lunes, 7 de mayo de 2007

Otra vez la televisión

Esta vez fue el otro canal de televisión de Chile, el otro de los grandes, el del angelito, y también con un programa versado en un episodio de la historia de nuestro país. Con nuevos infortunios.
Sucede que a raíz de la celebración del Bicentenario de la independencia nacional, el cual se cumple en 2010, los canales de la televisión han adherido con la realización de loables versiones fílmicas de la vida y obra de nuestros próceres, O'Higgins, Carrera, Manuel Rodríguez, Diego Portales, Arturo Prat y otros. Hace un mes transmitieron el programa referido a don Bernardo O'Higgins Riquelme, y dos semanas atrás el correspondiente a don José Miguel Carrera. Todo muy bien, muy bonito, buena realización, puesta en escena, producción y dirección, salvo algunos yerros comprensibles, porque en un programa de menos de una hora de duración, salpicado de interrupciones comerciales, no es mucho lo que se puede poner, y también es difícil dar en el gusto de todo el mundo, conviniendo que el director tiene la libertad en realizar algunos arreglos y adecuaciones en el raconto general de la historia. Por último, cabe reconocer que cada programa constituye una creación personal de un autor, o la obra sincrónica de un equipo creativo. Aún así, ha habido apego casi estricto a la historia oficial... salvo en el último programa, en que se les pasó la mano.
En el episodio en que don José Miguel se entrevista con don Bernardo, después del combate acaecido entre las fuerzas de ambos, en Las Tres Acequias, en el cual los o'higginianos fueron derrotados por las carreristas, en una lucha fraticida, Carrera interpela groseramente a O'Higgins y lo abofetea llamándolo "huacho, carajo", por el hecho de haber osado hacerle frente y despilfarrar, con ello, según José Miguel, soldados, armas, vituallas y municiones, todo tan necesario para la guerra que se mantenía a la sazón con los realistas por la independencia nacional. A lo cual O'Higgins aparece no respondiendo, aparentando quedar como un niño al que han pillado en una falta, rojo, mascullando por debajo su frustración.
Al respecto tengo que decir qué inicuidad, qué aberración más grande, qué invención más estúpida, qué felonía mediática. En la época en que supuestamente ocurrieron los hechos, Carrera era el gobernante de Chile y O'Higgins el comandante en jefe del ejército. En ninguna cabeza bien puesta puede caber siquiera la idea de que personajes investidos de estos dos cargos, los más altos de una nación que se está formando, puedan golpearse, insultarse, vejarse, rebajarse de esa manera. Un gobernante bien puesto no da bofetones, y un comandante de ejército no se queda a recibirlos sin más. Eso no sucede en ninguna parte, menos en Chile, de personajes emblemáticos tan dignos.
La verdadera historia nos dice que Carrera gobernó de facto durante los años 1812 y 1813, y que dejó el gobierno en manos de una junta para asumir el mando del ejército e ir a combatir al sur a los realistas que había enviado la monarquía al mando del brigadier Antonio Pareja. Sin embargo, los fracasos militares se sucedieron para las armas nacionales y la aristocracia de Santiago, la cual solventaba los gastos del ejército, se impacientó, exigiendo a don José Miguel dejar el comando en manos del coronel O'Higgins. Después de muchos estiras y aflojas, Carrera se avino a esta dimisión, pero con tal mala suerte que en el camino de regreso a Santiago fue hecho prisionero por los realistas los cuales formaban parte de ya una segunda invasión por el sur, esta vez al mando del militar Gabino Gaínza. Sin embargo don José Miguel era un hombre brillante, de alguna manera convenció a los españoles a que lo liberaran, con la idea de que ello podía ser muy beneficioso para la causa del rey. Y lo logró, don José Miguel fue liberado en conjunto con su hermano Luis, para ir a dar un nuevo golpe de estado en Santiago y hacerse del poder total, por segunda vez. Fue entonces que O'Higgins, general en jefe del ejército, marcha desde el sur a Santiago a poner las cosas en su lugar. Mas, confiado, se adelanta con apenas unos cuatrocientos hombres y es sorprendido en las afueras de la capital por todo el ejército carrerista, guiado por don Luis Carrera. Tuvo que retroceder, a buscar el grueso de sus tropas, y en eso estaba cuando se entera del arribo de una nueva expedición española, comandada por don Mariano Osorio, superior en hombres y recursos a las dos anteriores juntas. ¿Qué hace O'Higgins?, sólo piensa en reconciliarse con Carrera, ofreciendo todas las fuerzas a su mando e incluso ponerse bajo las órdenes de él, con tal de salvar la patria en peligro, presentando un frente único, libre de facciones y de divisiones. Envía un escrito con un heraldo, es contestado; se cruzan dos o tres epístolas en total, todas colmadas de elogiosos conceptos mutuos. Después vinieron las entrevistas, con todas las formalidades de rigor, con O'Higgins acudiendo donde su supuesto adversario, pero siempre acompañado de una escolta y de dos o tres oficiales de alto rango, como Ramón Freire. Así se acordó que don José Miguel asumiría el mando total del ejército el cual se establecería en base a tres diviones, la primera al mando de don Bernardo, la segunda de don Juan José Carrera y la tercera de don Luis Carrera.
Y esta es la verdadera historia, nada de bofetones ni de insultos, porque eso entre los próceres de la patria no cabe. Al menos, no en mi patria. El guionista confunde mañosamente al espectador con esa escena que sí existió, pero en la persona de un lugarteniente de Carrera que propinó un duro bofetón al ciudadano de Santiago don Juan Enrique Rosales, miembro de la Junta de 1810, anciano señor muy querido en la ciudad, quien había acudido a reclamar por los desórdenes que estaban cometiendo las tropas de Carrera, desatadas, la noche en que tomaron Santiago. Este acto de verdadera barbarie no hizo más que acentuar el descrédito de José Miguel, ya iniciado con sus malas actuaciones militares en las primeras campañas de la Patria Vieja, lo cual vino a culminar con el desastre de Rancagua del cual O'Higgins le atribuyó gran parte de la culpa. Ambos próceres se entrevistaron no muy amigablemente en Mendoza, pero aquella vez no hubo testigos para dar fe de lo que allí se dijo. Sólo se sabe que desde entonces ambos próceres se distanciaron definitivamente. Pero eso es ya otra historia.
Para el efecto, nada más lejos de la verdad que el bofetón que vivencia la escena de marras, en la entrevista de Las Tres Acequias, que, por lo demás, tuvo lugar en el Callejón de Tagle, cerca de Chena.

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