Transcurridos cuatro de los documentales históricos que TVN ha producido y filmado en homenaje al cumplimiento del bicentenario de la independencia nacional, me quedan, resumidamente, dos apreciaciones que comentar, una buena y la otra mala.
Todo el reconocimiento del mundo para la realización y el montaje, con buenos actores y espectulares escenografías. Las historias también son adecuadas y se denota el ánimo de destacar a los personajes -los próceres-, recreando los ambientes desde esas perspectivas. Lo mejor de todo es la producción, que no escatima esfuerzos para llevar al espectador al siglo XIX, a la época de la Independencia, lográndolo con creces. Creo que es lo mejor que se ha hecho en materia de filmación de episodios de la historia de Chile desde que tenemos cine y televisión en nuestro país.
No obstante, tengo que criticarles la poca rigurosidad científica en algunos episodio claves, especialmente cuando plantean la figura de Bernardo O'Higgins, precisamente en los capítulos referidos a las vidas de José Miguel Carrera y de Manuel Rodríguez. Acúsoles de emplear para el guión exclusivamente literatura carrerista, y también de ceder a la moda televisiva imperante de intentar siempre crear polémica, estimular el morbo y aparentar ser originales, sin importar el costo. Un programa de televisión no es suficiente para resolver de una vez por todas las disquisiciones que por casi dos siglos han venido sosteniendo intelectuales carreristas y o'higginistas, sobre lo cual se han escrito miles de páginas y se escribirán miles más. Creo que la intención de los programas era otra: recrear los personajes y educar. Buena iniciativa pero lograda sólo a medias. Para muestra, un ejemplo tomado de las propias filmaciones, de dos programas distintos pero sobre los mismos episodios, con idénticos personajes y actores, y tomadas en los mismos lugares físicos. En el capítulo I, sobre el propio O'Higgins, en el momento en que Manuel Rodríguez entra a caballo al palacio de gobierno a reprocharle en la cara al Libertador la muerte de los hermanos Carrera, escena filmada en el primer patio del actual edificio de la Biblioteca Nacional -siendo que aquella escena histórica transcurrió en realidad en el edificio que queda inmediatamente al lado, en la actual sede de Correos de Chile, que hasta mediados del siglo XIX constituyó el palacio de gobierno y casa de los presidentes- don Bernardo contesta fuerte pero educadamente que él no tuvo nada que ver con esas muertes acaecidas en país extranjero, y le pide a Rodríguez que se tranquilice, que ha sido un buen servidor de la Patria y que todavía se espera mucho de su persona; que no siga alterando el orden público porque si no va a tener que ser arrestado por dicho motivo. Al proseguir Rodríguez con sus invectivas, O'Higgins lo arresta y pide que lo tengan encerrado hasta que se le pase la rabieta.
Sin embargo, en el capítulo III, sobre la vida de Manuel Rodríguez, esta escena, filmada -repito- ahí mismo, y con los mismos actores, es diametralmente distinta: muestra a un O'Higgins torvo y vengativo, furioso y lleno de rencor, que dice una cosa pero hace otra, que grita como un energúmeno la orden de apresar al guerrillero, para después soterradamente impartir "ciertas instrucciones" al respecto, queriéndose de esta manera ceñir sobre él la resposabilidad del posterior asesinato de Rodríguez. ¿Con cuál de las dos nos quedamos? Se evidencia aquí la intencionalidad del autor, de mostrar una imagen distorsionada del prócer, dando pábulo a la historiografía de segundo orden antes que a la historia oficial. ¿Leyó a Encina, a Barros Arana, a los Historiadores de la Independencia? Se nota que no, de lo contrario no cometería tamaños atropellos a la memoria de nuestro principal predecesor.
Bernardo O'Higgins Riquelme era hijo de irlandés y de española criolla; y no de cualquier irlandés, sino de aquel que logró las más altas investiduras del gobierno colonial, gobernador de Chile y virrey del Perú; que si no casó con doña Isabel ni reconoció a Bernardo como hijo al principio, fue sólo porque la naturaleza de dichos cargos se lo impedía dado que la legislación española de aquella época prohibía a sus gobernadores en ultramar tener más preocupación que atender los intereses de la Corona, so pena de la ruina de sus carreras y quizás de sus vidas. Sin embargo, el virrey se preocupó de darle a su hijo la mejor de las educaciones, primero en Lima, la capital del virreinato, y después en Inglaterra, y le legó, a su muerte, una considerable herencia. Por lo tanto no pudo don Bernardo tener sino una carácter orgulloso, noble y muy vehemente. Lo que más destacaba en él era el orden, la previsión y la perseverancia. Convencido de que la independencia de Chile no estaría asegurada hasta no terminase el dominio español en toda América, se esforzó por conseguir la independencia del Perú y después ofreció su espada para luchar a las órdenes de Bolívar en lo que quedaba del proceso emancipador. Desprendido de sí mismo, no dudó un instante en disponer de los bienes de su hacienda Las Canteras en beneficio de la causa nacional. Fue valiente como el que más; en El Roble y en Cancha Rayada dio su famoso grito "¡A mí, soldados, o vivir con honor o morir con gloria. El que sea valiente que me siga!" y marchó al frente de la tropa, contribuyendo con esta acción y ejemplo a salvarla del desastre en aquellas dos ocasiones. En Rancagua, en el segundo día del sitio, cuando comprendió que no quedaba más remedio que romper el cerco que le habían cernido las fuerzas realistas, para salvar el poco ejército que le quedaba, y habiéndole ofrecido Freire montar en medio de las filas, bajo la protección de los cuerpos de los soldados, se niega a ello y dice firme que el puesto del general corresponde adelante. Sólo la suerte o la Providencia lo salvó aquella vez, en que incluso perdió el caballo de un tiro y tuvo que montar a la grupa de otro que presuroso le ofreció un ayudante, en medio de la vorágine que sucedió al violento choque inicial. Y en Chacabuco cargó solo con la división de avanzada -sin esperar al grueso del ejército libertador que venía detrás con Soler-, aprovechando la sorpresa y logrando un brillante triunfo sólamente comparado a Maipú, que lo fue de San Martín.
