domingo, 30 de junio de 2013

Atentát

            
              Cuando el Mercedes 320 descapotable y pintado negro verdón tomó la cerrada curva de la calle Armady, el joven que lo esperaba  en la vereda  extrajo el arma de su maletín y, quitándose la gabardina para ponerla recogida sobre el brazo, bajó al empedrado a situarse en medio de la ruta, en donde, haciendo un cuarto de giro a la izquierda, apuntó el fusil ametralladora Sten directamente a las dos figuras que tripulaban el vehículo el cual  aprontaba la aceleración para volver a la recta.  Entonces, el joven apretó el gatillo. Mas el arma emitió solamente un sonoro “click”.     
“HHhH”1 es el título de un libro que leí  durante las pasadas vacaciones de invierno, y que no había tenido oportunidad de comentar.  Trata de un tema que tiene como fondo el régimen totalitario más cruel de la historia, el régimen nazi, y algunos aspectos de la Segunda Guerra Mundial. Pero es un libro apasionante, y, para los interesados en la historia, constituye una obra sucinta sobre los orígenes y el desarrollo del nazismo, hasta el año 1942, con bastante mención sobre aspectos de sus principales líderes (además de Hitler), Heydrich, Himmler, Goebbels, Goering, Bormann,  Frank, y sus instituciones de fuerza, las SA, la SS, la Gestapo, la Wermacht, etc.  Su autor, el joven sociólogo francés, Laurent Binet -que debuta en la literatura con esta obra muy premiada-, se nos aparece como un intelectual consumado, que investiga concienzuda y minuciosamente su tema, con pasión, con rigurosidad, hasta con ardor, entregándonos una obra que puede ser tanto una novela, como un ensayo histórico o una investigación periodística, o  todo al mismo tiempo. Lo cierto es que en su lectura no sólo se va desarrollando el argumento abordado sino que el autor va también ofreciendo una descripción sobre la forma de ejecución del escrito y su dilema de transitar entre lo ficticio o lo real, lo que contribuye a dar  más dramatismo a la historia que quiere contar.
El tema central es  la “Operación Antropoide”, montada en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, en Londres, en contra del cruel  “Protector de Bohemia - Moravia”, Reinhard Heydrich, en la Checoslavaquia ocupada por el expansionismo nazi.  Joseph Gabcik y Jan Kubis son dos suboficiales del ejército checoslovaco en el exilio que se arrojan en secreto la noche del  28 de diciembre de ese año en paracaídas sobre suelo praginés. La verdad es que esa vez, a bordo del bombardero británico Halifax, había otros cinco paracaidistas (de allí el título de película “Siete Hombres al Amanecer”, filmada en 1960), todos con misiones distintas y absolutamente cifradas, de acuerdo a la organización dada por el gobierno checo en Londres, con apoyo del alto Mando Aliado. De manera tal que el tiempo transcurrido entre diciembre de 1941 y mayo de 1942, en que se consumó el atentado,  fue utilizado por los jóvenes comandos en la preparación del golpe, disfrazados, ocultos por los partisanos y los patriotas checos, buscando la mejor forma de proceder sin morir en el intento, aunque ellos mismos y todos los que estaban conjurados en el hecho, sabían desde el principio que esa era una misión suicida.    

La Segunda Guerra Mundial fue consecuencia directa de los resultados de la Gran Guerra del 14 y el Tratado de Versalles, de 1919. Oprimida Alemania por las naciones vencedoras, cercenado su territorio, disminuidos su ejército y armada y obligada a pagar las “reparaciones”, circunstancias todas agravadas por la gran crisis económica mundial de 1929, no tardaron en aparecer en su seno los movimientos ultra nacionalistas, predicantes del reivindicacionismo extremo y gestores de un clima sobre ideologizado que se convirtió en caldo de cultivo para la aparición del nazismo, con sus líderes Hitler, Röhm, Strasser, Rosenberg,  Hess, entre otros, dando lugar a la teoría del Lebensraum, o espacio vital, verdadero sustento de  los deseos nacionalistas e imperialistas del nuevo régimen. El primer paso de este derrotero de expansionismo fue la anexión de Austria (el “Anchluss”), seguida por la incorporación de Checoslovaquia, motivada por la “Crisis de los Sudetes” y basada en las “Conferencias de Munich”. Cuando los alemanes trataron de recuperar el corredor de Dantzing, en la Prusia oriental, invadiendo Polonia, explotó la Segunda Guerra Mundial, el 1° de septiembre de 1939.    
Para el cumplimiento de su misión, después de estudiar varias posibilidades, Gabcik y Kubis escogieron el suburbio de Holeschowitz, de Praga, en donde el camino de acceso a la ciudad toma la forma de una pronunciada curva, flanqueando una glorieta arbolada y provista de rejas. No era el mejor lugar, por ser urbano (la calle Armady), con afluencia de público, circulación de automóviles y ciclistas, y que para colmo era cruce de tranvías; pero la falta de medios impedía a esos vengadores utilizar un sitio más apropiado, en donde pudieran detener el auto y atacarlo sin revestir peligro para terceros y, en lo posible, huir. Heydrich vivía en una mansión ubicada en las afueras, y cada día tomaba ese camino de ida y regreso, cruzando campos escasamente poblados, por una larga y recta carretera, antes de ingresar al centro de la ciudad, y solamente acompañado por su chófer  Sólo a veces llevaba escolta blindada. Pero el checo y el moravo llegados de Londres no contaban con que una brizna de pasto encasquillaría la Sten. 
   
