El
escritor Carlos Tromben nos presenta un libro novedoso, una historia novelada
del famoso buque peruano de la Guerra del Pacífico, el “Huáscar”, desde el día
posterior al Combate Naval de Iquique hasta el 8 de octubre de 1879, día del
Combate Naval de Angamos.
Este
Carlos Tromben es hijo del otro Carlos Tromben, ex oficial de la Armada e
historiador naval, autor también de varios libros, entre ellos un libraco de
tapas duras, en el cual reconstruye la
corbeta Esmeralda, ilustrando cómo era físicamente dicha nave y su
funcionamiento y cómo era la vida a bordo, además de los usos y costumbres de
aquella época tan atractiva para nosotros los chilenos. Sin embargo, Carlos Tromben hijo, en esta
nueva obra que publica, “Huáscar”, al parecer seducido por el conocimiento
histórico y el influjo de aquel célebre, temible y escurridizo buque blindado de bajas bordas y potentes
cañones en torre giratoria, se nos tira a peruanizar. Y lo digo porque el libro
tiene tres personajes principales: el mismísimo Monitor, retratado y descrito
desde adentro y en plena acción y funcionamiento, el Contraalmirante Grau, su
comandante, y el Teniente Garezón, el
último comandante de la nave al final de la acción de Angamos y a quien el
autor nombra cada vez que le toca hacerlo, que son muchas en el libro, por su
nombre completo: Pedro Gárezon Thomas. A
ellos trata como héroes, poniendo de relieve
sus personalidades y sus virtudes, con poca o ninguna mención de sus
debilidades o errores de estrategia en las acciones de guerra que emprendieron.
También menciona, aunque en menor grado, al teniente José Melitón Rodríguez, a
cargo del cañón derecho de la torre de artillería y quien muriera horrorosamente
producto de un disparo de 250 del blindado chileno “Cochrane” el cual pasó muy
cerca y justo cuando el teniente peruano asomaba la cabeza por la porta de la
torreta para orientar el cañón, y nombra también recurrentemente al aspirante
Carlos Tizón de la Rosa, a cargo de la ametralladora Gatling en la cofa del
palo mayor del “Huáscar” y quien desde su ubicación privilegiada vio morir al
contraalmirante Grau, cuando otro disparo del “Cochrane” dio de lleno en la
torre de mando, cortando en dos el cuerpo del marino, saltando la parte
superior al tablado de la cubierta y la cual él aspirante cree que cayó posteriormente al mar porque
nunca se pudieron encontrar esos restos (aunque Tromben da otra versión sobre la
caída de este tronco humano), situación que se encuentra fundamentada en la
documentación histórica de la época.
En
cambio, Tromben no trata bien a los chilenos, los critica y hasta ridiculiza,
especialmente a Galvarino Riveros y en cierto modo a Jorge Montt, Enrique
Simpson y Domingo Santa María, a quienes
encuentra ineficientes, desastrados o perversos. Tiene también su Agustín Edwards de turno, Agustín Edwards
Ossandón, dueño de El Mercurio de Valparaíso y de un gran paquete accionario de
la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, a quien acusa de
complotar para iniciar la guerra en aras de sus intereses personales, y
sustenta la tesis de que la cacería del Huáscar constituyó una operación de
inteligencia en la que intervinieron intereses políticos oligárquicos chilenos,
intereses económicos extranjeros y hasta la logia masónica, esta última
asociada a la figura del poeta Eusebio Lillo, embarcado en el ”Blanco Encalada”
como secretario de la escuadra y a quien el autor realmente destaca pero por
sus cualidades de intriga y su mente fría y planificadora.
De
Latorre se refiere bien, por su capacidad táctica y estratégica y su frialdad
en el accionar bélico y en la toma de decisiones. Pero en un par de ocasiones,
cuando lo describe, lo trata como bajo, gordo y rollizo. A lo mejor no lo era
tanto el almirante, y al cabo ello no es lo más importante ni lo que más
interesa. También cita a Prat en un par de párrafos, pero, eso sí, lo hace con respeto.
En
fin, el libro trata sobre el “Huáscar” en su última incursión en aguas chilenas
antes de su abatimiento y captura, y enaltece la figura de Grau y la de algunos
de sus oficiales, al par que estigmatiza algunas figuras chilenas, políticos, empresarios y marinos. Pero sin parar
mientes en que fueron los chilenos los que ganaron esa pelea, y después de
perseguir aguas arriba y abajo a un enemigo que esquivó el bulto por meses,
eludiendo el combate con sus iguales y cebado en capturar barcos indefensos y cañonear
y espolonear buques de madera y anticuados.
Podría también tomarse el argumento del libro por ese lado, ya que el
autor reconoce en una entrevista posterior que en alguna medida recibió la
asesoría de su padre: Angamos significó la venganza de Iquique y cuando los
chilenos la tomaron lo hicieron con todo su poder y energía y toda la
impotencia acumulada del hecho de no haber podido echar el guante a quien, sea
por la capacidad del contrario o por el
azar, los había burlado de continuo, contribuyendo con ello grandemente a la mencionada
estigmatización.
En
todo caso, “Huáscar” es un buen libro cuyo valor reside en que rescata mucha
información de fuentes históricas de primera mano, como lo son las cartas enviadas
por supervivientes del Combate a sus parientes, y se nota que el autor hizo un gran trabajo
previo de investigación. El mismo combate de Angamos, por ejemplo, está muy
bien descrito. Pero no hay que perder de vista que se trata de una novela y que su
propio autor reconoce, en otra entrevista de prensa, que el contenido está
constituido sólo en un 40% por verdad, correspondiendo el otro 60% a
imaginación, la parte creativa del escritor.
Para
terminar, un homenaje a mi pueblo, Mejillones, que el 8 de octubre, aniversario
del Combate de Angamos, celebra su Día. En la misma entrevista de prensa citada,
el autor expresa, textualmente: “Ser escritor es
reunir emociones, enganchar con una atmósfera, un espacio. Para escribir
‘Huáscar’ viajé a Mejillones y me paré en la punta Angamos, me aprendí la
batalla de memoria”.


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