Un hombre así no puede ser el bellaco apocado que muestran por lo menos dos capítulos de la serie. Ese no es el hombre glorificado a lo largo de todo el devenir de la República, cuyo nombre ha sido adoptado por nobles instituciones nacionales, de los ámbito cultural, castrense y ciudadano. No hay ciudad en Chile que no tenga una calle, una plaza o una institución que se llame O'Higgins. No hay ciudadano chileno que no lo tenga en su memoria. Porque ese es el O'Higgins que admiramos todos, el que aprendimos a conocer desde la escuela básica, al cual cantamos y recitamos, y comemoramos todos los años cada 20 de agosto y cada 18 de septiembre.
Entiendo que la obra televisiva es eso, una obra nacida de la entelequia de un creador que le da una connotación especial, a su libre discurrir y albedrío; una obra de arte, en síntesis. Pero también insisto en que se asume que su objetivo era otro, el celebrar originalmente el Bicentenario de parte de la televisión y creo que esto último se distorsionó, en lo que a los hechos mencionados se refiere.
Lo que más me inquieta son los niños, que ven estos programas no ecuánimes que les confunden, y que más encima han sido grabados magnetofónicamente para su distribución comercial como material escolar. Aquí veremos lo que hacen los profesores de Historia y de Educación Básica, y yo soy uno de ellos. Veremos si somos capaces de celebrar dignamente el Bicentenario, con honra de nuestras instituciones y respeto de nuestros héroes, Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez, padres de la Patria todos.
Todo el reconocimiento del mundo para la realización y el montaje, con buenos actores y espectulares escenografías. Las historias también son adecuadas y se denota el ánimo de destacar a los personajes -los próceres-, recreando los ambientes desde esas perspectivas. Lo mejor de todo es la producción, que no escatima esfuerzos para llevar al espectador al siglo XIX, a la época de la Independencia, lográndolo con creces. Creo que es lo mejor que se ha hecho en materia de filmación de episodios de la historia de Chile desde que tenemos cine y televisión en nuestro país.
No obstante, tengo que criticarles la poca rigurosidad científica en algunos episodio claves, especialmente cuando plantean la figura de Bernardo O'Higgins, precisamente en los capítulos referidos a las vidas de José Miguel Carrera y de Manuel Rodríguez. Acúsoles de emplear para el guión exclusivamente literatura carrerista, y también de ceder a la moda televisiva imperante de intentar siempre crear polémica, estimular el morbo y aparentar ser originales, sin importar el costo. Un programa de televisión no es suficiente para resolver de una vez por todas las disquisiciones que por casi dos siglos han venido sosteniendo intelectuales carreristas y o'higginistas, sobre lo cual se han escrito miles de páginas y se escribirán miles más. Creo que la intención de los programas era otra: recrear los personajes y educar. Buena iniciativa pero lograda sólo a medias. Para muestra, un ejemplo tomado de las propias filmaciones, de dos programas distintos pero sobre los mismos episodios, con idénticos personajes y actores, y tomadas en los mismos lugares físicos. En el capítulo I, sobre el propio O'Higgins, en el momento en que Manuel Rodríguez entra a caballo al palacio de gobierno a reprocharle en la cara al Libertador la muerte de los hermanos Carrera, escena filmada en el primer patio del actual edificio de la Biblioteca Nacional -siendo que aquella escena histórica transcurrió en realidad en el edificio que queda inmediatamente al lado, en la actual sede de Correos de Chile, que hasta mediados del siglo XIX constituyó el palacio de gobierno y casa de los presidentes- don Bernardo contesta fuerte pero educadamente que él no tuvo nada que ver con esas muertes acaecidas en país extranjero, y le pide a Rodríguez que se tranquilice, que ha sido un buen servidor de la Patria y que todavía se espera mucho de su persona; que no siga alterando el orden público porque si no va a tener que ser arrestado por dicho motivo. Al proseguir Rodríguez con sus invectivas, O'Higgins lo arresta y pide que lo tengan encerrado hasta que se le pase la rabieta.
