Con
beneplácito hemos ido siguiendo la noticia del descubrimiento del antiguo
cementerio de Mejillones, en donde fueran sepultados los muertos del célebre
Combate Naval de Angamos, el 9 de octubre de 1879, hecho del cual da cuenta el
Diario Electrónico de Mejillones y en el que han tenido especial protagonismo
nuestros coterráneos Wilfredo Santoro y Florentino Novoa.
Para
los mejilloninos antiguos, que crecimos leyendo “Adiós al Séptimo de Línea”, el
hecho histórico de la sepultación de los restos del almirante Grau en nuestras
tierras fue siempre una convicción, al margen de que nadie nos diera nunca
alguna referencia más específica de la localización exacta de ese camposanto,
resultando a lo menos sospechoso que ninguna autoridad ni institución de orden
cultural se alzase para erigir siquiera una placa recordatoria.
Intuíamos
que dicho lugar pudiese haber sido el mismo conocido por todos como el
“cementerio boliviano”, en las faldas del cerro de las covaderas, casi
colindante con el mar, del cual desde pequeños apreciamos sus cruces y tumbas
de madera cada vez que íbamos por La Caleta, pero con el tiempo se fue
asentando la premisa certera de que este cementerio es de una data muy
posterior a la Guerra del Pacífico. Posteriormente, en más de alguna ocasión
escuchamos que, realizándose trabajos camineros o de construcción, se había
descubierto algunos huesos en plena pampa y que los mismos tenían vestigios de
haber sido marinos (uniformes, galones, etc.) pero del lugar mismo no se daban
indicios. Hasta que ahora, a más de 130 años de ocurridos los hechos (el
Combate y la sepultación de los caídos en él), en que Wilfredo y Floro nos dan
la feliz noticia del hallazgo definitivo de esos restos históricos.
Efectivamente,
en su combate del 8 de octubre de 1879 en aguas afuera de la bahía de
Mejillones, contra los blindados “Cochrane” y “Blanco Encalada” de la amada
nacional, en el marco de la campaña naval de la Guerra del Pacífico, el
“Huáscar” sufrió la muerte de 31 de sus hombres (y tres desaparecidos). El
primero en caer fue su comandante, el contraalmirante Miguel Grau, al cuarto o
quinto disparo del “Cochrane”, que alcanzó la torre de mando, ubicada en el
puente, detrás de la torre de combate, la penetró y explotó adentro causando
gran destrozo. Con él cayó el teniente 1° Diego Ferré, su ayudante, que se
encontraba justo debajo, en el entrepuente, que era su lugar de combate, en el
departamento de la torre, transmitiendo las órdenes del comandante hacia la
máquina y los timoneles. Cayó víctima de la onda expansiva de la explosión, de
aquellas terribles bombas Palliser, por primera vez usadas en acción armada
real, que tenían la particularidad de ser granadas sólidas y endurecidas,
penetrantes de cualquier blindaje, y de explosión retardada por llevar la
cavidad de su punta rellenada con pólvora cuyo encendido se activaba con el
impacto. También la torre giratoria de los cañones, la torre Cowles, fue
alcanzada varias veces por estos terribles proyectiles. Allí murieron el
segundo y tercer comandante del buque, el capitán de corbeta Elías Aguirre, y
el teniente 1° José Melitón Rodríguez, y resultaron gravemente heridos el
capitán de fragata, mayor de órdenes de la armada peruana, Manuel Melitón
Carvajal, y el teniente 2°, telemetrista, Enrique Palacios. De la misma manera, murieron (o quedaron gravemente
heridos) la mayoría de los artilleros, casi todos ellos de nacionalidad inglesa
y algunos alemanes, y los marineros que manejaban la ronza de la torre, abajo,
accionando a mano un cigüeñal.
Todos
los fallecidos fueron enterrados en el cementerio de Mejillones, al día
siguiente del combate, mientras los heridos eran trasladados a los distintos
buques para ser atendidos por los respectivos cirujanos. Además de Carvajal y Palacios, resultaron
heridos de diversa consideración el mayor de ejército, jefe de la guarnición
del buque, José M. Ugarteche, los tenientes 2° de marina Gervasio Santillana y
Fermín Diez Canseco, el alférez de marina Ricardo Herrera, el cirujano Santiago
Tavara y los capitanes de ejército, jefes del destacamento Ayacucho y la
columna Constitución, a bordo de Huáscar, Mariano Bustamante y Manuel Arellano.
