lunes, 19 de junio de 2017

Gustave Verniory y su libro "Dix Années en Araucanie"


El plan de construcción de grandes obras públicas emprendido por el gobierno del Presidente José Manuel Balmaceda, especialmente en lo referido a la extensión de la línea férrea a lo largo del amplio territorio nacional, fue el motivo por el cual llegó a Chile el joven ingeniero belga Gustave Verniory, quién, pudiendo postular a trabajos de otros países pues en todas partes se necesitaban ingenieros, optó por el nuestro a raíz del ejemplo de uno de sus profesores que había sentado cátedra en la Universidad de Chile. Verniory arribó al país en enero de 1889, y después de una corta estada en Santiago, en trámites de orden administrativo, fue enviado al Sur a integrarse al equipo que construía la línea férrea entre Collipulli y Temuco pues el famoso puente del Malleco estaba a punto de ser inaugurado. En el terreno mismo de las obras, fue nombrado ingeniero a cargo de la línea centro, es decir, de la que se construía entre Victoria y Lautaro, estableciendo su residencia en el primero de estos poblados para trasladarse posteriormente y en forma más permanente a Lautaro aunque normalmente viajaba a caballo muy seguido entre ambos lugares e incluso más al sur, hasta Temuco y también hacia el sector cordillerano, a Lonquimay y faldas del volcán Llaima, alcanzando en una oportunidad incluso hasta Valdivia y la costa por el lago Budi y Puerto Toltén. Debido a ello y a sus grandes cualidades de observador y su costumbre de anotarlo todo con rigurosidad, dejó un registro muy completo no sólo del avance de las obras ingenieriles que emprendía sino también de la naturaleza del país, de su gente, sus costumbres, los paisajes, los vegetación, los ríos, las montañas, la fauna, todo lo cual describe con un alto grado de exaltación, sobre una zona del país que por esos tiempos aún se mantenía incontaminada, constituyendo una verdadera frontera y en estado semi salvaje, en que los hombres acostumbraban a deambular con el revólver al cinto y el rifle en el caballo.
            Le tocó vivir dos situaciones de crisis nacionales. Primero, la guerra civil del 91, en que fue presionado a vestir el uniforme de oficial del ejército balmacedista aunque como miembro de reserva y hasta honorario, motivo por el que fue exonerado de su cargo al termino del conflicto, como aconteció con todos los militares, jefes y funcionarios públicos que integraron las filas del vencido bando presidencialista. Aún así y no obstante la exoneración, la que se verificó no bien concluidas las obras del ferrocarril a Lautaro, fue contratado casi enseguida por la empresa particular que licitó las obras de construcción del tendido ferroviario entre Lautaro y Temuco y su continuación hasta Pitrufquén las cuales consideraban un túnel y por lo menos dos grandes puentes, uno sobre el río Cautín, en Temuco, y el otro sobre el río Toltén, entre Freire y Pitrufquén, todo lo cual Verniory, con su equipo de profesionales y sus trabajadores, concluyeron con éxito en el plazo fijado. La segunda crisis de orden nacional que le tocó vivir fue la que dice relación con un capítulo más de la sempiterna disputa de límites con Argentina, bajo el gobierno del presidente Federico Errázuriz Echaurren, con amenazantes aires de enfrentamiento bélico entre ambos países, lo que lo llevó a pensar seriamente en dejar el país. De igual forma le fue ofrecida la jefatura de la continuación de las obras hasta Pichirropulli y después hasta Osorno, pero entonces él ya estaba decidido a volver a Europa lo cual concretó en enero 1899, completando diez años de vida en nuestro país. De sus notas manuscritas hizo un texto en pocos ejemplares que denominó “Dix Années en Araucanie. 1889 – 1899” el cual fue publicado en castellano casi cien años después por alguien que felizmente descubrió uno de esos originales. De esta obra, que es muy larga y muy acuciosa en cuanto a las observaciones y descripciones del autor, me es dable destacar tres aspectos generales del país de aquel tiempo.
Primero, la belleza y majestuosidad del paisaje prácticamente virgen, con inmensas extensiones de bosques nativos y su vistosa variedad de especies, todo lo cual Verniory describe con largueza y admiración, lamentando tener que arrasar cincuenta metros de este fastuoso follaje a lo largo de cada lado de la línea, como parte de las obras del tendido, penetrando en esos nuevos espacios verdaderas nubes de leñadores a hacer durmientes y maderas de los árboles caídos, y así Verniory va viendo morir al árbol y va sufriendo con ello. A la par, describe la fauna, tanto la terrestre como las aves, llamándole fuertemente la atención los pumas aunque no logró nunca cazar uno de ellos por más que lo intentara con sus amigos por noches enteras.