Sin embargo, en el capítulo III, sobre la vida de Manuel Rodríguez, esta escena, filmada -repito- ahí mismo, y con los mismos actores, es diametralmente distinta: muestra a un O'Higgins torvo y vengativo, furioso y lleno de rencor, que dice una cosa pero hace otra, que grita como un energúmeno la orden de apresar al guerrillero, para después soterradamente impartir "ciertas instrucciones" al respecto, queriéndose de esta manera ceñir sobre él la resposabilidad del posterior asesinato de Rodríguez. ¿Con cuál de las dos nos quedamos? Se evidencia aquí la intencionalidad del autor, de mostrar una imagen distorsionada del prócer, dando pábulo a la historiografía de segundo orden antes que a la historia oficial. ¿Leyó a Encina, a Barros Arana, a los Historiadores de la Independencia? Se nota que no, de lo contrario no cometería tamaños atropellos a la memoria de nuestro principal predecesor.
Bernardo O'Higgins Riquelme era hijo de irlandés y de española criolla; y no de cualquier irlandés, sino de aquel que logró las más altas investiduras del gobierno colonial, gobernador de Chile y virrey del Perú; que si no casó con doña Isabel ni reconoció a Bernardo como hijo al principio, fue sólo porque la naturaleza de dichos cargos se lo impedía dado que la legislación española de aquella época prohibía a sus gobernadores en ultramar tener más preocupación que atender los intereses de la Corona, so pena de la ruina de sus carreras y quizás de sus vidas. Sin embargo, el virrey se preocupó de darle a su hijo la mejor de las educaciones, primero en Lima, la capital del virreinato, y después en Inglaterra, y le legó, a su muerte, una considerable herencia. Por lo tanto no pudo don Bernardo tener sino una carácter orgulloso, noble y muy vehemente. Lo que más destacaba en él era el orden, la previsión y la perseverancia. Convencido de que la independencia de Chile no estaría asegurada hasta no terminase el dominio español en toda América, se esforzó por conseguir la independencia del Perú y después ofreció su espada para luchar a las órdenes de Bolívar en lo que quedaba del proceso emancipador. Desprendido de sí mismo, no dudó un instante en disponer de los bienes de su hacienda Las Canteras en beneficio de la causa nacional. Fue valiente como el que más; en El Roble y en Cancha Rayada dio su famoso grito "¡A mí, soldados, o vivir con honor o morir con gloria. El que sea valiente que me siga!" y marchó al frente de la tropa, contribuyendo con esta acción y ejemplo a salvarla del desastre en aquellas dos ocasiones. En Rancagua, en el segundo día del sitio, cuando comprendió que no quedaba más remedio que romper el cerco que le habían cernido las fuerzas realistas, para salvar el poco ejército que le quedaba, y habiéndole ofrecido Freire montar en medio de las filas, bajo la protección de los cuerpos de los soldados, se niega a ello y dice firme que el puesto del general corresponde adelante. Sólo la suerte o la Providencia lo salvó aquella vez, en que incluso perdió el caballo de un tiro y tuvo que montar a la grupa de otro que presuroso le ofreció un ayudante, en medio de la vorágine que sucedió al violento choque inicial. Y en Chacabuco cargó solo con la división de avanzada -sin esperar al grueso del ejército libertador que venía detrás con Soler-, aprovechando la sorpresa y logrando un brillante triunfo sólamente comparado a Maipú, que lo fue de San Martín.
Un hombre así no puede ser el bellaco apocado que muestran por lo menos dos capítulos de la serie. Ese no es el hombre glorificado a lo largo de todo el devenir de la República, cuyo nombre ha sido adoptado por nobles instituciones nacionales, de los ámbito cultural, castrense y ciudadano. No hay ciudad en Chile que no tenga una calle, una plaza o una institución que se llame O'Higgins. No hay ciudadano chileno que no lo tenga en su memoria. Porque ese es el O'Higgins que admiramos todos, el que aprendimos a conocer desde la escuela básica, al cual cantamos y recitamos, y comemoramos todos los años cada 20 de agosto y cada 18 de septiembre.
Entiendo que la obra televisiva es eso, una obra nacida de la entelequia de un creador que le da una connotación especial, a su libre discurrir y albedrío; una obra de arte, en síntesis. Pero también insisto en que se asume que su objetivo era otro, el celebrar originalmente el Bicentenario de parte de la televisión y creo que esto último se distorsionó, en lo que a los hechos mencionados se refiere.
Lo que más me inquieta son los niños, que ven estos programas no ecuánimes que les confunden, y que más encima han sido grabados magnetofónicamente para su distribución comercial como material escolar. Aquí veremos lo que hacen los profesores de Historia y de Educación Básica, y yo soy uno de ellos. Veremos si somos capaces de celebrar dignamente el Bicentenario, con honra de nuestras instituciones y respeto de nuestros héroes, Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez, padres de la Patria todos.
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