De ellos se sabe que Palacios fue embarcado rumbo a su patria dado la gravedad
de sus heridas pero que falleció a los dos días a la cuadra de Iquique y que
los demás fueron trasladados en calidad de prisioneros a la zona central de
Chile, a Valparaíso, Santiago y San Bernardo, siendo posteriormente
intercambiados por prisioneros chilenos que permanecían en Perú. También se
sabe que Diez Canseco siguió combatiendo en la guerra, presentándose voluntario
en Arica, en donde murió en la toma del Morro. Y que Santillana fue designado oficial
de la corbeta peruana “Unión” la cual fue hundida en El Callao por sus
propios tripulantes después de la batalla de Miraflores. El doctor Tavara
también prestó grandes servicios a su patria en la continuación de la guerra,
optando por exiliarse voluntariamente a Panamá cuando Chile ocupó a Lima. Se
recuerda también a Juan Alfaro, contador el Huáscar. Él fue el oficial designado
por el teniente Pedro Garezón, el último comandante de la nave al caer
capturada, para poner señas indicatorias en los cuerpos de los jefes Aguirre, Ferré y Rodríguez al momento de su
sepultación en Mejillones. Después de su etapa de prisionero, una vez vuelto a
su patria, se retiró de la Armada y contrajo
matrimonio, pero en el momento de la inminente llegada de las fuerzas chilenas
a Lima, pidió su ingreso al ejército, siendo designado oficial de artillería y
muriendo en un fortín en Miraflores.
De
la tripulación no se dan mayores noticias, aunque fueron más de 20 los heridos.
Sólo se sabe que cada 8 de octubre, aniversario del Combate, se juntaban,
vestían su antiguo uniforme, y eran celebrados por su pueblo. Entre ellos se recuerda
al grumete Alberto Medina, de raza afroamericana, al igual que todos los
componentes de la columna Constitución, a la que pertenecía, el cual fue uno de
los últimos sobrevivientes de esa
tripulación ya que falleció recién en
1948. El último realmente fue el aspirante
Elías Bonnamaison quien tenía apenas 18 años en Angamos. Falleció en Lima en
1961 a los 99 años de edad. Hay un libro de reciente aparición en Perú, del
autor Manuel Zanutelli, que investiga acerca de estos combatientes anónimos:
“El Almirante Grau y la Plana Menor del Huáscar”. Bueno sería tenerlo.
Las
crónicas históricas lo dicen: en la noche del 8 al 9 de octubre de 1879 se
realizó el velatorio de los oficiales del Huáscar en Mejillones, y el 9 se
celebró una misa al amanecer y otra a las 7,30 horas, dejando la última de las
tres programadas para el momento del sepelio. “Concluidos los oficios
fúnebres, los restos fueron transportados al cementerio seguidos por un lucido
cotejo y los batallones Chacabuco y Zapadores en columna cerrada con la banda
de música a la cabeza y las cajas e instrumentos destemplados. La colocación
que se dio en la sepultura a los cadáveres es la siguiente: a la derecha del
almirante el Sr. Aguirre y a la izquierda el Sr. Ferré. La tumba está situada a
la entrada del cementero, a mano
derecha”. (Boletín de la Guerra del Pacífico
1879-1881; Editorial AndrésBello, Santiago, 1979). Ahora sabemos que
los cuerpos de estos tres oficiales jefes, además del teniente Rodríguez,
fueron enviados a exhumar por el gobierno de Perú en su momento, para darles
sepultura en la cripta de los héroes, en Lima, quedando enterrados en el
antiguo cementerio de Mejillones sólo los restos de 28 miembros de tripulación.
Al respecto, el parte del mayor de órdenes de la Escuadra nacional, teniente de
corbeta Luis Anacleto Castillo Goñi, el 10 de octubre de 1879, señala: Muertos
del Huáscar, 4 oficiales y 27 individuos de tripulación; heridos en Mejillones,
3; desaparecidos, 4; prisioneros en los buques, 162. Total, 200 hombres,
correspondientes a la dotación del Monitor al entrar en combate. Intuimos que
uno de los heridos que quedaron en la ambulancia de Mejillones falleció después
víctima de sus heridas, para enterar los 28
tripulantes del Huáscar que consigna el Diario Electrónico como aún
sepultados en el antiguo cementerio de nuestro pueblo, recién redescubierto por
nuestros amigos Wilfredo y Florentino a quienes, desde aquí, enviamos nuestras
más sinceras felicitaciones por tan importante hallazgo y, como mejilloninos
antiguos, habitantes de otras tierras de la patria, nuestros agradecimientos
por el denodado esfuerzo entregado a la causa de la cultura e investigación
histórica de lo que es nuestro pueblo en común.
Nos
inclinamos a pensar que el reconocimiento de este hallazgo como oficial y la
preservación del recinto como de conmemoración histórica y monumento nacional,
será la mejor recompensa a tal esfuerzo descubridor.

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