Reinhardt Tristán Eugen Heydrich, nació en 1904, en Halle, región de Sajonia, Alemania, en una familia de clase media acomodada. Hijo de músicos (su padre era compositor y cantante de ópera en la ciudad y su madre administradora del conservatorio), destacó desde pequeño en violín, y también en gimnasia y esgrima, siendo su infancia la de un niño alemán normal de principios de siglo XX. Sin embargo, arrastraba sus taras mentales: su abuela materna había casado en segundas nupcias con un ciudadano de apellido Süss, de origen judío, lo que determinó que, en una sociedad de antisemitismo visceral, tuviese que luchar siempre contra la discriminación y la suspicacia, pues ese dato lo aprovecharon tanto sus enemigos, rivales y competidores como sus amigos y protectores. Sufría también con su apariencia física. Siendo un germano típico, alto, rubio, de ojos celestes, se sentía demasiado desgarbado (casi no habían tallas de ropas para él), y le afeaban su nariz casi ganchuda  y su rostro alargado y en general de rasgos “aquilinos”. Pero lo peor era su voz de falsete, chillona, sufriendo que de chico le dijeran “la Cabra”. Además el autor apunta otro rasgo de su  biografía que explicaría el comportamiento brutal  y violento de su corta vida de adulto: su expulsión de la marina germana cuando era un prometedor cadete, debiendo reintegrarse, en 1931, a la sociedad civil, pero como cesante, y en plena época de recesión económica. Y todo por un lío de faldas, acontecimiento que le marcaría para toda la vida. Entonces fue que se acercó al nazismo.   
El sargento Joseph Gabcik tiró varias veces del gatillo, no logrando disparar su arma y sin atinar a hacer algo distinto pese a que llevaba encima un Colt 9 mm de reserva. Aterrado, vio cómo la que se suponía su víctima, el obersgruppenfürehr SS, Reinhard Heydrich, la “bestia rubia”, el “verdugo de Praga”, se erguía de su asiento del automóvil echando mano a su Lugger; y, en un gesto inesperado, huyó despavorido cuesta arriba, lanzando lejos la Sten, siendo perseguido por los disparos del alemán. La explicación más atendible que han dado los historiadores acerca del encasquillamiento de la subametralladora, es que su mecanismo de disparo habría sido obstruido por una mota de suciedad, en este caso, pasto. Porque en aquellos tiempos, de guerra, privación y necesidad, los invadidos praguenses acostumbraban a criar conejos en sus viviendas, para alimentarse, y por ello solían acarrear atados de pasto en sus bolsas, mochilas y morrales. Seguro que Gabcik pensó que la presencia de pasto seco en su maletín, colocado allí justamente para ocultar la Sten, sería una buena excusa ante el control  de una patrulla nazi, dado que la ciudad, ocupada por fuerzas extranjeras, estaba llena de controles que actuaban ante la más mínima sospecha.  
Heydrich se incorporó a los Freikorps (Cuerpos Libres, milicias armadas, fuerzas de choque popular creadas por el nazismo), en donde progresó hasta escalar al círculo de seguridad interna (contraespionaje y delación). Cuando los freikorps se convirtieron en SS, con Heinrich Himmler como líder, Heydrich asumió como jefe de seguridad e información internas, siendo sus armas principales  la manipulación, la extorsión, el espionaje y el complot, y pronto asumió también el mando de la Gestapo. Por algo, Hitler mismo lo consideraba “el hombre más peligroso del Reich”, y los líderes nazis veían en él una mezcla de ferocidad y eficacia que, unidas a su lealtad para con el caudillo y la causa, lo constituían en el hombre ideal para el afán de supremacía y dominación. Su máximo esplendor lo vivió con la creación de la RSHA, la Oficina Central de Seguridad del Reich, que unió a todas las policías, la criminal, la política y la de espionaje, bajo su mando. Obras magnas de su actuar fanático en la Alemania de la época de pre guerra fueron la Noche de los Cristales Rotos, ataque a la propiedad judía, y la Noche de los Cuchillos Largos, o neutralización de los sospechosos y adversarios del régimen. También ideó la estratagema de Gleiwitz, en la frontera germano polaca, que sirvió como excusa para la invasión nazi a este último país. Era un hombre complicado Heydrich, conspiró contra Gran Bretaña y la URSS ya antes de la Guerra, y sus propios camaradas y hasta sus jefes le temían.  
Al ver el desenlace de los sucesos, el acompañante de Gabcik, el sargento Jan Kubis activó la segunda parte del plan, sacando de su propio maletín una granada antitanque refaccionada la cual arrojó al Mercedes, haciéndola explotar en el suelo al lado derecho trasero del auto, tan potentemente que éste fue levantado a un metro de altura y Kubis derribado de espaldas, con heridas de esquirlas en el rostro. Cuando el paracaidista logró reincorporarse, y vio que el chofer, Klein, un alemanote de 2 metros de altura, se le iba encima con su pistola, también huyó, disparando al aire para espantar a los curiosos que ya empezaban a congregarse. No alcanzó a ver que Heydrich avanzó sólo unos pasos en la persecución de su compañero, para caer desfalleciente sobre la verja de la glorieta. Grandes trozos de esquirlas metálicas habían alcanzado al líder alemán por la espalda y las heridas se complicarían por mezcla de su sangre con restos orgánicos del asiento del automóvil. Murió de septicemia a los 8 días.
Como se dice en chileno, Heydrich le había hecho la cama al primer Protector de Bohemia y Moravia, el general Von Neurath, presentando ante el Fürehr un detallado análisis de la situación en Chequia, en donde, según él, había cundido la resistencia y aflojado la disciplina de ocupación, por relajo de los jefes. Además, el esfuerzo de guerra alemán, con acciones en varios frentes, requería con urgencia de la industria checa, dado sus grandes fábricas, como la Skoda, para elaboración de armas y municiones. Por lo tanto, según el análisis, se hacía necesario exigir y apremiar más. Como resultado, Neurath fue destituido y Heydrich asumió el Protectorado, con consecuencias inmediatas: ley marcial,  arresto y fusilamiento de todos los militares sospechosos, deportaciones en masa de judíos y disposición de su confinamiento en los campos de concentración.  Heydrich tiene a su triste haber la creación de los “Einsantzgruppen”, o batallones de separación y fusilamiento, y de haber sido el principal organizador de la Conferencia de Wansee, en donde se dio el vamos a la llamada “solución final” del caso judío, esto es, el Holocausto. De allí que el presidente checo en el exilio Edvar Benes, apoyado por Winston Churchill, organizara una acción en su contra, como castigo y forma de mantener en alto el espíritu de los checoslovacos, ocupados militarmente, sojuzgados y vilipendiados por la dictadura nazi.     