También se refiere a la población, dedicando todo un capítulo a los mapuches. Su naturaleza, historia, prácticas y costumbres, que Verniory conoció de cerca y muy bien puesto que incluso aprendió a hablar correctamente el mapudungun. Describe también al habitante típico de Chile, por lo menos el de la Frontera, que él nombra como el “roto”, producto del cruce entre mapuche y español, hombre sufrido y de gran aguante para el trabajo pero de vida desordenada y poco previsora, sin mayor perspectiva que el día a día, hombre de frontera. Y en este punto que trata sobre la gente, destaca con colores propios la gran cantidad de inmigrantes, alemanes, ingleses, escoceses, franceses, belgas, suecos, suizos, rusos, españoles, etc. que llegaron como colonos o, al igual que Verniory, como técnicos o profesionales a realizar determinados trabajos y obras o a desarrollar determinados proyectos, y fueron ellos los que a la postre terminaron poblando el territorio, casi en iguales cantidades que la población aborigen o de chilenos emigrados de otras regiones del país.
              Para terminar, destaco una característica humana que se da en el libro transversalmente en todas las razas que el autor describe, cual es la práctica consuetudinaria de beber alcohol en grandes cantidades. Verniory no sólo da como grandes bebedores a los mapuches quienes no se contentaban con su muday pues no perdían oportunidad de acudir a los blancos para conseguir aguardiente, y en cantidades; sino que trata también a los rotos chilenos como bebedores empedernidos del gran vino del país, hasta el punto que se hacía necesario, según dice, guardar medidas permanentes para impedir que robasen el vino de las bodegas y así pudiesen dedicarse sólo a trabajar. Pero los europeos no le iban en zaga y eran también fuertes bebedores de cerveza, de vino y de licores. A menudo Verniory describe problemas con algunos de ellos, profesionales, técnicos o contratistas, por andar embriagados, y él mismo, proveniente de Bélgica, se retrata recurrentemente ingiriendo alcohol, vino del bueno, cerveza alemana, espumantes de España y Francia, finos tragos fuertes europeos. Las fiestas que se hacían entre estos extranjeros (matrimonios, bautizos, inauguraciones), además de inmensos banquetes, eran muy regadas con alcohol y en donde todos terminaban curados. Para qué decir las fiestas de los rotos chilenos, que solían durar varios días, generalmente después de los pagos de las quincenas o mensualidades, y las cuales normalmente terminaban con lesionados y heridos e incluso muertos a raíz de las reyertas provocadas por la excesiva ingesta de alcohol.
Era una tierra dura la Frontera, dura y ruda, de lucha diaria por la sobrevivencia y el progreso. Las hoy ciudades de Temuco, Lautaro y Victoria eran menos que pueblos, con escasas edificaciones y situados en medio de arboledas o de sus restos, bajo un clima inclemente de mucha lluvia y de acentuado frío en los inviernos, y con calles convertidas en verdaderos lodazales. El mejor hotel era un simple bodegón en el cual durante las noches se debía estar corriendo las camas para eludir las goteras. Los robos y asaltos a las propiedades y los abigeatos eran cosa frecuente y la policía se hacía poca para controlarlos, lo que llevaba a las comunidades a organizarse para perseguir a los bandidos campo o montaña adentro y sólo a veces lograban capturarlos, en medio de fuertes balaceras. El trabajo era enérgico, agotador y de mucho riesgo. El autor da cuenta de varios accidentes laborales en que los hombres resultaron heridos o fallecidos. Y él mismo, que era el jefe, estuvo por lo menos en tres ocasiones a punto de morir por accidentes. Primero fue el descarrilamiento de un carro, en que quedó inconsciente por más de 24 horas; después fue en la construcción de un túnel, en que, al igual que los mineros de Atacama, quedó sepultado en una gran excavación que habían realizado; y finalmente en la construcción del puente Toltén, en que resultó atrapado en uno de los tubos en que posteriormente se instalaría uno de los pilotes de sustentación de la obra, apuntalado hasta unos 6 metros bajo las aguas mediante una cámara de de vacío que después se inundaba. Allí estuvo a punto de perecer ahogado.




                      Pero fue de esta forma, y pese a la destrucción de lo natural y al sufrimiento humano, en que la civilización fue penetrando el territorio para entregar a la riqueza del país dos nuevas provincias que hoy podemos recorrer libremente en todas sus direcciones a través de modernas carreteras y hermosas ciudades y poblados; y también fue la forma de unir a todo el país, norte, centro y sur, en una sola larga línea y sin interrupciones.
Por lo tanto, esta es una obra literaria, perteneciente a la colección Biblioteca del Bicentenario, que todos los chilenos debieran leer, y muy en especial los que habitan hoy la actual novena Región del país, o La Araucanía o La Frontera.

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