viernes, 2 de octubre de 2015

"Huáscar", una novela histórica de corte moderno

                                  


                El escritor Carlos Tromben nos presenta un libro novedoso, una historia novelada del famoso buque peruano de la Guerra del Pacífico, el “Huáscar”, desde el día posterior al Combate Naval de Iquique hasta el 8 de octubre de 1879, día del Combate Naval de Angamos.
                Este Carlos Tromben es hijo del otro Carlos Tromben, ex oficial de la Armada e historiador naval, autor también de varios libros, entre ellos un libraco de tapas duras, en el cual reconstruye  la corbeta Esmeralda, ilustrando cómo era físicamente dicha nave y su funcionamiento y cómo era la vida a bordo, además de los usos y costumbres de aquella época tan atractiva para nosotros los chilenos.  Sin embargo, Carlos Tromben hijo, en esta nueva obra que publica, “Huáscar”, al parecer seducido por el conocimiento histórico y el influjo de aquel célebre, temible y escurridizo  buque blindado de bajas bordas y potentes cañones en torre giratoria, se nos tira a peruanizar. Y lo digo porque el libro tiene tres personajes principales: el mismísimo Monitor, retratado y descrito desde adentro y en plena acción y funcionamiento, el Contraalmirante Grau, su comandante,  y el Teniente Garezón, el último comandante de la nave al final de la acción de Angamos y a quien el autor nombra cada vez que le toca hacerlo, que son muchas en el libro, por su nombre completo: Pedro Gárezon Thomas.  A ellos trata como héroes, poniendo de relieve  sus personalidades y sus virtudes, con poca o ninguna mención de sus debilidades o errores de estrategia en las acciones de guerra que emprendieron. También menciona, aunque en menor grado, al teniente José Melitón Rodríguez, a cargo del cañón derecho de la torre de artillería y quien muriera horrorosamente producto de un disparo de 250 del blindado chileno “Cochrane” el cual pasó muy cerca y justo cuando el teniente peruano asomaba la cabeza por la porta de la torreta para orientar el cañón, y nombra también recurrentemente al aspirante Carlos Tizón de la Rosa, a cargo de la ametralladora Gatling en la cofa del palo mayor del “Huáscar” y quien desde su ubicación privilegiada vio morir al contraalmirante Grau, cuando otro disparo del “Cochrane” dio de lleno en la torre de mando, cortando en dos el cuerpo del marino, saltando la parte superior al tablado de la cubierta y la cual él aspirante  cree que cayó posteriormente al mar porque nunca se pudieron encontrar esos restos (aunque Tromben da otra versión sobre la caída de este tronco humano), situación que se encuentra fundamentada en la documentación histórica de la época.
                En cambio, Tromben no trata bien a los chilenos, los critica y hasta ridiculiza, especialmente a Galvarino Riveros y en cierto modo a Jorge Montt, Enrique Simpson y  Domingo Santa María, a quienes encuentra ineficientes, desastrados o perversos. Tiene también  su Agustín Edwards de turno, Agustín Edwards Ossandón, dueño de El Mercurio de Valparaíso y de un gran paquete accionario de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, a quien acusa de complotar para iniciar la guerra en aras de sus intereses personales, y sustenta la tesis de que la cacería del Huáscar constituyó una operación de inteligencia en la que intervinieron intereses políticos oligárquicos chilenos, intereses económicos extranjeros y hasta la logia masónica, esta última asociada a la figura del poeta Eusebio Lillo, embarcado en el ”Blanco Encalada” como secretario de la escuadra y a quien el autor realmente destaca pero por sus cualidades de intriga y su mente fría y planificadora.
                De Latorre se refiere bien, por su capacidad táctica y estratégica y su frialdad en el accionar bélico y en la toma de decisiones. Pero en un par de ocasiones, cuando lo describe, lo trata como bajo, gordo y rollizo. A lo mejor no lo era tanto el almirante, y al cabo ello no es lo más importante ni lo que más interesa. También cita a Prat en un par de párrafos, pero, eso sí,  lo hace con respeto.
                En fin, el libro trata sobre el “Huáscar” en su última incursión en aguas chilenas antes de su abatimiento y captura, y enaltece la figura de Grau y la de algunos de sus oficiales, al par que estigmatiza algunas figuras chilenas,  políticos, empresarios y marinos. Pero sin parar mientes en que fueron los chilenos los que ganaron esa pelea, y después de perseguir aguas arriba y abajo a un enemigo que esquivó el bulto por meses, eludiendo el combate con sus iguales y cebado en capturar barcos indefensos y cañonear y espolonear buques de madera y anticuados.  Podría también tomarse el argumento del libro por ese lado, ya que el autor reconoce en una entrevista posterior que en alguna medida recibió la asesoría de su padre: Angamos significó la venganza de Iquique y cuando los chilenos la tomaron lo hicieron con todo su poder y energía y toda la impotencia acumulada del hecho de no haber podido echar el guante a quien, sea por  la capacidad del contrario o por el azar, los había burlado de continuo, contribuyendo  con ello grandemente a la mencionada estigmatización.

                En todo caso, “Huáscar” es un buen libro cuyo valor reside en que rescata mucha información de fuentes históricas de primera mano, como lo son las cartas enviadas por supervivientes del Combate a sus parientes, y  se nota que el autor hizo un gran trabajo previo de investigación. El mismo combate de Angamos, por ejemplo, está muy bien descrito. Pero no hay que perder de vista que se trata de una novela  y que su  propio autor reconoce, en otra entrevista de prensa, que el contenido está constituido sólo en un 40% por verdad, correspondiendo el otro 60% a imaginación, la parte creativa del escritor.     
                Para terminar, un homenaje a mi pueblo, Mejillones, que el 8 de octubre, aniversario del Combate de Angamos, celebra su Día. En la misma entrevista de prensa citada, el autor expresa, textualmente: “Ser escritor es reunir emociones, enganchar con una atmósfera, un espacio. Para escribir ‘Huáscar’ viajé a Mejillones y me paré en la punta Angamos, me aprendí la batalla de memoria”.

     

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