miércoles, 27 de febrero de 2013

Claro que hay lugar para los débiles



         La novela “No es país para viejos”, del premiado escritor norteamericano Cormac McCarthy, publicada en 2005, dio lugar a la película “Sin lugar para los débiles”, creada y dirigida por los hermanos Coen (los mismos de “True grit/ Temple de acero”) la cual también fue galardonada con los premios Oscar a la mejor película y la mejor dirección, en 2008.
         La obra discurre en el sur de Texas, en la frontera de Estados Unidos con México, una  tierra semidesértica, de sol fuerte, vegetación rala y amplios espacios deshabitados, lo que sirve de motivo a los directores del film para brindarse en el tratamiento de la monumentalidad del paisaje, algo característico de los Coen, contrastando con una historia de tráfico de drogas, violencia y muerte y a la vez un verdadero  retrato de la violencia.
         Llewelyn Moss es un joven norteamericano de mediana edad, veterano de Viet Nam, que se dedica a la caza de animales del desierto. En una de sus andanzas se encuentra con las evidencias de una batalla entre narcotraficantes, con hombres y animales muertos, baleados, autos destruidos, un alijo completo de drogas y un maletín con 2,4 millones de dólares en billetes perfectamente ordenados en fajos de 10.000, los cuales Llewelyn conserva llevándose el maletín en su regreso al hogar y sin decir nada a nadie. Curiosamente, en este cuadro de criminalidad asoma un acto de misericordia el cual a su vez destaca como piedra angular de la trama: el chófer de una de las camionetas, que fuera encontrado por Llewelyn seriamente herido frente a su volante, moribundo, habíale solicitado agua en un lastimero aliento de voz. Llewelyn no llevaba agua, y deja abandonado al hombre a su suerte. Sin embargo, ya en su hogar, preocupado y sin  poder dormir, sintiendo el espolón del remordimiento, se levanta para retornar al lugar de los hechos, con un bidón con agua para el herido, sin responder a las interrogantes de su mujer, Carla Jean, en aquella alta madrugada. Craso error, porque en esta movida es descubierto por los narcos quienes habían rematado al chófer y recuperado la droga. Comienza así una persecución que va por todas las pequeñas ciudades del sur de Texas, por El Paso y el río Grande y el primer pueblo fronterizo de México, dejando un reguero de sangre y de muertes horrendas, ejecutadas sin el menor escrúpulo y en lo cual destaca el sicario Anton Chigurh, un psicópata que, entre otras armas, va utilizando un extraño artificio compuesto de un pistón de aire y un tubo de oxígeno, tanto para forzar cerraduras complicadas como para asesinar. Así van cayendo jóvenes policías y experimentados agentes, como Carson Wells, ex coronel de fuerzas especiales, así como el dueño de un vehículo, la receptora de un hotel y toda aquella persona que se interponga en el afán de Chigurt por recuperar el dinero o que pudiese llegar a servir de testigo de sus crímenes, hasta desenlazar en la muerte de la propia Carla Jean, ejecutada por el hampón de puro gusto, siguiendo los desvaríos de su mente trastornada que le dicta códigos de acción perversos, como el de  hacer pender la vida o muerte de una persona del simple juego del cara o sello de una moneda, y vertiendo discursos de siniestra filosofía frente a sus aterrorizadas víctimas. 
         Hay un tercer personaje principal, constituido por el veterano sheriff Ed Tom Bell quien arrastra su propio conflicto psicológico. Había sido combatiente de la Segunda Guerra Mundial, llegando a ser condecorado por una acción en los campos de Francia, pero sin referir jamás que  también había huido de la batalla abandonado a sus hombres, por lo cual se le ve de continuo sumido en una indecisión existencial que a la postre determina la lentitud exasperante de sus reacciones, llegando siempre atrasado a los hechos y permitiendo con ello la consumación de los crímenes y las tropelías de los narcos. Y esto es justamente lo que llama la atención: cómo puede haber tanto crimen y latrocinio a plena luz del día, en el país más desarrollado del mundo y en donde la policía bien entrenada constituye un activo de primer orden, con abundancia de recursos tecnológicos y generosidad de elementos. Para entenderlo, debemos situarnos en la perspectiva de lo que el autor quiere significar, y ello no es más  una simplificación de la lucha entre el bien y el mal en la cual éste va ganado terreno en forma aplastante, pese a los sorprendentes adelantos de la modernidad y a la rica disposición de medios, lo cual queda evidenciado en uno de los tantos soliloquios del fatalista Bell cuando recuerda que en los años 30 se había pasado una encuesta a nivel nacional indagando sobre los grandes problemas en la enseñanza, y los encuestados habían respondido asuntos como conversar en clase, correr en los pasillos, masticar chicle y copiar en las tareas. Cuarenta años después, la misma encuesta arrojó los siguientes resultados: violación, incendio premeditado, asesinato, drogas, suicidio (Pág. 155). “No sé si las fuerzas del orden se benefician tanto como se dice de las nuevas tecnologías. Las herramientas que llegan a nuestras manos llegan también a las de ellos. No hay vuelta de hoja. Ni aunque uno quisiera”, reflexiona descarnadamente Bell (Pág. 53). Claro, al final, recuperado el dinero y devuelto a sus mentores, muerto Llewelyn, muerta Carla Jean, y su madre, muerto Carson, incluso muertos sus rivales en la criminalidad, Chigurt, aunque seriamente herido, no aparece sino triunfante hasta la última línea de la novela.
         Y uno quisiera que no fuese así, lo cual es interpretativo. Que Bell se rehará al tenor de los ponderados consejos de su anciano tío, quien también fue sheriff, como lo fuera su padre y su abuelo. Que concientizará al fin que nada más podía hacer en esa trinchera en Francia, en 1944, porque cuando se retiró, después de defender heroicamente la posición, sus compañeros estaban todos muertos. De hecho lo estaban desde el comienzo mismo de la acción, cuando recibieron ese tremendo disparo de obús que los sorprendió, siendo el único sobreviviente. Y que nada o poco podría hacer tampoco en la situación presente, en que los hechos están destinados a superar a cualquiera, por la alta sostificación del crimen y por la conducta psicótica y sorprendente de sus ejecutantes. Entonces uno quiere que Bell supere sus complejos mentales, disipe sus tormentas internas y se decida a reorganizar en serio a sus equipos subalternos para, aprovechando toda la tecnología e inteligencia disponibles, salga decididamente a perseguir a Chigurt, para aprehenderlo y ponerlo a disposición de las justicia, de lo cual no podría resultar sino un juicio fatal, dado que esa es la forma en que la sociedad institucionalizada procura la defensa de los débiles –esto es, los honrados- que somos los más. 
         Claro, es cosa de interpretación subjetiva. Pero uno quisiera que, tal como sucede en el 99.9% de las novelas y las películas, el bien siempre supere al mal.
        Lo contrario no es más que ficción nacida de la mente de un autor transgresor que quiere provocar, impresionar y cautivar, cosa que realmente consigue. Para muestra, he ahí las distinciones tanto al libro como a la película. 

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