Pero la venganza por la muerte de Heydrich fue salvaje. Cientos de checos, hombres, mujeres y niños, fueron arrestados, encarcelados, fusilados, gaseados. El cercano pueblo de Lídice, adonde condujo una de las pistas, fue arrasado desde sus cimientos, y su población masacrada. Todo como signo de vendetta y efecto demostración y también como forma de incitar a la denuncia de los culpables del atentado. Y resultó porque uno de los comandos, de apellido Kurda, de una de las misiones paralelas a Antropoide, finalmente cedió y se presentó a delatar a los jóvenes checos, que, junto a otros paracaidista furtivos, hasta completar un total de 7, se habían refugiado en el sótano de la iglesia San Cirilo y Metodio, en pleno centro de Praga,  hasta donde fueron los nazis a buscarlos: 7 comandos checos contra 600 SS. La batalla duró 12 horas, hasta la muerte de todos esos patriotas, los últimos por su propia mano y decisión.    

Así concluyó la historia de la Operación Antropoide, una de las más emocionantes de la Segunda Guerra Mundial, que Laurent Binet nos cuenta con prolijidad y estilo  en su libro HHhH, de Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2011; muy buena lectura, que recomiendo.    

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Notas e Imágenes
1.- HHhH, es una sigla que, en alemán, significa "Himmlers Hirn heiss Heydrich", El Cerebro de Himmler se llama 
      Heydrich"
2.- Una de las portadas del Libro.
3.- El Mercedes Bez descapotable, accidentado
4.- Subametralladora Sten
5.- Iglesia de San Cirilo y Metodio
6.-  Monumento a los paracaidistas, en Praga actual.

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