden en la
conversación:
-Bueno, en la charla a la que acabamos de asistir todos ha quedado
manifiesto que los problemas que aquejan al gobierno son muchos, y de diversa
índole, cuál de todos más alarmante… pero… bueno… estamos claros que el
narcotráfico… aunque aún no lo vemos en gran escala… puede llegar a constituir
un problema… insalvable…
-Nosotros estamos investigando la existencia de una red importante en el
Norte, en Tarapacá -se apresuró a decir González Camus- . Descubrimos a un
hombre que trató de pasar 10 kilos de cocaína por el control aduanero y lo
detuvimos. Está hablando y todo indica que además de hampones reconocidos hay
funcionarios públicos comprometidos, una verdadera red de protección. De eso no
puedo hablar mucho porque está en pleno proceso de indagatoria.
- Y qué me dice de
Antofagasta -le preguntó Leblanc-. ¿Han tenido noticias de allá?
-Mire, Director –le contestó el de la DIA-, nosotros tenemos bien
cubierto los controles de Chacalluta, Visviri, Chungará y Colchane, tenemos
hombres especializados y equipos allá, además animales adiestrados. Lo mismo en
San Pedro de Atacama, Ollagüe y Socompa, por el lado de Antofagasta. Y los
puertos y aeropuertos. Pero nada puede decirse de las
caletas. No hay gente suficiente como para cubrir tanto espacio desierto y
posible de contrabando, especialmente del burrero 2.
-Además -aprovechó de decir Leblanc-, en Arica, aunque salieron libres de
todo cargo después de estar detenidos en virtud de una delación, al Yayo Ojeda
y al uruguayo Ivanov los tenemos vigilados. Toda la zona de Azapa está siendo
rastreada. Pero vuelvo a hacer la pregunta –continuó, algo altanero-: ¿Hay
algo, una noticia, una información, un dato, una sospecha por último, sobre
posibles embarques no conocidos de coca en algún puerto de Antofagasta?
-Sólo una –contestó el de la DIA-, una alerta de la BNDD 3. Es
un documento muy vago, de tan sólo un par de párrafos. Desde entonces se está
atento en los cuatro puertos de la provincia y Carabineros patrulla toda la
parte fronteriza del altiplano.
-Ah, ya veo –agregó Leblanc, con un dejo de conformidad y reacomodándose en su asiento-. Bueno, yo tengo un plan, está
en elaboración y no puedo darlo a conocer todavía. Sólo sé que vamos a
necesitar toda la colaboración. De todos.
-Por el bien del Estado de Chile y de su gobierno que vela por el
bienestar de la patria y su pueblo y por la revolución, debo suponer que esa
ayuda está comprometida de antemano, Director –dijo Monreal, solemne, retomando
la palabra mediadora-. Nuestro representante allá, el procurador Julio Coloma,
está haciendo un muy buen trabajo cooperando con el ministro en visita. La ruta
Oruro–Iquique se está poniendo quizás más activa que las de Arica. Pero de
repente podría ser que haya quedado muy al descubierto la ruta de Antofagasta.
Algo así quieren decir los gringos.
-Por supuesto -agregó González Camus, poniendo también de su parte-, todo
el apoyo, y debemos intercambiar información pero debe ser al más alto nivel
pues aquí, y en el momento que vivimos, hasta las paredes tienen oídos. Es
evidente que hay filtraciones. En todas partes. Es difícil librarse de ellas.
-Nos volveremos a juntar y estudiaremos la posibilidad de incluir a otros
servicios –concluyó Leblanc, dando por terminada la particular reunión.
-¡Eso! –dijo Monreal.
-Está bien –agregó González Camus dando un puñetazo sobre la mesa y apurando
sobre la misma el resto de su café.
Se pararon los tres y se despidieron con apretones de mano y fuertes
abrazos. Se veían conmovidos. Cada uno
partió por su cuenta.
Ya en el estacionamiento,
Leblanc buscó el automóvil, un Fiat 125 azul que correspondía a la Dirección de
Investigaciones, y cuando llegó a su puertecilla le dijo al chófer de servicio
que lo llevara directamente al cuartel el cual no quedaba muy lejos. Una vez
allí, bajó en la entrada de General Mackenna, dejando que el conductor
dirigiera el auto a su sitio habitual de estacionamiento. Subió los escalones
del edificio y mientras lo hacía su cara de felicidad reflejaba el destrabe de
impresiones que su fuero interno estaba experimentando, nacido del hecho de que
aquello que lo había mantenido inquieto todo el día estaba tirando a
desentrañarse. El agente de guardia le abrió la puerta lo que agradeció con una
leve inclinación de cabeza, y penetró a la recepción, llena de gente. Subió a
su oficina en el segundo piso, saludó coloquialmente a la secretaria y sin
pedir las novedades le solicitó una taza de café con poca azúcar. Enseguida, se
sacó el vestón ubicándolo con cuidado en el colgador y se dirigió a la caja
fuerte, empotrada en una de las paredes laterales de la oficina
y en donde tenía el archivo con documentación clasificada como confidencial, reservada y secreta. Discó la serie de
números que constituían la clave, abrió la pesada puerta y accedió al pequeño
“kardex” deslizando la primera de sus gavetas la cual contenía los documentos
confidenciales. Dentro de ella, buscó la carpeta de la BNDD cuyas hojas su
antecesor había ordenado por temas. Las hojeó con dedos rápidos… y allí estaba.
El documento tenía un mes de antigüedad, justo en el período en que había
ocurrido lo de Iquique. Consistía en un par de párrafos que advertían sobre
serias presunciones de un futuro embarque de cocaína por Antofagasta. Y daba
dos datos puntuales, recogidos de organismos de inteligencia y de Interpol, que
podían considerarse como pistas: Punta Angamos y Navidad, agregando en unas
líneas finales que posiblemente en ello estaba implicado el individuo solamente
conocido en el ambiente mafioso como “M”. Podía ser Murat, también secreto y enigmático
y que aparecía en un par de documentos cubanos pero no existía certeza sobre la
existencia o la individualización de ninguno de los dos, si es que no eran la
misma persona.
Cerró la primera gaveta y luego
deslizó la correspondiente a los documentos reservados, buscando un oficio del
Ministerio del Interior, de más antigua data que el otro, en que se
informaba que el gobierno, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores,
había accedido a la solicitud de su similar de Estados Unidos en orden a
permitir la visita al país de una brigada de la BNDD destinada a apoyar a las
fuerzas nacionales en su lucha contra el narcotráfico dando como razón
atendible a esa solicitud el que la mayoría de la droga contrabandeada desde
Sudamérica terminara en las grandes ciudades de su país.
Entraba la
secretaria con el café humeante. “Demoró un poco en hervir el agua”, dijo. Y
Leblanc se lo agradeció mientras se inclinaba sobre el escritorio estirando los
brazos hacia la delgada carpeta que le había dejado el detective Grandón
Pincheira en la mañana. Se retrepó en el sillón, probó un sorbo desde la
aromática taza y se dispuso a leer concentradamente las breves páginas. La
secretaría salía cerrando con suavidad la puerta.
Era un informe corto pero completo, redactado
cablegráficamente, a la usanza militar. Bajo el título “Operación Lobo Marino”,
hacía una descripción general de la problemática y fijaba a continuación un
objetivo general y dos específicos, pasando a detallar las acciones necesarias
para el cumplimiento de los mismos. Luego planteaba el requerimiento de los
medios necesarios. Y aquí comprobó el Director lo que se le estaba pidiendo. En
Antofagasta existía la empresa Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, de capitales británicos (Antofagasta
–Chili- & Bolivia Railway Company), con una gran maestranza y población en
Mejillones. De sus ejecutivos se podía conseguir apoyo en términos de poner a
disposición una base de operaciones, vehículos, combustibles y abastecimientos.
Todo por una semana. Debía solicitarse a nivel de gobierno.
El Director Leblanc apretó el
botón del intercomunicador para llamar a la secretaria:
-Señora
Bárbara, venga por favor.
Entró al despacho la funcionaria
y su jefe le espetó breve y categóricamente:
-Llame a la cancillería y me consigue audiencia con el embajador para
mañana mismo. Si encuentra problemas me comunica de inmediato con el Presidente
por la línea directa.
_____________________
2 Se llama así al micotráfico de especies llevado por personas que cruzan las fronteras por pasos no habilitados
3 Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs, la agencia antidrogas antecesora de la DEA
No hay comentarios:
Publicar un comentario